Hallan bajo una llanura de Australia un antiguo mundo de cuevas de hasta 150 metros de profundidad oculto tras unas marcas casi invisibles
Unas depresiones casi imperceptibles de la llanura de Nullarbor han permitido reconstruir el colapso de antiguas cuevas situadas a gran profundidad bajo Australia.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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A simple vista, la llanura de Nullarbor parece hacer honor a su nombre. Es una extensión inmensa y casi interminable de roca caliza que ocupa más de 200.000 kilómetros cuadrados en el sur de Australia, con un relieve tan discreto que buena parte del paisaje parece prácticamente plano. Sin embargo, algunas líneas apenas perceptibles que atraviesan su superficie están contando una historia completamente distinta. Bajo ellas podría esconderse una gigantesca red de antiguas cavidades.
Un equipo internacional de investigadores ha estudiado cinco de estas depresiones y ha llegado a una conclusión sorprendente: no serían antiguos valles excavados por ríos, como podría sugerir su aspecto, sino la huella superficial dejada por el hundimiento progresivo de profundas cuevas. El trabajo, publicado en Communications Earth & Environment, convierte así unas modestas irregularidades del terreno en pistas de lo que ocurre decenas de metros más abajo.
Las dimensiones ayudan a comprender por qué estas estructuras han despertado tanto interés. Algunas se prolongan durante más de 20 kilómetros y suelen medir entre 100 y 500 metros de anchura. La denominada Yangoonabie alcanza aproximadamente 28 kilómetros. Y, pese a semejante tamaño horizontal, muchas no llegan a los nueve metros de profundidad. En un territorio tan vasto y uniforme, pueden pasar casi inadvertidas.
Los científicos tuvieron que mirar Nullarbor de otra manera. Mediante modelos digitales del terreno con el relieve exagerado consiguieron hacer visibles esas cicatrices. Después llegó la pregunta decisiva: ¿qué había debajo?
Las pistas que descartaron la existencia de antiguos ríos
El primer sospechoso era el agua. Una depresión alargada puede parecer el vestigio de un antiguo cauce, pero el terreno no se comportaba como debería hacerlo si por allí hubiese circulado un río. Las zanjas no forman una red de drenaje integrada, algunas comienzan y terminan bruscamente y tampoco presentan las áreas de captación y los tributarios esperables en un sistema fluvial.
El sedimento aportó otra pieza. Los depósitos encontrados dentro de las depresiones no mostraban las características que cabría esperar de un transporte continuado aguas abajo. En profundidad aumenta la presencia de limo y arcilla, mientras que las capas superiores contienen más arena. Los investigadores interpretan que parte de estos materiales pudo ir acumulándose lentamente desde los laterales, especialmente durante episodios excepcionales de lluvia.
Pero las evidencias más reveladoras aparecieron bajo tierra. El equipo utilizó tomografía de resistividad eléctrica, una técnica geofísica que permite detectar diferencias entre los materiales del subsuelo. Bajo las zanjas aparecieron amplias regiones de baja resistividad que descendían más allá del alcance de algunos perfiles, situado aproximadamente entre 30 y 70 metros. Son zonas compatibles con sedimentos, roca fracturada y sectores afectados por antiguos colapsos.
Las mediciones sísmicas reforzaron la interpretación. Bajo el eje de la zanja de Koonalda, por ejemplo, los datos indican materiales relativamente menos consolidados o más fracturados. No era una única pista aislada: geomorfología, geofísica, sedimentos y cuevas conocidas empezaban a dibujar el mismo escenario.

Cuevas de hasta 150 metros de profundidad
Nullarbor posee dos grandes categorías de cavidades. Las superficiales suelen encontrarse a menos de 30 metros, mientras que las profundas pueden descender entre aproximadamente 50 y 150 metros. Estas últimas llegan a contener pasajes de cientos de metros de longitud y decenas de metros de anchura. Muchas presentan además enormes acumulaciones de roca producidas por derrumbamientos.
Su origen se remonta a una Nullarbor muy distinta de la actual. Las grandes cavidades profundas probablemente comenzaron a desarrollarse durante el Oligoceno y el Mioceno temprano, cuando las aguas subterráneas circulaban por la roca carbonatada y fueron ampliando conductos mediante disolución. Después cambió el paisaje. El descenso del nivel freático dejó las cuevas drenadas y favoreció la inestabilidad de sus techos.
El resultado puede imaginarse como un derrumbe que avanza lentamente hacia arriba. Al fallar el techo de una cavidad, las rocas superiores pierden apoyo y también pueden fracturarse o hundirse. El proceso continúa verticalmente y, si alcanza finalmente el exterior, produce depresiones y dolinas. La superficie actual sería, por tanto, el último capítulo visible de una transformación iniciada mucho más abajo.
Hay lugares donde esta conexión puede observarse casi directamente. Clay Dam Cave, situada dentro de la zanja de Koonalda, presenta un hundimiento de unos 20 metros que deja expuestos estratos deformados y depósitos sedimentarios. En los acantilados del extremo meridional de Nullarbor también aparecen zonas de colapso de más de 100 metros de anchura, con estratos curvados, brechas, arcos de derrumbe y cavidades. Son algo parecido a una sección natural del mecanismo escondido bajo la llanura.

Una pista inesperada para buscar cuevas en Marte
El descubrimiento tiene una consecuencia que trasciende Australia. Una de las dificultades para localizar grandes sistemas cavernarios es que una cueva profunda no necesariamente deja una entrada espectacular en la superficie. Nullarbor demuestra que su presencia puede delatarse mediante alteraciones topográficas extraordinariamente pequeñas.
El estudio propone precisamente una combinación de señales para reconocer estos sistemas: depresiones lineales, ausencia de una red fluvial coherente, alineaciones de hundimientos y anomalías geofísicas que revelen materiales fracturados o cavidades en profundidad. El método podría ser especialmente útil en regiones áridas, donde la erosión y la sedimentación no han borrado las huellas más delicadas del relieve.
Y ahí aparece Marte. En el planeta rojo se han identificado depresiones y posibles entradas a cavidades cuya interpretación continúa siendo objeto de investigación. Los autores plantean Nullarbor como un análogo terrestre que puede ayudar a estudiar algunas de estas estructuras: una línea aparentemente insignificante en la superficie podría formar parte de un sistema subterráneo mucho mayor.
La posibilidad resulta especialmente interesante porque las cuevas ofrecen entornos protegidos frente a condiciones extremas. En la Tierra conservan registros ambientales, materiales orgánicos y restos arqueológicos durante largos periodos. En otros mundos, estructuras semejantes serían lugares particularmente interesantes para estudiar posibles señales preservadas del pasado y, algún día, incluso para evaluar refugios naturales para la exploración humana.
Nullarbor deja así una lección geológica inesperada. Para encontrar algunas de las mayores estructuras ocultas bajo nuestros pies, quizá no haya que buscar enormes agujeros en el suelo. A veces basta con prestar atención a una depresión de pocos metros que se prolonga silenciosamente durante decenas de kilómetros.
Referencias
- Subdued surface expression of deep cave collapse, Communications Earth & Environment (2026). DOI: 10.1038/s43247-026-04016-7
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