Alaleh Nejafian: “El amor, más que un sentimiento, es una forma de responder ante la presencia del otro”

“El sujeto contemporáneo es un sujeto que quiere el deseo, el amor, la vida sin mover demasiado”, cuestiona Alaleh Nejafian. En su nuevo libro, El amor contra todo (VR Editoras), la psicóloga reflexiona sobre las dificultades para construir vínculos en una época que celebra la libertad de elegir, pero también nos exige estar siempre mejor sin tener en cuenta las condiciones estructurales que nos rodean.
Con las vidas felices que vemos en Instagram como modelo, la narrativa actual nos empuja a creer que “todo está al alcance” pero, si eso no ocurre, es entendido como un fracaso personal (y no se habla de las desigualdades). ¿En qué lugar nos deja esa promesa de bienestar que nunca termina de hacerse realidad? ¿Cómo sobreponerse a una constante sensación de frustración? Para ella, el amor puede ser una respuesta a la indiferencia y una forma de resistir a una cultura centrada en el yo.
En ese escenario, analiza las nuevas formas de masculinidad que circulan en la “cultura bro” y propone recuperar la disposición para encontrarnos (verdaderamente) con otros. “Estamos permanentemente ocupados, distraídos, preocupados por la supervivencia, con cada vez menos tiempo y disponibilidad para aquello que hace que la vida valga la pena”, define.
Nacida en Teherán, Irán, en 1984, Nejafian (@alalehnejafian) es licenciada en Psicología y tiene formación en psicoanálisis vincular con adultos y parejas, y en Danza Movimiento Terapia, un abordaje que permite explorar problemáticas que inciden en el cuerpo y la salud. El 27 de noviembre se presentará en el Chacarerean Teatre con una “conversación íntima” en la que busca “abrir un espacio de reflexión sobre las dificultades que tenemos para relacionarnos hoy” (las entradas, por Plateanet).

- En El amor contra todo planteás que el amor puede ser una forma de resistencia en una época que nos empuja hacia la anestesia. ¿Por qué?
- Cuando hablo de amar contra todo me refiero a defender nuestra capacidad de amar en un tiempo que parece empujarnos cada vez más hacia el individualismo y la indiferencia frente a los demás.
El amor no es ninguna solución mágica; no resuelve nuestras vidas, muchas veces incluso las complejiza (quien busque soluciones en la pareja probablemente encuentre nuevos problemas). Amar es una práctica que requiere cuidado, respeto y compromiso. No alcanza con sentir amor; importa también cómo tratamos a los demás, cómo consideramos sus necesidades, sus deseos y sus dificultades.
Vivimos en una época que debilita nuestras posibilidades de encuentro. Estamos permanentemente ocupados, distraídos, preocupados por la supervivencia, con cada vez menos tiempo y disponibilidad para aquello que hace que la vida valga la pena. Hay discursos que nos empujan a considerar al otro como un obstáculo para nuestro desarrollo individual: se refuerza la idea de que los demás atentan contra nuestro bienestar, que son un problema, una molestia.
Me preocupa que nos estemos acostumbrando a la crueldad, a los insultos, a la indiferencia frente al dolor ajeno. Cuando hablo de anestesia no me refiero solamente a los efectos de la hiperconectividad y la hiperestimulación, sino también a esa pérdida de sensibilidad, a dejar de sentirnos concernidos por lo que les pasa a los demás.
Por eso creo que el amor, como ejercicio cotidiano de la amabilidad, puede ser una forma de resistencia a la crueldad. Porque nos exige reconocer al otro en su diferencia, respetar su libertad y considerar su humanidad. No es cierto que el otro siempre sea una amenaza; también es alguien con quien podemos construir y compartir.

- Explicás que en el libro buscás “desarrollar la idea de que amar no es solamente un sentimiento ni una experiencia privada. Amar también puede pensarse como una práctica”. ¿Qué significa esto? ¿Se trata de dejar de mirar solo nuestro propio ombligo para registrar a los otros?
- Sí, creo que para vincularse es necesario restarse un poco y concederle espacio al otro. Todavía cargamos con la idea de que el amor sería una especie de punto de llegada natural cuando, en realidad, las relaciones dependen también de nuestra capacidad para construirlas.
Me gusta pensar el amor como un arte, en el sentido de que requiere tiempo, paciencia, aprendizaje y también cierta capacidad de autocrítica. Nadie sabe amar definitivamente. Todos llegamos a los vínculos con nuestra historia, nuestras defensas, miedos y formas aprendidas de relacionarnos.
El amor, más que un sentimiento, es una forma de responder ante la presencia del otro. Por eso me interesa pensarlo a partir de algunas prácticas concretas: dar, cuidar, reparar, perdonar. No alcanza con sentir mucho. Tal vez tengamos que dejar de obsesionarnos tanto con eso que llamamos “tóxico” (que ubicamos en los demás) y empezar a preguntarnos también por nuestro propio modo de posicionarnos frente al otro.

"Saber cómo conocer gente no es lo mismo que saber cómo relacionarse"
- Hablás de “intimidades desechables”. ¿Por qué estamos tan desorientados en el amor y qué factores propiciaron esto?
- Creo que estamos atravesando una paradoja. Hoy tenemos mucha más libertad para elegir cómo queremos vivir nuestras relaciones que las generaciones anteriores, pero esa mayor libertad también trajo incertidumbre, nuevas responsabilidades y bastante desorientación.
Ahora, no todo puede explicarse como una dificultad individual. No se trata simplemente de que las personas hoy no sepan amar o tengan miedo al compromiso. Hay condiciones sociales, económicas y culturales que están transformando profundamente nuestra manera de relacionarnos.
Vivimos cada vez más apurados, con poco tiempo disponible, con incertidumbre económica y una enorme presión por sobrevivir. Y, además, la lógica del mercado se fue trasladando a los vínculos. Hablo de intimidades desechables, pero muchas veces se trata de encuentros que ni siquiera llegan a construir una verdadera intimidad. Tenemos la sensación de que estamos a un clic de ser reemplazados, de que el otro puede desaparecer o cortar el contacto antes de tener una conversación incómoda.

- ¿Cuán posible es conectar en profundidad con otro si estamos siempre apurados y “ansiosos” por si llega algo mejor?
- Creo que es cada vez más difícil, porque para conocer a alguien necesitamos tiempo, atención y disponibilidad. Y vivimos en una época que nos empuja exactamente en la dirección contraria: queremos respuestas rápidas, resultados inmediatos y tenemos cada vez menos paciencia para atravesar procesos. La vida ansiosa y el deterioro de nuestra capacidad de atención nos han vuelto bastante torpes para el encuentro.
Para poder elegir algo también tenemos que estar dispuestos a renunciar a otras posibilidades: no podemos conocer verdaderamente a alguien si estamos permanentemente pendientes de lo que podría llegar después. Además, esta es una fantasía, porque para conectar con el otro es necesario salir de una posición de consumo: el otro no está para ser consumido o devorado.
Hay algo del amor que necesita que podamos detenernos, perder el tiempo juntos, sin estar buscando permanentemente un resultado. A veces estamos tan preocupados por no perdernos algo mejor que terminamos perdiéndonos la experiencia de conocer a quien tenemos delante.

- ¿Ves diferencias en cómo se organizan los vínculos en términos de rangos etarios? Porque mientras los jóvenes ya son “generación Tinder”, los adultos “pre redes sociales” tuvieron que hacer otro esfuerzo por adaptarse (ya que conocieron otras formas y tiempos para vincularse), ¿en qué lugar los deja? ¿Están más desamparados o tienen más herramientas?
- Creo que hay diferencias generacionales, pero no me parece que podamos decir que unos están mejor preparados que otros para amar. Los adultos que conocieron otras formas de vincularse tienen una experiencia que puede resultar valiosa, pero también traen expectativas construidas en un mundo que cambió profundamente.
Y los jóvenes, aunque manejan con mucha más naturalidad los códigos de las aplicaciones, no necesariamente tienen más herramientas para construir intimidad. Saber cómo conocer gente no es lo mismo que saber cómo relacionarse. Pensemos, por ejemplo, en muchos adolescentes que pasan gran parte de su tiempo encerrados en sus habitaciones, hiperconectados, pero aislados.
Además, para alguien que vuelve a buscar pareja después de una separación, la dificultad no es solamente aprender a usar Tinder. También es encontrarse con que cambiaron los códigos, los tiempos, las expectativas y hasta las formas de expresar interés. Y eso puede producir bastante desconcierto.
Me parece que el desafío no es adaptarse sin más a las nuevas reglas, sino preguntarnos cuáles de esas transformaciones amplían nuestra libertad y cuáles están empobreciendo nuestras posibilidades de encuentro. Y en ese sentido, celebro que haya personas que no quieran participar de las aplicaciones de citas y que defiendan otras formas de conocer gente.

- En cuanto al sexo, los sex toys están en góndolas como de supermercado y la libertad aumentó, pero ¿cuánta disponibilidad real hay para darle lugar al deseo? De hecho, decís que “quizás no estamos frente a una época de exceso sexual, sino de empobrecimiento del erotismo”...
- Creo que hay una diferencia importante entre tener mayores posibilidades de acceder al sexo y estar verdaderamente disponibles para el encuentro erótico.
Hoy tenemos mucha más libertad sexual y, sin embargo, distintas investigaciones vienen señalando una disminución de la frecuencia de los encuentros sexuales. Es una paradoja interesante: tenemos más posibilidades, más estímulos, más acceso a contenidos, pero eso no significa necesariamente que estemos deseando más o disfrutando más.
Y creo que las mujeres sabemos bastante de esta diferencia. Somos más libres de elegir, pero seguimos viviendo bajo estructuras de desigualdad que no desaparecieron, sino que en muchos casos se reorganizaron bajo el discurso de la elección individual. Parece que hemos ampliado nuestras posibilidades de elección sin desarrollar necesariamente una mayor responsabilidad por la manera en que nos vinculamos.
También encuentro algo de esto en la clínica con varones que consultan por dificultades de erección, pérdida del deseo o problemas para sostener la excitación. El motivo de consulta aparece como sexual, pero muchas veces nos encontramos con algo más amplio: la dificultad para entregarse a una experiencia sin quedar atrapados en la exigencia de rendir, de demostrar potencia o de cumplir determinadas expectativas.

Gymbros, cryptobros, influencers del amor
- Justamente una parte importante del libro analiza a los varones actuales y la “cultura bro” (gymbros, cryptobros, influencers del amor, etc.), en un contexto de cierta “caída del guion patriarcal”. ¿Por qué y qué es lo que más te preocupa?
- Me interesa pensar qué les está pasando a los varones porque creo que estamos atravesando una transformación importante de las relaciones entre los géneros. Durante mucho tiempo, el patriarcado les ofreció a los hombres un guion bastante claro sobre cómo debían ser y ese modelo empezó a ser cuestionado. Y eso representa un avance enorme.
Pero muchos varones se encuentran hoy bastante desorientados. El problema es que cuestionamos ciertos modelos tradicionales de masculinidad, pero todavía nos cuesta ofrecer otros. ¿Con quiénes se identifican hoy los varones? ¿Dónde encuentran referentes que les permitan pensar otras formas de relacionarse con las mujeres, de expresar sus emociones o de atravesar sus dificultades?
En ese escenario aparece la cultura bro. Los gymbros, los cryptobros y ciertos influencers del amor ofrecen respuestas aparentemente sencillas a malestares bastante complejos. Prometen éxito económico, cuerpos perfectos, dominio sobre las mujeres. Pero también ofrecen algo que me parece fundamental: modelos de identificación y un sentido de pertenencia. Les dicen cómo tienen que ser para sentirse reconocidos como hombres.
Lo que más me preocupa es que muchas de esas respuestas no ayudan a los varones a revisar los mandatos que les producen sufrimiento, sino que los refuerzan. Fomentan el resentimiento y la necesidad de señalar culpables. En lugar de abrir nuevas posibilidades, terminan ofreciéndoles versiones renovadas de una masculinidad que también los hace sufrir.
Optimismo cruel y exceso de yo
- Retomás la idea de “optimismo cruel” (Lauren Berlant) para hablar de qué pasa cuando los ideales que nos promete este tiempo no llegan, y generan frustración. ¿Por qué la narrativa actual (apalancada por las vidas felices que vemos en IG, por ejemplo) nos empuja a creer que “todo está al alcance” pero si eso no ocurre, es un fracaso personal (sin tener en cuenta las estructuras que decíamos antes)?
- Me interesa mucho la idea de optimismo cruel de Lauren Berlant porque permite pensar cómo podemos quedar aferrados a ideales que prometen hacernos felices, pero que, en determinadas condiciones, terminan convirtiéndose en un obstáculo para nuestro propio bienestar.
Esto se ve claramente en el amor. Todavía está muy instalada la idea de que todos vamos a encontrar una pareja, que existe alguien para nosotros y que, si eso no sucede, probablemente estemos haciendo algo mal. Pero, ¿qué pasa si el amor no llega? ¿Cómo organizamos nuestras vidas, los cuidados, los soportes que necesitamos, cuando esa promesa no se cumple? Necesitamos hablar de esto más que quedarnos en la pasividad de la esperanza.
El discurso meritocrático es perverso: nos hace creer que todo depende de nuestro esfuerzo, de nuestras decisiones y de nuestra voluntad. Desaparecen de la explicación las condiciones sociales, económicas y culturales que organizan nuestras posibilidades de vivir.
- ¿Quién “gana” en esa narrativa?
- Creo que, fundamentalmente, una lógica de mercado que convierte nuestras inseguridades y frustraciones en oportunidades de consumo. Siempre hay algo que nos falta, algo que tenemos que mejorar, comprar o aprender para alcanzar esa vida prometida. Las redes también están llenas de influencers que ofrecen soluciones simplistas a problemas complejos, incluso quienes pretenden convencernos de que la depresión se cura con unos golpecitos en la frente.
Creo que necesitamos recuperar una mirada crítica sobre estos discursos. Porque mientras sigamos convencidos de que todos nuestros problemas se explican por lo que hacemos o dejamos de hacer individualmente, va a ser muy difícil reconocer lo que nos pasa como parte de una experiencia colectiva, salir a la calle y reclamar por nuestros derechos.
- Me interesa preguntarte por lo que definís como “la mayor patología de la época”, “el exceso de yo”. ¿Qué es y por qué marca nuestro tiempo?
- Cuando hablo de exceso de yo me refiero a una forma de vivir cada vez más centrada en nosotros mismos, en nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestra imagen y nuestro bienestar individual. Estamos obsesionados con nuestro propio mundo interno.
Tenemos la falsa idea de que podemos cambiar solamente a través de un trabajo individual, como si alcanzara con encerrarnos a pulir nuestro mundo interno. Pero los vínculos son también el escenario donde podemos conocernos a través de los demás y, sobre todo, poner en práctica aquello que queremos transformar.
El exceso de yo enferma. En la clínica me encuentro con personas cada vez más atrapadas en la rumiación, agotadas de sí mismas, de analizar permanentemente lo que sienten, lo que piensan, lo que quieren. Y a veces, para pensar menos en uno mismo, un buen antídoto es empezar a escuchar al otro. Porque los demás también pueden enseñarnos otras maneras de vivir, de pensar los problemas, de mirar el mundo.
El sujeto contemporáneo es un sujeto que quiere el deseo, el amor, la vida sin mover demasiado. Pero lo más interesante de la vida no ocurre necesariamente dentro de nosotros mismos. Somos seres interdependientes y muchas de las experiencias que pueden transformarnos suceden precisamente ahí, en el encuentro con los demás.
El 27 de noviembre presentará El amor contra todo en una conversación íntima en el Chacarerean teatre. Entradas por Plateanet.
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