Pumas en libertad, cañadones impactantes y pinturas milenarias en la Patagonia menos pensada

Facundo Epul levanta el pulgar y todos nos quedamos quietos. Es la señal. No hablar, no señalar, no exclamar. Llevamos casi tres horas caminando detrás de él por un sector de coirones que sube y baja sin avisar. Cada tanto Facundo se detiene, mira a través de los binoculares hacia distintos puntos del cañadón, se da vuelta y hace una seña para que esperemos. Se aleja, vuelve, propone un camino nuevo según lo que acaba de leer en el terreno.
Antes de salir nos había explicado las reglas: caminar detrás de él, en silencio, y confiar en que el silencio, por más incómodo que resulte para un grupo de cinco personas, es la única manera de no espantar lo que está pasando delante nuestro sin que lo notemos. “Los pumas son felinos grandes que tienen hábitos muy marcados”, dice, revelando parte de la estrategia para hacer avistaje. Esta madrugada llovió, lo cual juega a favor porque las huellas son más recientes, pero también el viento sopla fuerte, lo cual juega en contra, porque los pumas suelen refugiarse entre los arbustos.
Lo primero que encontramos es una huella. Después, un poco más allá, semiocultos entre unas matas, los restos de un guanaco. “El puma lo dejó tapado para que no lo coman los cóndores u otras aves de carroña, porque después vuelve”, explica Facundo, sin darle más vueltas al asunto, y sigue caminando. Su teoría es que el puma y sus dos cachorros (hubo un avistaje en esa misma zona apenas 24 horas antes) siguen escondidos entre los arbustos, porque la presa todavía tenía carne. Acercarse sería arriesgado para todos, así que seguimos por las zonas abiertas, a distancia prudente de la vegetación más tupida.
Facundo tiene 30 años, nació en Perito Moreno y se crió escuchando que el puma era casi un enemigo. “Era perseguido porque atacaba el ganado”, cuenta, y se ríe al recordar los mitos de la zona: que el puma colorado era el malo, y el gris el bueno, una distinción que de chico le parecía una verdad absoluta, indiscutible. Se fue a estudiar Administración de Empresas a Córdoba y volvió a Santa Cruz a los 23 años, sin un plan demasiado claro. Hoy dirige su propia agencia de avistaje de fauna y asegura, sin exagerar demasiado, que este es el único rincón del país donde se puede ver pumas en libertad con cierta regularidad. Trabaja en equipo con otros dos guías, conectados por radio o teléfono satelital, para multiplicar las chances de encontrarlos. El año pasado, dice, quienes se quedaron más de dos días lograron ver al menos un ejemplar.
Cerca del mediodía, con la búsqueda ya diluyéndose sin que nadie lo diga en voz alta, viajamos hacia otro sector de la estepa. El primer intento quedó ahí, sin premio. El almuerzo se sirve con la resignación tranquila, usando la camioneta para refugiarnos del viento. Pero después del mediodía volvemos al ruedo, esta vez hacia otro cañadón, donde horas antes alguien había reportado otros dos ejemplares, posiblemente hermanos. Cerramos las puertas de las camionetas lo más despacio posible, como quien no quiere despertar a nadie, y caminamos media hora más, ahora en subida, con el viento empujándonos por la espalda y el cansancio empezando a hacerse sentir.
Fue Facundo el que lo vio primero. Señaló un arbusto a cuarenta metros y nos pasó el par de binoculares extra que siempre lleva encima. Al principio no hay nada. Nos miramos incrédulos, sacamos igual los celulares por puro reflejo. Después, sí: un bulto que respira, casi fundido con el paisaje, imposible de distinguir sin ayuda óptica. Dormía. De repente, levantó la cabeza y nos miró fijo, casi un minuto eterno, pero sin apuro. Después se dio media vuelta y se perdió en el paisaje en cuestión de segundos. Una experiencia fugaz pero intensa. Inolvidable.
UNA ESTEPA QUE SE REPUEBLA
Todo esto pasa adentro de Parque Patagonia, un área de 92.000 hectáreas que gestiona la fundación Rewilding Argentina en el noroeste de Santa Cruz, vecina del Parque Nacional Patagonia y del Parque Provincial Cueva de las Manos. La fundación llegó a la zona en 2012, y el proyecto arrancó, en realidad, por otro animal: el macá tobiano, una pequeña ave zambullidora endémica de la meseta patagónica cuya población se había desplomado un 80% en pocas décadas. Cuando Aves Argentinas, que investigaba el problema, salió a buscar apoyo, tocó la puerta del filántropo estadounidense Douglas Tompkins, que ya trabajaba en la restauración de los esteros del Iberá. Tompkins consiguió los fondos para comprar las tierras que hoy son uno de los últimos refugios de la especie, y así arrancó todo.
De ahí en más, la idea creció hasta convertirse en lo que es hoy: un intento de devolverle a esta franja de estepa los animales que supo tener antes de que la ganadería ovina y los alambrados perimetrales la vaciaran. El guanaco es el símbolo más visible de ese trabajo (Rewilding calcula que antes de la colonización de la Patagonia había unos 50 millones en la región, contra los tres millones que sobreviven hoy en toda la Argentina), pero el programa incluye también al choique, al chinchillón anaranjado, al huemul, y al puma como la pieza que corona la cadena. El sueño declarado de la fundación es que, algún día, todo este territorio forme parte de una gran región binacional protegida, continuada del lado chileno por el ya existente Parque Nacional Patagonia.
LA ESTACIÓN QUE MIDE TODO
Detrás de esa escena hay una infraestructura que no se ve desde la estepa. Desde 2018, un equipo de Rewilding Argentina trabaja en la Estación Biológica El Unco monitoreando pumas con collares GPS y VHF. El proyecto lleva registrados setenta ejemplares entre adultos, juveniles y cachorros, y hoy sigue el rastro de al menos 20 adultos y seis crías. Esa información permite reconstruir dónde cazan, dónde descansan, y evaluar qué tan sana está la trama que los sostiene. La estación, que además trabaja con otras especies como el chinchillón anaranjado, el coipo y la gallineta austral, funciona con un equipo de unas 15 personas repartidas entre tareas de campo y análisis de datos, más un programa de voluntariado abierto a quien tenga el perfil adecuado.
Durante décadas, al puma se lo persiguió por el daño que causaba en la cría de ovejas. Todavía hoy, en distintas zonas de la Patagonia, se lo mata en represalia o de forma preventiva, aunque el animal evite el contacto humano casi siempre. Lo que cambia en un área protegida como esta es la relación de fondo: “El hecho de que haya un área protegida hace que se sientan más seguros y tranquilos. Hay crías que crecen viéndonos y saben que no somos una amenaza”, explica Facundo. La mejor época para intentarlo es entre marzo y noviembre, cuando el frío empuja a los guanacos hacia las zonas bajas y, con ellos, concentra también a sus depredadores.
UNA ESFERA ROJA EN MEDIO DE LA NADA
Volver de la búsqueda del puma y encontrarse, a los pocos kilómetros, con una gran esfera roja asomando de la estepa produce un desconcierto que dura solo hasta que uno entra. El Centro de Interpretación y Planetario Elsa Rosenvasser Feher, inaugurado en 2023 en el Portal Cañadón Pinturas, es hoy una de las escalas obligadas de cualquier visita al parque.
El edificio de 800 m2 construidos bajo estándares ecológicos, con paneles solares y varillas de madera recicladas de los alambrados que antes cortaban el paso a la fauna, fue diseñado por Leandro Panetta junto al arquitecto Oscar Romero. El foyer, revestido con esas mismas varillas dispuestas en formas orgánicas que evocan una cueva, está coronado con una gran esfera metalizada que representa el sol y contiene, en su interior, el planetario propiamente dicho.
El recorrido funciona como una línea de tiempo: cada paso equivale a mil años, desde el origen del universo hasta el presente, pasando por la formación de los continentes, la evolución de las especies y, hacia el final, la crisis de biodiversidad y el rewilding como respuesta posible. Hay una sala dedicada a explorar de dónde venimos como especie, otra que aborda de frente la crisis de extinción actual y las estrategias para revertirla, y recién en el último tramo, en el auditorio del planetario, llega el momento más esperado: un viaje nocturno por el cielo patagónico y sus principales constelaciones, con tecnología de proyección de primer nivel. Un pequeño café completa la visita, con una selección de artesanías hechas por emprendedores locales.
Detrás del proyecto está la historia de Elsa Rosenvasser Feher, física argentina que hizo carrera en Estados Unidos, donde dirigió el centro interactivo Reuben Fleet, en San Diego, y participó de la creación del Exploratorium de San Francisco, y que decidió, ya sobre el final de su vida, donar los fondos para construir este espacio en la Patagonia que la había fascinado desde siempre. Murió en 2022, unos meses antes de que la obra se terminara. “Mi madre tenía una fascinación por las estrellas del hemisferio sur; la Patagonia y la Argentina fueron su casa hasta el último día”, dijo su hija Paola el día de la inauguración.
DORMIR EN LA ESTEPA, SIN CARPA
La otra novedad reciente tiene menos ciencia y más comodidad. En el camping La Señalada, sobre el mismo Portal Cañadón Pinturas, Rewilding Argentina sumó unas yurtas de madera pensadas para quienes quieren estar cerca del paisaje sin renunciar a una cama. No son carpas ni tampoco hostería: son refugios sólidos, montados sobre parapetos que cortan el viento, con ropa de cama y una mesa para compartir el día con otros viajeros.
“Nos faltaba una propuesta para quienes prefieren una estadía un poco más agreste, pero con comodidades”, cuenta Natalia Correa, coordinadora de desarrollo de destinos de turismo de naturaleza del parque. La ubicación no es casual: desde La Señalada se accede directo a la red de senderos (Cañadón Pinturas, Bajada de los Toldos, Vertientes, La Guanaca) sin necesidad de subir de nuevo al auto, y a metros está también el planetario. Correa recomienda quedarse, como mínimo, dos noches: una para instalarse y hacer una caminata corta, otra para coordinar una salida de avistaje y terminar el día alrededor del fogón comunitario, bajo un cielo que en esta zona todavía no tiene competencia.
Una repentina tormenta nos obligó, en cambio, volver a hospedarnos en la hostería histórica del parque: La Posta de los Toldos, con su estufa a leña, sus ventanales que dejan entrar la estepa entera y esas cenas compartidas en una mesa larga que terminan, casi siempre, en alguna charla sobre pumas y las bellezas de esta porción inesperada de la Patagonia.
EL CAÑADÓN QUE NO TERMINA DE MOSTRARSE
Hay una zona del parque que sigue siendo, en buena medida, un secreto: el alero de Charcamata, a 20 kilómetros en línea recta de la Cueva de las Manos. Ahí no hay pasarelas, ni rejas, ni carteles. Solo un paredón de 70 metros de frente por 20 de profundidad, y cientos de manos en negativo de distintos tamaños y colores junto a escenas de guanacas preñadas y pariendo.
La ausencia de infraestructura no es fruto del descuido, sino de una decisión. Charcamata está dentro de una estancia privada y no tiene acceso libre: se llega únicamente en camioneta 4x4, vadeando el río Pinturas, y solo a través de una excursión organizada. El único que puede llevar visitantes hasta ahí es Claudio Figueroa, guía y dueño de Zoyen Turismo, la agencia de Perito Moreno que en 2016 presentó un Plan de Manejo del sitio y a partir de entonces quedó habilitada en exclusiva para hacerlo. “No hay valla, no hay cerca, nada que te separe de las pinturas. Es todo muy auténtico y original”, suele decir Figueroa, que lleva ya más de una década guiando la misma excursión de jornada completa: un tramo en vehículo, una caminata de una hora bordeando el arroyo Charcamata entre paredones que a veces parecen caras de gigantes, y el hallazgo final de un alero que, a diferencia de su vecina más célebre, todavía se recorre sin ninguna baranda de por medio. En 2015, el lugar fue declarado Monumento Histórico Nacional y Provincial, un reconocimiento tardío para un sitio que la mayoría de los visitantes de la zona todavía no conoce.
La Cueva de las Manos, en cambio, ya tiene su lugar asegurado en cualquier itinerario por la zona, y con razón: es Patrimonio de la Humanidad desde 1999 y reúne la mayor concentración de manos pintadas del mundo, unas 800, distribuidas en un cañadón formado hace 150 millones de años. Se puede llegar en vehículo por fuera del parque o, más recomendable, caminando desde adentro, atravesando el sendero Cañadón Pinturas y cruzando el río del mismo nombre, donde muchos visitantes dejan estampada su propia mano con el barro de la orilla, sumándose a un gesto que empezó hace nueve milenios.
Antes de llegar ahí, o después, conviene guardar tiempo para Tierra de Colores, el sendero más corto y sencillo del parque que no lleva más de una hora y también uno de los más fotografiados. Atraviesa una formación jurásica donde el óxido de hierro dejó su huella en distintos momentos: marrón, amarillo, ocre y varios tonos de rojo, como si fuera un reflejo de un paisaje más propio de la Puna que de la Patagonia. Es el cierre perfecto para una estadía que, cada vez más, no depende solo de la belleza del paisaje sino de la cantidad de capas que se le fueron sumando encima: la ciencia que estudia al puma, la que interpreta el cielo, y la infraestructura que hace posible quedarse a mirarlo todo un poco más de tiempo.
LO QUE NO SE VE
Después de ver al puma, el regreso a los vehículos fue casi en silencio, con una excitación que costaba disimular. Es difícil encontrar algo que decir después de que un animal así te sostenga la mirada un minuto entero para luego dar una media vuelta, sin apuro, y perderse en su propio territorio. En el camino le preguntamos a Facundo por el dispositivo que el puma llevaba en la oreja: resultó ser un instrumento de seguimiento de Rewilding, que reveló además que ni siquiera era uno de los dos hermanos que andábamos buscando. “Seguramente los otros estaban cerca y no los vimos”, dijo, sin sorpresa.
Esa frase podría resumir el viaje entero. Porque la estepa, vista rápido, parece solo eso: estepa, un dominio uniforme de coirones que se repite hasta el cansancio. Pero basta bajar el ritmo para descubrir que no hay nada uniforme en ella: cada cañadón guarda su propia paleta de colores, cada vertiente esconde floraciones diminutas que desaparecen si uno pasa de largo, cada paredón cuenta una historia de millones de años que no se adivina desde la ventanilla de un auto. Atahualpa Yupanqui decía, a su manera, que quien mira sin ver no ve más que tierra. Acá, en el noroeste de Santa Cruz, mirar de verdad es dejar que el paisaje imponga su propio ritmo, exponerse un rato a lo que no se puede controlar ni predecir, y es la única forma de encontrarle sentido a todo lo demás: al puma que se deja ver apenas un minuto, al cielo que un planetario ayuda a descifrar constelaciones en medio de la nada, a las manos que alguien pintó hace nueve mil años esperando, quizás, que alguna vez alguien las mirara así, de cerca, tratando de entender el paso del tiempo.
Datos Útiles
El ingreso al Parque Patagonia tiene un valor de $10.000 y sirve para varios días.
CÓMO LLEGAR
Desde Buenos Aires, lo más rápido es volar hasta Comodoro Rivadavia y alquilar un vehículo. Desde ahí son unas seis horas de viaje (456 km): primero por la RN 26, asfaltada y en buen estado, y luego por la RN 40. El tramo entre Río Mayo y Perito Moreno —unos 40 km— tiene pozos profundos y poco visibles a la distancia, así que conviene circular con precaución. Quienes no dispongan de auto pueden combinar un ómnibus hasta Perito Moreno con un transfer de 56 km hasta el parque.
DÓNDE DORMIR
POSTA DE LOS TOLDOS
Reservas: www.northwildtravel.com/pumapatagoniapark
Nueve habitaciones bien calefaccionadas, restaurante propio (y muy bueno), cocina a leña y un sector de fogones. Los pasajeros no hospedados también pueden almorzar o cenar allí con reserva previa.
YURTAS - CAMPING LA SEÑALADA
(297) 500-0145
destino@parquepatagoniaargentina.org
parquepatagoniaargentina.org
Una opción diferente e interesante dentro del mismo camping con una vista inigualable de la estepa: yurtas compartidas, con capacidad para cuatro personas, a u$s 30 por cama por noche. Para quienes prefieran privacidad, se puede alquilar la yurta completa (hasta tres pasajeros) por u$s 100 la noche. En ambos casos el precio incluye sábanas, almohada, una manta o bolsa de dormir (a elección).
HOTEL KELMAN
Av. San Martín 1317, Perito Moreno.
(11) 5954-9726
IG: @hotelkelmanperitomoreno
Sobre la RN 40, en pleno centro de la autodenominada Capital Arqueológica de Santa Cruz. Abierto todo el año, con habitaciones singles, dobles, triples y cuádruples, wifi en todo el establecimiento, estacionamiento privado y un SUM de uso común, disponible hasta las 21. Ofrece tarifas especiales para estadías semanales, quincenales y mensuales, y para grupos y empresas. Desde $93.000 la doble con desayuno incluido.
EXCURSIONES
SAFARI PATAGONIA ARGENTINA
(351) 309-2452
IG: @safaripatagoniaargentina www.safaripatagoniaargentina.com
Los servicios de guía de Facundo Epul, antes conocidos como El Choique, ahora bajo esta nueva marca. Salidas orientadas al avistaje de fauna (cóndores, choiques, guanacos, pumas) en grupos reducidos, combinando tramos en 4x4 con caminatas de esfuerzo medio (entre 4 y 5 horas). Operan todo el año; el invierno es la temporada de la migración de guanacos. El valor por la excursión full day es de u$s 300, incluye box lunch y cafetería, entrada al parque y traslados desde Perito Moreno.
ALERO DE CHARCAMATA
(297) 443-2855
IG: @turismozoyen
www.zoyenturismo.com.ar
Declarado Monumento Histórico Nacional, un alero de 80 metros de boca, 40 de altura y más de 20 de profundidad que resguarda pinturas rupestres de unos 7.000 años —manos, guanacos, pumas, choiques y figuras geométricas—, conservadas en su estado original. El acceso es exclusivamente con guía del único operador autorizado, ya que el sitio se ubica dentro de una estancia privada. La excursión completa parte de Perito Moreno a las 9, recorre unos 90 km —los últimos atravesando estancias vecinas y vadeando el río Pinturas— y suma una caminata de una hora hasta el alero; el regreso es alrededor de las 18. Tarifa vigente de octubre 2026 a abril 2027 (sujeta a cambios): $280.000 en excursión privada para 2 pasajeros, con seña de $50.000 por persona. Incluye traslado en 4x4 con chofer-guía y vianda para el almuerzo.
PARQUE PROVINCIAL CUEVA DE LAS MANOS
RP 97, a 47 km de Bajo Caracoles.
Es la visita obligada para ver de cerca un pedazo de la historia de la humanidad en vivo y en directo. En temporada alta (octubre a abril), está abierto todos los días de 9 a 19; en temporada baja (mayo a septiembre), todos los días de 10 a 17. La entrada general cuesta $40.000; residentes nacionales $14.000; residentes de la provincia, jubilados y pensionados $5.000.
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