Candidato, embajador y Nobel: los políticos y agitados años finales de Pablo Neruda

Acaso los descuentos de la vida de Pablo Neruda, o lo que sería el último tramo de su existencia, comenzaron a fraguarse con una noticia. Acorde con el impacto mundial que ya tenía su figura en 1969, y con su compromiso político, el Partido Comunista (PC), del cual era orgulloso militante, lo nombró su candidato presidencial de cara a las cruciales elecciones de 1970.
Para lograrlo, un grupo de dirigentes del partido de la hoz y el martillo fueron a verlo a su casa, en Isla Negra. “Una mañana de 1969 llegaron a mi escondite marinero, a mi casa de Isla Negra, el secretario general de mi partido y otros compañeros. Venían a ofrecerme la candidatura parcial a la presidencia de la república, candidatura que propondrían a los seis o siete partidos de la Unidad Popular”, recordó el mismo Neruda en sus memorias Confieso que he vivido.
“Tenían todo listo: programa, carácter del gobierno, futuras medidas de emergencia, etc. -agregó Neruda-. Hasta ese momento todos aquellos partidos tenían su candidato y cada uno quería mantenerlo. Sólo los comunistas no lo teníamos. Nuestra posición era apoyar al candidato único que los partidos de izquierda designaron y que sería el de la Unidad Popular. Pero no había decisión y las cosas no podían seguir así. Los candidatos de la derecha estaban lanzados y hacían propaganda. Si no nos uníamos en una aspiración electoral común, seríamos abrumados por una derrota espectacular”.

La proclamación se hizo oficial en la tarde primaveral del 30 de septiembre de 1969, y su nombre fue acordado por unanimidad del pleno del Comité Central del Partido Comunista de Chile. “Por primera vez desde Elías Lafertte en 1932, los comunistas lanzaban a uno de los suyos a la carrera hacia La Moneda -apunta el español Mario Amorós en su biografía Neruda. El príncipe de los poetas (Ediciones B)-. Mientras Volodia Teitelboim comunicaba la noticia a los periodistas que habían llegado a la sede, en el exterior centenares de personas empezaban a concentrarse en aquella tarde invernal para escuchar desde el balcón principal a Luis Corvalán”.
A la proclamación llegaron también Patricio Manns, Rolando Alarcón, Héctor Pavez y Víctor Jara, quienes cantaron en honor al flamante candidato, quien habló para el público presente en la sede que por entonces ocupaba el PC, en Teatinos 416. “Nunca he concebido mi vida como dividida entre la poesía y la política. Mi pensamiento y mi acción se ha determinado por lo que soy, que es lo mismo, en esencia, de lo que es el pueblo en nuestra patria. [...] Soy parte del pueblo. Soy miembro de una familia de trabajadores que repartieron sus ásperas jornadas entre el centro y el sur del territorio. Jamás estuve con los poderosos y siempre sentí que mi vocación y mi tarea era servir al pueblo de Chile con mi acción y mi poesía”.
Ante su sorpresa (y terror), la candidatura del poeta comenzó a generar entusiasmo. “Mi candidatura, salida de aquella mañana marina de Isla Negra, agarró fuego. No había sitio de donde no me solicitaran -cuenta Neruda en sus memorias-. Llegué a enternecerme ante aquellos centenares o miles de hombres y mujeres del pueblo que me estrujaban, me besaban y lloraban. Pobladores de los suburbios de Santiago, mineros de Coquimbo, hombres del cobre y del desierto, campesinas que me esperaban por horas con sus chiquillos en brazos, gente que vivía su desamparo desde el río Bío Bío hasta más allá del estrecho de Magallanes, a todos ellos les hablaba o les leía mis poemas a plena lluvia, en el barro de calles y caminos, bajo el viento austral que hace tiritar a la gente”.
“Me estaba entusiasmando. Cada vez asistía más gente a mis concentraciones, cada vez acudían más mujeres. Con fascinación y terror comencé a pensar qué iba a hacer yo si salía elegido presidente de la república más chúcara, más dramáticamente insoluble, la más endeudada y, posiblemente, la más ingrata. Los presidentes eran aclamados durante el primer mes y martirizados, con o sin justicia, los cinco años y los once meses restantes”.

Un triunfo “a pleno ciervo”
Pero -para alivio del mismo Neruda- la aventura como candidato duró poco, solo 4 meses, pues en enero de 1970, fue el socialista Salvador Allende quien obtuvo la candidatura de las fuerza que conformaban la Unidad Popular. Cuando Allende comenzó a tomar fuerza como nombre, Neruda se apuró en declinar su opción en favor del médico.
“Previa la aceptación de mi partido, presenté rápidamente la renuncia a mi candidatura. Ante una inmensa y alegre multitud hablé yo para renunciar y Allende para postularse. El gran mitin era en un parque. La gente llenaba todo el espacio visible y también los árboles. De los ramajes sobresalían piernas y cabezas. No hay nada como estos chilenos aguerridos”.
Luego de eso, el poeta continuó con sus actividades, incluyendo un viaje a Europa, pasando por Moscú, Londres, Milán, París, y Barcelona. En esta última, se reunió con su amigo, el escritor colombiano Gabriel García Márquez. En el invierno austral, viajó por sudamérica y regresó a tiempo para sufragar el 4 de septiembre de 1970 en la elección presidencial, en la que Allende se impuso con un 36,6%.
Días después, con la tensión previa a la ratificación del Congreso Pleno, y cuando incluso de hablaba de conspiraciones para impedir la victoria del socialista, Neruda le mandó una carta a Allende, felicitándolo por la victoria.
“Querido Salvador, no he ido a felicitarte porque he estado felicitándome. Supongo que desbarataremos la conspiración. Esto prueba que hay que pegarles fuerte. Ya vendrá el momento. [...] El 18 comeremos un ciervo que preparará Matilde. Si vienes con Tencha sería espléndido para celebrar el triunfo a pleno ciervo”.

El embajador Neruda
Con la instalación del gobierno de la UP, Neruda obtuvo un cargo importante, el de embajador de Chile en Francia. “Había aceptado este puesto sin pensarlo mucho, dejándome ir una vez más por el vaivén de la vida -anotó Neruda en sus memorias-. Me agradaba la idea de representar a un victorioso gobierno popular, alcanzado después de tantos años de gobiernos mediocres y mentirosos. Quizás en el fondo lo que me cautivaba más era entrar con una nueva dignidad a la casa de la embajada chilena, en la que me tragué humillaciones cuando organicé la inmigración de los republicanos españoles hacia mi país. Cada uno de los embajadores anteriores había colaborado en mi persecución; había contribuido a denigrarme y a herirme. El perseguido tomaría asiento en la silla del perseguidor, comería en su mesa, dormiría en su cama y abriría las ventanas para que el aire nuevo del mundo entrara a una vieja embajada”.
Pero la elección del cargo tenía un por qué: estar en la mira para el Premio Nobel de Literatura, que Neruda quería ganar. “No es menor estar en Francia para estar presente en del debate cultural y lo conocieran en el occidente europeo -señaló a este medio el investigador nerudiano Abraham Quezada- además porque Miguel Ángel Asturias ganó el Nobel en 1967 siendo embajador de Guatemala en Francia”.
Asimismo, Allende nombró embajador en Suecia a un amigo de Neruda. “Era Luis Enrique Délano, el padre de Poli Délano, no era casualidad. Allende no mandó un enemigo de Neruda a Estocolmo”, explica Quezada.

En el quehacer diario, Neruda como embajador se ocupaba de las decisiones más relevantes, pero dejaba en su ministro consejero, el también escritor Jorge Edwards, la coordinación de los asuntos políticos y administrativos.
Sin embargo, por esos días, ya sufría con el cáncer de próstata. “Él era consciente de su enfermedad desde 1969. Le atendía el urólogo más importante de la época, el doctor Roberto Vargas Salazar, profesor de la Universidad de Chile”, comenta a Culto el historiador español Mario Amorós, autor de una biografía sobre el vate (Neruda. El príncipe de los poetas).
El mismo Neruda lo comentó a su amigo Volodia Teiltelboim, a quien escribió desde París en julio de 1971. “Querido Volodia, después de haberme dado de comer y haberme sostenido para ir al baño en mi primera levantada después de cuatro días (10 metros, 10 minutos), Matilde rebosante de salud se permite también tomar el dictado. Estoy vagamente enfermo con varios días de penicilina....”.

Pero ese 1971 le trajo una alegría. El 21 de octubre de 1971 la Academia Sueca anunció que Pablo Neruda, entonces de 67 años, era el flamante Premio Nobel de Literatura “por una poesía que con la acción de una fuerza elemental da vida al destino y los sueños de un continente”.
El popular matutino Clarín (“Firme junto al pueblo”) en su edición del 23 de octubre de 1971 señaló: “El país entero se emocionó. Los rotos pampinos, los campesinos que hacen parir la tierra, los ovejeros de la pampa magallánica, los pescadores desafiando el océano, los arrieros, los mineros, los obreros de la construcción, las mujeres en su casa parando la olla, los intelectuales, los empleados, todos, de capitán a paje, nos sentimos más importantes, más chilenos”.
La ceremonia tuvo lugar el 10 de diciembre y el premio se lo entregó el rey Gustavo Adolfo VI. En su discurso de aceptación, vestido de impecable frac, Neruda hizo un repaso de su vida, haciendo énfasis cuando debió arrancar arriba en la Cordillera de la persecución de gobierno de González Videla. Además, repasó a su fallecido enemigo Vicente Huidobro: “El poeta no es un ‘pequeño dios’. No, no es un ‘pequeño dios’. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios”.

El regreso final
En 1972, Neruda volvió al país, y en diciembre de ese año recibió un caluroso homenaje en el Estadio Nacional como una forma de reconocer su Premio Nobel. “El 5 de diciembre de 1972, el Estadio Nacional se engalanó para rendir tributo al poeta que había conquistado el segundo Premio Nobel para Chile, en la que fue su última aparición en un acto público -señala Mario Amorós-. En su discurso, no tardó en comentar la crítica situación política: ‘Me he dado cuenta de que hay algunos chilenos que quieren arrastrarnos a un enfrentamiento, hacia una guerra civil. Y aunque no es mi propósito, en este sitio y en esta ocasión, entrar a la arena de la política, tengo el deber poético, político y patriótico, de prevenir a Chile entero de este peligro. Mi papel de escritor y de ciudadano ha sido siempre el de unir a los chilenos. Pero ahora sufro el grave dolor de verles empeñados en herirse. Las heridas de Chile, del cuerpo de Chile, harían desangrarse mi poesía’”.
“No pudo dejar de evocar la tragedia de la II República Española: ‘Yo asistí a una guerra civil y fue una lucha tan cruel y dolorosa que marcó para siempre mi vida y mi poesía. ¡Más de un millón de muertos! Y la sangre salpicó las paredes de mi casa y vi caer los edificios bombardeados y vi a través de las ventanas rotas a hombres, mujeres y niños despedazados por la metralla. [...] No quiero para mi patria un destino semejante’“.

Tiempo después, para el verano de 1973, Neruda pasaba del náutico paraíso de Isla Negra a la fría sala de hospital, pero a pesar de eso, el parralino se encontraba trabajando en nuevos escritos. Así lo detalló a Culto el investigador nerudiano Abraham Quezada. “Había editado en febrero de 1973 el libro Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena y para 1974 preparaba siete nuevos libros, por su setenta cumpleaños”.
El Nixoncidio eran unos durísimos versos contra el presidente Richard Nixon, de Estados Unidos, y -de acuerdo a Mario Amorós- Neruda se los leyó a inicios de febrero de 1973 a tres amigos en su casa de Isla Negra: Luis Corvalán, Volodia Teiltelboim...y el mismísimo Salvador Allende. Tras escucharlo, el presidente le preguntó: “¿Crees tú, Pablo, que después de publicar este libro puedes seguir siendo embajador?“. Así que solo días después, en febrero de 1973, Neruda renunció a su puesto como embajador en Francia, petición que el presidente Salvador Allende aceptó.
Para el frío invierno de 1973, Pablo Neruda seguía bastante activo. Se encontraba escribiendo a pesar de las dolencias del cáncer a la próstata que lo aquejaba. Amorós agrega que según las informaciones que tenía Neruda, la neoplasia no tenía un pronóstico tan malo. “Según Matilde Urrutia, días antes del golpe, el doctor Vargas Salazar le había explicado que en función de su cáncer, tenía una esperanza de vida de al menos cinco años”. De hecho, el tratamiento médico estaba siendo intenso. “Tuvo más de 40 sesiones de radioterapia en el Hospital Van Buren, de Valparaíso entre marzo y abril de 1973″, comenta el historiador hispano.
No solo su familia iba a verlo. El 12 de julio de 1973, día de su cumpleaños 69, recibió una visita importante, literalmente desde el cielo. Dejando una brumosa polvareda, un helicóptero aterrizó en Isla Negra trayendo al Presidente Salvador Allende y a la primera dama Hortensia Bussi, quienes llegaron para almorzar con el poeta y Matilde Urrutia. “También se encontraba Miguel Otero Silva, el escritor y periodista venezolano, a quien el Presidente Allende confesó que había encontrado a Neruda en buen estado de salud -agrega Mario Amorós-. Aquel día fue la última vez que el Mandatario y Neruda se vieron las caras”.
Es que el destino tendría ribetes de tragedia. Las tensiones políticas se volvían cada vez más difíciles, incluso con intentonas de golpe como el fallido “Tanquetazo”, del 29 de junio de 1973.

El golpe de Estado se sentía en el aire. Pese a que Salvador Allende buscaba afanosamente una salida política, su destino parecía sellado. Para Neruda la vida continuaba. Tras el almuerzo con su familia, tenía agendada una importante reunión en su casa de Isla Negra, para el martes 11 de septiembre. No sería cualquier cosa. Matilde Urrutia la recordó en su libro Mi vida junto a Pablo Neruda (1987).
“Ese día llegaría a Isla Negra Sergio Insunza, nuestro abogado y gran amigo que en ese momento era ministro de Justicia de Salvador Allende. Llegaría con los estatutos de la Fundación Pablo Neruda, con el testamento de Pablo y con los planos y la maqueta de la que sería la casa principal de la Fundación, en Punta de Tralca. Todo estaba listo para la firma, que se haría ese día”.
El proyecto de Punta de Tralca -que recibió el nombre de Cantalao- iba tan en serio que para la tarde Neruda iba a recibir otras importantes visitas al respecto. “A las 17.00 horas iban a ir los rectores de la universidades de Chile, Católica y la Universidad Técnica del Estado a ver el proyecto”, comenta Abraham Quezada.

“En un martes de horror”
Pero ese martes 11 de septiembre de 1973, el destino dijo otra cosa. Por la radio, Urrutia y Neruda fueron conociendo las primeras informaciones y los bandos de la junta golpista. Así lo recordó Urrutia en su libro. “De pronto, la voz de Salvador Allende. Pablo me mira con inmensa sorpresa: estábamos oyendo su discurso de despedida; sería la última vez que escucharíamos su voz. ‘Esto es el final’, me dice Pablo con profundo desaliento. Yo protesto: ‘No es verdad, esto será otro tancazo, el pueblo no lo permitirá”.
Nervioso, el hombre de Residencia en la tierra siguió sintonizando frenéticamente las radios, como haciendo un zapping de voces que le permitiera armar el puzzle de lo que ocurría. Moviendo la perilla de un lado a otro, sintonizó la onda corta, gracias a la cual se enteró de la noticia terrible. “Supimos más tarde, por una radio de Mendoza, la muerte de Salvador Allende”.
El 14 de septiembre que Neruda le dictó a Matilde Urrutia las que serían las últimas líneas de su autobiografía, dedicadas justamente al presidente. “Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas”.
Para el 18 de septiembre, la salud del autor de Residencia en la tierra se agravó, así que su médico de cabecera ordenó que fuese trasladado a Santiago, a la Clínica Santa María, para lo cual se dispuso una ambulancia. Esta llegó al día siguiente. A la altura de Melipilla, comenta Matilde, fueron detenidos y revisados por una patrulla militar. Tras ello, lograron llegar a la capital e internar al poeta.

Por esos días de incertidumbre y horror entre los partidarios del depuesto gobierno, a Neruda le llegó una oferta a la misma sala de hospital. A través del embajador, el Presidente de México le ofreció un avión para sacarlo del país. Según comenta Matilde Urrutia, el poeta lo rechazó. Sin embargo, ante la insistencia del embajador y de la misma Matilde, el 20 de septiembre Neruda accedió, aunque solo por poco tiempo.
Rodolfo Reyes, su sobrino, lo comentó con Culto en 2023: “Lo que rechazó fue la posibilidad de asilo. Él nunca quiso asilarse. Finalmente aceptó hacerlo como invitado. El tío lo agradeció, y se iba a ir el domingo 23 de septiembre. Mandó a Matilde a buscar unas cosas a Isla Negra junto a Manuel Araya, su chofer, y cuando estaban ahí, Neruda llamó a la hostería -porque no tenían teléfono con la casa- y avisó que le habían colocado una inyección en el estómago. Ahí se vinieron inmediatamente de vuelta”.
Al arribar, Matilde Urrutia encontró despierto a su esposo, este comenzó a agitarse pensando en lo que ocurría en el país. Ahí la mujer comenta que vino personal de la clínica. “Viene la enfermera de turno. Ve que Pablo está fuera de sí. ‘Le pondremos una inyección para dormir’, me dice en forma indiferente”.
Hacia la tarde del 23 de septiembre todavía no despertaba. De repente, un temblor agitó su cuerpo y revolvió las sábanas, Matilde pensó que despertaría, pero fue un espejismo. “Me acerco. Había muerto. No recobró el conocimiento”. Eran las 22.30 de la noche cuando se apagó la voz del poeta que le cantó a América.
Posteriormente, su difícil funeral fue la primera manifestación contraria a la dictadura militar que se acababa de instaurar.
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