El día que entendí a mi abuela

En una ceremonia sencilla y para nada emotiva, estacioné, bajé del auto, abrí el baúl y retiré la caja de cartón sin preocuparme de que su contenido pudiera romperse por un golpe o una caída. Caminé unos metros hasta la plaza, me detuve ante un “punto verde” y se la extendí por encima del mostrador a una sonriente empleada del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Adiós a la máquina de hacer pan. Gracias por nada.
Luego de varias visitas a distintos negocios de arreglo de electrodomésticos, tuve que aceptar la realidad. Quisiera o no, la corta vida útil del armatoste había llegado a su fin, lo cual facilitó el acto de desprendimiento, aunque no evitó la sensación de engaño.
Psicólogos y gurúes de Instagram por igual dicen que no es bueno aferrarse a las cosas y, por lo visto, la sociedad de consumo se ha tomado el consejo a pecho; no solo impide esa posibilidad, sino que nos brinda la coartada perfecta para que no nos perturbe tanto desecho. El reciclaje nos deja la conciencia tranquila.
En los últimos años, sumé mucho a esta práctica pseudoecológica. Un lavarropas, una lustraspiradora, una PC de escritorio, un celular y, el último aporte, la máquina de hacer pan. Se podría hacer un pequeño museo con estos prodigios de la vida moderna, aunque lo ideal sería repararlos y seguir usándolos.
Cada época tuvo su “máquina de pan”: a fines de los 70 se pusieron de moda las que fabricaban pastas en casa; poco después, las yogurteras, las sandwicheras y un largo etcétera. En paralelo, heladeras, lavarropas, aires acondicionados, calefones iban durando cada vez menos, perdiendo el sentido como objetos que nos tendían un puente al pasado familiar.
Todo gracias a las ingeniosas artimañas de la obsolescencia planificada: a veces es más caro hacer reparar uno de esos artilugios que comprar uno nuevo, mientras que, en el caso de los electrónicos, los constantes cambios de software hacen que nuestros gadgets queden inutilizados.
Así que, entre lo que dejó de funcionar y lo que ya nos aburrió, nos llenamos de objetos que alguna vez nos prometieron un estilo de vida más auténtico. Descansan en algún lugar de la casa, generalmente en el estante más alto de la alacena o en el fondo de un placard. Cuando me topo con ellos, entiendo cada vez más a mi abuela.
El día que retiraron la vieja heladera Siam de casa fue una jornada de luto para ella. Tras largos 40 años de servicio, la mole de manija, estantes y cubeteras de acero cantó “no va más” y hubo que dejarla en manos del Ejército de Salvación.
Durante años gasté a mi abuela por ese apego casi religioso a los objetos y su resistencia a renovarse. “¿Para qué cambiarla si anda bien?”, recibía siempre por respuesta ante mi insistencia.
Más adelante comprendí que esa heladera era para ella y mi abuelo mucho más que un electrodoméstico; era un recordatorio de un logro familiar, la primera compra de peso para un nuevo hogar luego de mucho sacrificio, en la transición de las conservadoras de barras de hielo a los refrigeradores eléctricos. Y si yo ya había perdido ese lazo afectivo, ¿qué podrán sentir hoy mis hijos con cualquier aparato que entra en casa?
Si nada dura demasiado, tampoco hay tiempo para que las cosas se asocien con recuerdos o historias. Un cliente que conserva durante 40 años una heladera es un fracaso comercial; uno que en la mitad de tiempo cambia tres celulares, dos televisores y un microondas en el mismo lapso es el sueño de cualquier departamento de marketing.
Mi abuela jamás lo entendería porque, en su época, los únicos atributos que se buscaban en un electrodoméstico eran la practicidad y la durabilidad. Por esa razón, probablemente nunca hubiera comprado una máquina de pan.
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