Por qué el cuerpo humano evolucionó para correr largas distancias y cazar por persistencia
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La ciencia demuestra que nuestro cuerpo está extraordinariamente preparado para correr largas distancias. Los seres humanos somos excepcionales en esta capacidad y, según la hipótesis más aceptada, los primeros integrantes del género Homo la utilizaban para cazar mediante la persistencia.
La evolución nos dotó de numerosas características que nos hacen eficientes al correr. La forma de nuestro cuerpo apunta en esa dirección: no estamos hechos para ser los más veloces, sino para resistir. Pero ¿por qué la evolución nos preparó durante millones de años para correr largas distancias si hoy muchos problemas de salud se relacionan con el sedentarismo? En esencia, somos una máquina de alto rendimiento dedicada a tareas de oficina.
La respuesta rápida es: para cazar. Desde la comodidad de casa o camino al trabajo, quizá cueste imaginar por qué alguien necesitaría correr durante horas y decenas de kilómetros para conseguir una presa. Pero la caza tal como la conocemos hoy —disparar desde lejos con un arma de fuego o con arco y flecha— está muy lejos de los métodos de los primeros humanos.
Los expertos creen que las características que nos permiten correr largas distancias aparecieron con Homo erectus, hace unos dos millones de años. El arco y la flecha tienen «apenas» unos 70 000 años. Antes, una forma eficaz de cazar era hacer correr a las presas hasta agotarlas. Casi todas son más rápidas que nosotros, pero no pueden mantener esa velocidad durante mucho tiempo. La eficiencia energética de nuestro organismo nos permite perseguirlas con una persistencia excepcional.

Un cuerpo preparado para la resistencia
La resistencia humana es un rasgo singular en la naturaleza. Nuestro cuerpo evolucionó para recorrer grandes distancias y para utilizar la sudoración como un sistema eficiente de refrigeración, algo que nos diferencia de otros mamíferos.
«Contamos con numerosas pruebas de que la anatomía para la carrera de resistencia evolucionó en el género Homo hace dos millones de años, y de que los humanos somos inusuales y excepcionales por nuestra capacidad de correr largas distancias. ¡Ningún animal es capaz de correr tan bien, ni a tal distancia como el ser humano!», ha explicado a Muy Interesante Daniel Lieberman, especialista en evolución del cuerpo humano y director del Departamento de Biología Evolutiva Humana de la Universidad de Harvard.
¡Ningún animal es capaz de correr tan bien, ni a tal distancia como el ser humano!
«La hipótesis más convincente para explicar estas capacidades es que los primeros Homo utilizaban la caza por persistencia para capturar grandes animales millones de años antes de que inventáramos el arco y la flecha u otras armas», agregó Lieberman, quien lleva más de 20 años estudiando el tema y ha escrito varios artículos científicos y libros al respecto.
La carrera de resistencia fue crucial en la evolución del Homo sapiens. El cuerpo humano cuenta con los elementos anatómicos y fisiológicos necesarios para desplazarse a buen ritmo durante mucho tiempo. Su forma es difícil de explicar desde el punto de vista evolutivo; hasta la fecha, la explicación más probable es que evolucionamos para correr.

Algunas de nuestras características son demasiado útiles para correr como para explicarlas solo por la caminata. Entre ellas están el tendón de Aquiles largo y los arcos plantares, que actúan como resortes y ayudan a recuperar energía; las extremidades inferiores alargadas, que optimizan la zancada, y un glúteo mayor muy desarrollado, que estabiliza el torso frente a las fuerzas del impacto. A esto se suma un sistema de refrigeración excepcional.
Muchos mamíferos superan al ser humano en el sprint, es decir, al correr a máxima velocidad durante un breve lapso. El guepardo alcanza los 120 kilómetros por hora y los perros más rápidos llegan a los 50. En cambio, la velocidad máxima de un atleta de primer orden en los 100 metros planos es de apenas 36 kilómetros por hora.
El sprint solo puede mantenerse durante poco tiempo: el esfuerzo eleva la temperatura corporal por encima de los 40 °C. Todos los animales, incluidos los humanos, dejan de correr al alcanzar esa temperatura; si persisten, pueden morir. El sistema de refrigeración humano, sin embargo, es muy eficiente: tenemos la piel desnuda, abundantes glándulas sudoríparas y una respiración desacoplada del paso. Así disipamos el calor metabólico y mantenemos ritmos aeróbicos sostenidos.

Por eso, en las carreras de resistencia los humanos superan a la mayoría de los mamíferos. Como señalan Bramble y Lieberman, nuestro organismo está adaptado para utilizar la energía con eficiencia, controlar la temperatura y mantener la estabilidad del cuerpo durante los complejos movimientos de la carrera.



Las pistas que encontraron los investigadores
En los años ochenta, David Carrier fue el primero en plantear que las carreras de resistencia podían haber influido en la evolución humana. Era maratonista y había estudiado en el laboratorio del biólogo evolutivo Dennis Bramble, que investigaba el aparato físico de distintos animales al correr, incluidos los seres humanos.
Una de las primeras observaciones de Carrier y Bramble fue nuestra capacidad para regular la temperatura corporal. Para cualquier animal, el sobrecalentamiento puede ser mortal. La mayoría de los mamíferos que corren mucho, como los perros salvajes, jadean y transpiran por la boca para enfriarse. Nosotros, en cambio, tenemos miles de glándulas sudoríparas repartidas por el cuerpo y carecemos de pelo corporal, dos rasgos que ayudan a regular la temperatura interna.
La forma en que los animales gestionan el calor durante el esfuerzo influye en su rendimiento. El jadeo tiene un inconveniente: interfiere con la respiración y reduce su eficiencia. Por eso, aunque muchos animales son extremadamente rápidos en distancias cortas, no destacan en las pruebas de resistencia.
En los humanos, la estrategia es distinta. Durante la carrera, el desacoplamiento entre la respiración y el paso contribuye a disipar el calor metabólico y permite mantener ritmos aeróbicos sostenidos. La sudoración abundante y la piel desnuda también ayudan a regular la temperatura corporal.
Bramble y Daniel Lieberman empezaron a trabajar juntos varios años después. Buscaban una característica clave en los fósiles de nuestros antepasados de hace millones de años: un tendón que ayuda a mantener la cabeza estable al correr. Lo tienen los buenos corredores entre los mamíferos, como los caballos, los perros y los conejos, además de los humanos.
Se llama ligamento nucal y, por suerte para el análisis de los fósiles, deja una marca en el hueso: una cresta delgada. Sin este ligamento, la movilidad del cuello podría hacer que la cabeza se moviese sin control durante la carrera. En los humanos, la estructura se extiende desde la base del cráneo hasta la séptima vértebra cervical y mantiene la cabeza alineada, lo que permite correr con la mirada al frente sin perder el equilibrio.
Bramble y Lieberman hallaron indicios de este ligamento en cráneos de algunos de los primeros integrantes del género Homo: Homo erectus, de hace unos dos millones de años. Identificaron unas 26 características que apuntan a que nuestro cuerpo evolucionó para correr. Presentaron sus hallazgos en un artículo ya famoso entre los paleoantropólogos, publicado en la revista Nature en 2004.

La caza de persistencia: agotar a las presas
¿Cómo ayudaban estos rasgos a la hora de cazar? Permitían mantener ritmos aeróbicos sostenidos y agotar a presas más rápidas, pero menos eficientes a la hora de regular su temperatura. Esta técnica se conoce como caza de persistencia.
Hoy casi no la utilizan los cazadores-recolectores, porque rara vez resulta más eficiente que disparar un arma desde lejos. Sin embargo, un estudio de Bruce Winterhalder y Eugène Morin mostró que era más común de lo que se pensaba, incluso entre cazadores-recolectores de tiempos históricos. El artículo se publicó en 2025.

En conversación con Muy Interesante, Daniel Lieberman explicó que «el estudio es una buena elaboración de la hipótesis propuesta por Carrier en 1986, y Bramble y Lieberman en 2004. Hicieron un trabajo superlativo en recolectar y analizar gran cantidad de evidencia etnográfica».
Eugène Morin, arqueólogo de la Universidad de Trent, en Canadá, señaló: «hallamos evidencia extensa de que este método era una forma común de obtención de presas a nivel global». Y añadió: «En algunas regiones, cobraba importancia estacional. Por ejemplo, en latitudes altas durante el invierno o durante el verano en latitudes bajas. En contextos de temperaturas frías pero sin nieve, probablemente no se practicaba con mucha frecuencia».
«En pocas palabras, la caza de persistencia consiste en perseguir a un animal hasta que está demasiado exhausto para seguir huyendo. La idea es provocar que el animal sufra un sobrecalentamiento al no permitirle tiempo suficiente para recuperar fuerzas y enfriarse. Los seres humanos sudamos copiosamente en comparación con otros animales y, como resultado, somos más eficientes a la hora de disipar el calor metabólico acumulado», explica Morin.
Para el arqueólogo, «el costo energético de correr no es alto para los humanos. Lo es para aquellas personas que corren rara vez. Los corredores habituales de larga distancia son sumamente eficientes. En comparación con la gran cantidad de calorías que se obtienen al abatir una pieza de caza mayor, la cantidad de calorías gastadas en la persecución es muy pequeña».
Una persecución de varias horas supone un gasto energético de entre 2000 y 3000 calorías. En cambio, la presa puede aportar entre 15 000 y 50 000 calorías, según el animal. Así, un grupo pequeño de cazadores podía proporcionar alimento para toda la comunidad.
Una persecución de varias horas supone un gasto energético de entre 2000 y 3000 calorías. En cambio, la presa puede aportar entre 15 000 y 50 000 calorías, según el animal.
¿Estamos desadaptados en la actualidad?
Al leer esto, un trabajador de oficina podría pensar que lleva un estilo de vida alejado del rumbo que la evolución marcó durante dos millones de años. Y tendría razón.

El sedentarismo se considera una pandemia silenciosa y un problema crítico de salud pública mundial. Sin embargo, como comentó Lieberman, estamos biológicamente predispuestos a evitar el esfuerzo innecesario. Aunque seamos máquinas de correr, el instinto nos lleva a ahorrar energía. El problema es que hoy vivimos en un entorno de abundancia, donde esa inclinación ya no es adaptativa, sino que puede resultar letal.
El sedentarismo aumenta el riesgo de mortalidad. Según datos de la OMS, se estima que el 31 % de los adultos del mundo —1800 millones de personas— no alcanza los niveles recomendados de actividad física. Al privar al cuerpo de la actividad constante para la que se adaptó durante millones de años, entramos en lo que Lieberman llama «desevolución» y aparecen problemas de salud relacionados con ese desajuste.
Entre ellos están la atrofia del sistema cardiovascular, la obesidad, la diabetes, la pérdida de densidad ósea por falta de impacto mecánico e incluso la reducción de la plasticidad cerebral.
En su último libro, de 2025, Lieberman recomienda que no hace falta imitar a los cazadores de hace millones de años para salir de ese desajuste evolutivo: basta con moverse más y mantenerse físicamente activo. La forma más efectiva, sostiene, es relacionar la actividad con algunas de las razones por las que nos movíamos hace miles de años: «que sea divertido, social y necesario».
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