Diego Olivera y la vida como inmigrante: "Hace 20 años mis padres me esperan y eso duele"

Lo primero que lo asombra de estos 20 años viviendo en México es que ya superó la edad que tenían sus padres cuando en 2006 lo despidieron en el aeropuerto. “Ahora soy más grande que ellos entonces y no me siento ni a ganchos alguien mayor”, se ríe sofocado desde el estado de La Florida, donde el termómetro marca 31 grados.
Diego Olivera pasa parte del año en su casa mexicana del barrio Los Alpes y el resto en su otro hogar, el de South Beach, Miami. Hace dos décadas, una convocatoria repentina para la versión azteca de una telenovela que aquí protagonizó Pablo Echarri lo mudó de hemisferio. No imaginó que devendría en rey del castellano neutro y de los melodramas de alto impacto.
Unas páginas escritas en el siglo XIX y reversionadas para televisión -El Conde de Montecristo- lo pusieron a prueba lejos de casa. Desde entonces, Diego juega con la entonación y enciende y apaga a demanda el acento argentino.
Cuenta ahora en "porteño" que vendió la Harley Davidson Ultra Limited con la que recorrió Estados Unidos y sale a pedalear cada tarde alrededor de los campos de golf. El cambio de vehículo responde a una conciencia de la edad y del riesgo y al diseño de un plan de salud. “La bicicleta me focaliza, es terapia y complemento del gimnasio. Empecé a incorporar hábitos sanos y ahora tengo más fuerza y duermo mejor”, detalla. “A los 58 estoy orgullo de esta versión que soy”.

“Hace 20 años siento que mis viejos me esperan. Duele mucho”, confiesa el que se crio entre Munro y San Cristóbal y registra su primer protagónico actoral en tercer grado, en un acto escolar del Gervasio Posadas en el que le tocó ser Cristóbal Colón. “Yo me siento recontra argentino, pero ya no vivo allá, tributo afuera. Hace poco tuve una charla con ellos, que están divorciados desde mis 6 años, y les tuve que aclarar: 'No sé si algún día voy a volver'”.
-¿Sentís cierta culpa por la falta que podés hacerles a tus padres?
-No soy en general un tipo que sienta culpa. Puede parecer frío, pero yo lo que siento es la responsabilidad de adulto. El año pasado, por ejemplo, nadie lo supo, pero papá sufrió una caída y estuve viviendo tres meses en Argentina, acompañándolo en terapia intensiva. Hoy celebro que está bien.
-¿Planeás tu vejez, o fantaseás con cómo querés que sea, aquí o allá?
-Planeo una vejez que no sea condenatoria. Estamos condenados a que pase el tiempo, pero no al dibujo de ese futuro. La realidad es que no puedo planear lo que no conozco. ¿Cómo entiendo la vejez? ¿A través de mis viejos? No, porque yo no tengo la vida que tienen ellos ni el mismo contexto. No pretendo ser inmortal, pero sí llegar de la mejor forma al límite de la edad. Fantaseo con estar en casa con mi mujer, imagino nietos. A los 30 eso no sonaba sexy, hoy esa es mi fantasía.

-¿Los años te dieron realmente más claridad mental?
-Claro, la inteligencia de cómo gestionar lo negativo. Los nubarrones que existen en la vida no pueden desaparecer, pero tengo herramientas para manejar eso, para aceptar los “no”. Siento que estamos en un punto de maduración con Moni que entendemos que todo se puede terminar mañana y por eso disfrutamos el doble.
El corazón partido
Ex alumno de Alejandra Boero, Diego debutó actoralmente a los 12 en la sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Lo eligieron mediante una prueba y se lució en Escenas de la calle, del estadounidense de Elmer Rice.
A los 18 se inscribió en la carrera de Diseño gráfico en la UBA y tres años después abandonó para empaparse de las clases de Carlos Gandolfo, Héctor Bidonde y Agustín Alezzo. La fama local llegó a los 26 años con la tira juvenil Montaña rusa. Una década después, una telenovela mexicana de título gracioso lo depositó, sin querer, frente a las narices de un productor mexicano.
Filmaba en Buenos Aires Frijolito y, de paso por el país, el mexicano Martín Luna hizo zapping por los canales argentinos, lo vio y no dudó: “Quiero a ese actor ya”. Diego andaba endeudado y ante la propuesta no titubeó. Los dólares prometidos aparentaban un interesante salvavidas provisorio, pero el éxito fue inmediato y no hubo forma de resistirse a una oferta laboral tras otra.

-¿En qué momento dejaste de sentir que estabas viviendo en otro país y empezaste a sentir México tuyo?
-En 2010, más o menos. Cuando firmé un contrato de exclusividad. Y entendí, por ejemplo, que cualquier rechazo profesional no es un juicio personal a vos. “Sos muy alto, o sos muy tal cosa para este papel”. Son circunstancias.
-¿Fantaseás con qué tipo de actor serías hoy en Argentina de no haberte convertido en actor de telenovelas mexicanas?
No. Si bien mi formación fue en el teatro independiente, no lo pienso. Yo estoy al servicio de mi trabajo. No vine acá a probar suerte, llegué porque había un trabajo específico esperándome. Y ese trabajo se hizo muy tentador.
-¿Te planteás hasta cuándo? ¿Hay un límite para el regreso o eso nunca sucederá?
-Con Mónica (Ayos) estamos más libres financieramente y en cuanto a nuestros hijos. Estamos atravesando el nido vacío porque ya son mayores y hoy podemos pensar en volver a la Argentina para trabajar sin que sea un tema a resolver el de los hijos. Y estamos tan impecables que podemos soportar cualquier ritmo y exigencia de trabajo. Si me sale un trabajo ya mismo en Colombia podría irme sin dudarlo, tengo más libertad. Hoy tiene muy mala prensa permanecer en la zona de confort, pero la realidad es que nuestra comodidad nos da libertad.
Del set al reciclado de camiones
Acaba de recibir una distinción del Condado de Broward (en La Florida) como parte del "Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos" por su labor destacada en el entretenimiento y la ficción. Dice que no tiene miedo que la distancia lo “borre” a los ojos de los espectadores de este lado del mapa. "Elegir implica perder algo. Y sé que para muchos medios argentinos no sirvo a fines del impacto después replicado en redes sociales. No tengo escándalos y no puedo ser útil hoy en ese juego del golpe bajo”.
La estabilidad del presente se la debe en gran parte a Mónica Ayos, con quien celebrará 25 años de casado en 2027. Se conocieron en una convocatoria de Hugo Moser para la reedición de Matrimonios y algo más, en 2000, y jura que no existieron más que "microcrisis". Ella era mamá de Federico, de entonces siete años. En 2002 pasaron por el registro civil y en 2004 fueron papás de Victoria.

"Un matrimonio necesita de la atención, sensibilidad y empatía del primer día. La cotidianidad confunde mucho. A veces creo que se confunde rutina con armonía. Y no hay nada más interesante que disfrutar de la armonía. Moni me seduce todo el tiempo, es muy crack y fue muy generosa en muchas elecciones", se deshace en elogios. "Cada uno es independiente, pero no por eso menos dependientes del amor recíproco que nos impulsa todos los días".
En los últimos meses Diego perdió 15 kilos y no por voluntad. Una bacteria se alojó en su intestino y lo que muchos creían que era uso de Ozempic (la droga “de moda” para bajar de peso) se convirtió para Diego en “una crisis con oportunidad”: “Todo lo que comía me caía mal y no entendía por qué me quedaba dormido todo el tiempo. Eso me sirvió para cambiar la cabeza. Empecé a entender cosas de mi metabolismo, a cuidarme mucho. Ahora tengo los valores del colesterol y la glucosa mejor que a los 40”.
Pesas, cardio, kilómetros en bicicleta y Omega 3 son algunos de los ritos del ahora villano de telenovela que acaba de poner el alma al personaje de Eugenio Arango-Nova en Corazón de oro, un producto de Televisa/Univisión que se ve tanto en México como en los Estados Unidos.
A esta altura no le alcanza con que se prenda una cámara y su vocación haga el resto. Así como a los 20 buceó por aguas azules, ahora siente que es tiempo de la exploración comercial, de las ideas y de los negocios fuera de ese rubro que conoce hace casi medio siglo. Así fue como después de un doctorado en Telecomunicaciones en la UTN, puso manos a la obra para transformar un camión de delivery en un estudio de streaming.

“Aquí es común ver Truck de delivery. Muchos van quedando en desuso y yo me desperté un día con una idea de negocio: ¿Y si lo transformo? Así nació Circo Beach, un programa con Mónica (Ayos), Maite Peñoñori y Diego Ripoll desde Miami y enfocado a la comunidad argentina. Seguimos el Mundial de Clubes sobre ruedas y después le cedí el negocio a unos colombianos”, detalla.
“Siempre pienso en la frase que escuché en la película Tootsie: 'No creo en el infierno, pero sí en el desempleo'. No podría estar sin trabajar, por eso se me ocurren esas locuras fuera de la actuación. Hay una frase que siempre me vas a escuchar. Me encanta repetirla, la incorporé: “Me puse muchos objetivos en la vida y me topé con la felicidad”.
-¿Cómo es eso?
-Las metas son tramposas, porque la felicidad debería estar en el trayecto, mientras vas intentando cumplirlas. Por eso les remarco a mis hijos que disfruten del proceso hasta la meta. Culturalmente, por ejemplo, repetir un grado del colegio era un fracaso. Yo admiro al tipo que disfrutaba de su colegio aun habiendo repetido, porque no se pierde nada. No hay que llegar a ningún lado. En esta profesión y en todos los ámbitos triunfa el que soporta mejor.
-O sea que fuiste alguien que soportó...
-Sí. Con esto no es que quiera quitarle mérito al talento. Pero en esta profesión en la que tenés que disfrazar todo de seguridad, triunfa el que sabe gestionar todas las veces que no fue elegido.
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