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Tuesday, September 22, 2026

Un ordenador hecho de ADN, agua y sal ya sabe sumar, multiplicar y dividir

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Un equipo de la Universidad de Maynooth ha construido un ordenador de ADN que calcula sin chips ni corriente continua: su secreto está en la forma más estable que adoptan las moléculas.

Fotografía científica de un tubo de ensayo sostenido por manos con guantes en laboratorio oscuro con líquido donde flotan hebras bioluminiscentes de ADN.
Recreación artística de un tubo de ensayo de laboratorio con hebras bioluminiscentes de ADN de síntesis. Foto: Nano Banana / Scruzcampillo.

Publicado por Santiago Campillo Brocal

Biólogo. Máster en Biología Molecular y Biotecnología, Director de Muy Interesante Digital

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Imagina un tubo de ensayo con agua salada y fragmentos de ADN. La mayoría son cortos; uno, mucho más largo, les sirve de soporte. Lo calientas, lo dejas enfriar y, unos 30 segundos después, el contenido del tubo ha resuelto una suma: 10 más 3. No hay chip ni cables, y tampoco un programa que ejecute instrucciones una detrás de otra. Solo hay moléculas que se buscan, se unen y terminan adoptando una forma concreta. Esa forma es el resultado.

Un ordenador que no sigue instrucciones: lo que conviene saber

Este ordenador no calcula paso a paso ni necesita estar enchufado. Estas son las claves para entender qué han conseguido en Maynooth y, también, qué no han conseguido todavía.

  1. El resultado no se obtiene por etapas: es la forma más estable que adopta el ADN cuando la mezcla se enfría.
  2. Una sola gota puede contener miles de millones de hebras de ADN participando a la vez en el cálculo.
  3. La misma mezcla se puede reutilizar para resolver hasta 25 problemas seguidos sin fabricarla de nuevo.
  4. Ha sumado números de hasta 25 bits, es decir, cifras del orden de decenas de millones.
  5. Es lento: tarda desde unos 30 segundos hasta varias horas por operación, así que no competirá con tu móvil.

Eso es, a grandes rasgos, lo que ha conseguido un equipo del Instituto Hamilton de la Universidad de Maynooth, en Irlanda, en un trabajo publicado el 16 de septiembre en la revista Nature. Su ordenador molecular, desarrollado en el grupo de Damien Woods, ejecutó diez programas distintos: sumas, multiplicaciones por 3, divisiones entre 2 y hasta la comprobación de si un número de 8 bits contiene una cantidad par o impar de unos. Según sus autores, es uno de los ordenadores de ADN más complejos construidos hasta la fecha y el más rápido de su clase.

Programar el destino, no el camino

La idea de calcular con ADN tiene más de treinta años. En 1994, el informático Leonard Adleman usó hebras de ADN en un tubo de ensayo para resolver un pequeño problema de rutas entre siete ciudades. Aquel experimento demostró algo que sonaba a ciencia ficción: que la misma molécula que guarda las instrucciones de la vida puede procesar información. En el fondo, cualquier ordenador, sea de silicio o de ADN, hace lo mismo que la máquina abstracta que imaginó Alan Turing: transformar símbolos siguiendo unas reglas.

Desde entonces se han construido muchos ordenadores moleculares, y la mayoría comparte una estrategia. Quien los diseña programa una secuencia de reacciones: esta hebra desplaza a aquella, que a su vez libera a una tercera, y así sucesivamente. El problema es que cada paso es una oportunidad de error, y cuando la cadena de reacciones termina, el sistema suele quedar agotado.

El equipo de Maynooth le ha dado la vuelta a esa lógica. En lugar de programar el camino, programa el destino. Diseña las piezas de manera que, de todas las formas posibles en que podrían unirse, la más favorable desde el punto de vista termodinámico, es decir, la más estable, aquella hacia la que tiende el sistema cuando se le deja reposar, sea precisamente la que codifica la respuesta correcta. Según el estudio, esa preferencia está impulsada en buena medida por la entropía, una magnitud relacionada con el número de maneras en que puede organizarse un sistema.

«Las moléculas interactúan, forman una estructura, y esa estructura es la respuesta», resume Damien Woods, investigador principal del proyecto.

Casillas, fichas y un puzle que se resuelve solo

Para entender cómo se escribe un número en ADN, basta con recordar una regla básica de la biología. Las cuatro letras del ADN se emparejan siempre del mismo modo: la A con la T y la C con la G. Gracias a esa regla, los investigadores pueden diseñar fragmentos que solo encajan en un lugar concreto y con una pareja concreta.

De forma simplificada, la hebra larga, a la que los investigadores llaman andamiaje, funciona como una fila de casillas. Las hebras cortas son como fichas que se acoplan a esas casillas, y según qué ficha ocupe cada una, esa posición representa un 0 o un 1. Así se escriben los números de partida.

Al calentar la mezcla, las uniones débiles se deshacen y las piezas quedan sueltas. Al enfriarla, vuelven a unirse, y el conjunto acaba en la combinación que mejor encaja. Es parecido a agitar una caja con las piezas de un puzle diseñado para que solo exista una forma de completarlo del todo. La disposición final de las fichas sobre el andamiaje es el resultado del cálculo, escrito también en ceros y unos.

«Una pequeña gota de líquido contiene miles de millones, y a veces billones, de hebras de ADN. Esas hebras interactúan entre sí para producir un resultado», explica Abeer Eshra, coautora del estudio.

Diagrama esquemático en 8 paneles (a-h) de la publicación científica en Nature sobre la arquitectura y mecanismos de computación de ADN.
Esquema técnico y recreación artística de la arquitectura y funcionamiento del ordenador de ADN reprogramable: muestra el ensamblado de baldosas moleculares sobre el andamiaje principal (a-c), los niveles de abstracción y primitivas de sustitución de hebras (d-f), y la ejecución del programa de paridad con lectura por fluorescencia (g-h). Fuente: Stérin et al. (2026), Nature.

Lo que ha conseguido y lo que no

Las cifras demuestran que el sistema funciona, pero también dejan claros sus límites. La suma más sencilla, 10 más 3, se resolvió en unos 30 segundos. Las más ambiciosas, con números de hasta 25 bits, que equivalen a cifras de entre unos 11 y 34 millones, necesitaron hasta 14 horas.

Otro de sus puntos fuertes es que se puede reutilizar. En los experimentos, la misma mezcla resolvió hasta 25 cálculos distintos seguidos. Es una diferencia importante respecto a muchos ordenadores moleculares anteriores, que se consumen al terminar su única tarea. Eshra, además, lo tiene claro: «Comparado con otros ordenadores de ADN, el nuestro es el más rápido».

Nada de esto lo convierte en un rival del silicio. Un portátil corriente hace miles de millones de operaciones por segundo, y este tubo de ensayo necesita horas para una suma grande. Tampoco es un atajo hacia la computación cuántica, que explota fenómenos físicos completamente distintos. Su interés está en otro sitio: en la manera de calcular.

Por qué importa calcular sin corriente continua

Woods sitúa su trabajo en un contexto energético muy concreto. Según él, el 23 % de la electricidad de Irlanda se destina ya a la informática y al almacenamiento de datos. El auge de la inteligencia artificial no ha hecho más que agravar ese coste oculto de la tecnología.

El ordenador de Maynooth no necesita un suministro eléctrico continuo; le basta con el calor que pone en marcha cada cálculo. Pero conviene no adelantar conclusiones: el estudio no compara su gasto energético con el de un chip, y pasar de un tubo de ensayo a un sistema práctico es un salto enorme.

Los investigadores mencionan varios horizontes posibles. Uno es el almacenamiento de datos a largo plazo, un campo en el que ya se explora cómo guardar información en el propio ADN. Otro, más lejano, son sistemas moleculares capaces de funcionar dentro de las células y detectar enfermedades desde dentro. Ninguno de ellos está demostrado todavía, y el propio Woods es el primero en rebajar las expectativas.

«Esto es ciencia básica. No sabemos adónde nos llevará», admite Woods.

Por ahora, el ordenador de Maynooth no va a sustituir a nada. Lo que demuestra es algo más sutil: que se puede programar la materia para que llegue sola a la respuesta correcta, sin empujarla paso a paso, simplemente dejándola reposar. Quizá los ordenadores del futuro no se enchufen. Quizá, simplemente, se enfríen.

Referencias

  • Stérin, T., Eshra, A., Adio, J., Evans, C. G. y Woods, D. (2026). A thermodynamically favoured molecular computer. Nature. DOI: 10.1038/s41586-026-10996-5
  • Adleman, L. M. (1994). Molecular computation of solutions to combinatorial problems. Science, 266(5187), 1021-1024. DOI: 10.1126/science.7973651
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