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Sunday, October 18, 2026

La banda de los perejiles: un relato de Jaime Bayly

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A las diez de la mañana, hora funesta, salía el vuelo a Montevideo con escala en Panamá. Debía estar en el aeropuerto a las ocho de la mañana. Cuando por desgracia me veo obligado a saltar de la cama tan temprano, elijo no dormir y prolongo la noche leyendo o escribiendo. Normalmente me duermo a las tres o cuatro de la mañana. No tiene sentido para mí dormir apenas tres horas y correr al aeropuerto con el tráfico previsible de la mañana. Elijo llegar exhausto al avión y dormir a duras penas durante el vuelo. Me encontraba tan cansado cuando despegó el avión que no tardé en dormir. La azafata me despertó y me dijo que mis vecinos de cabina se quejaban porque yo roncaba como un oso. No me dejé intimidar. Seguí roncando. No lo hacía para mortificar a nadie. A mi edad, cuando duermo, ronco como un oso.

Llegando al aeropuerto de Panamá, nos revisaron los bultos como si fuésemos una tropa enemiga, invasora. Luego tuve que esperar un par de horas para tomar el vuelo a Montevideo. Quería seguir durmiendo. No era posible. Me senté en la puerta de embarque y aguanté como un náufrago. Había tomado muchas pastillas y el cuerpo me pedía dormir más. Bostezaba, cabeceaba, respiraba con aspereza, roncaba despierto con estertores secos. Apenas abordamos la aeronave que nos llevaría a Montevideo, me hundí en el asiento, cubrí mi rostro con una chalina de seda y, antes de que despegara el avión, ya me había dormido. Lo bueno de vivir sedado es que consigo escapar sin demasiado esfuerzo de las grisuras y espesuras de la vida misma. Lo malo es que podría morir de una sobredosis en cualquier momento. Estoy dispuesto a correr el riesgo.

El vuelo hasta Montevideo duró poco más de siete horas. Dormí cuatro. Luego encendí la computadora y me puse a trabajar. Estoy corrigiendo un libro de relatos. Quisiera publicarlo el próximo año. El problema es que mis editores españoles no me acompañan en ese atropellado entusiasmo. No me lo dicen, o no todavía, pero creo que prefieren no publicarme esos cuentos. Si es así, si declinan, si se abstienen, ¿debería buscar otros editores? No lo sé. No me gustaría cambiar de casa editorial. Por lealtad y gratitud, quisiera continuar publicando en el mismo sello que ha publicado con bastante éxito mis dos últimas novelas. De momento solo tengo editor para los cuentos en Lima. Si mi editorial española pasa de esos relatos breves, ¿debería publicarlos solamente en el Perú, y olvidarme de que, por suerte, tengo lectores en otros países? No lo sé. No lo veo con claridad. Como de costumbre, me asaltan las dudas. Mientras tanto, trabajo arduamente en el libro, persiguiendo el ideal esquivo de la belleza. Solo he publicado un libro de relatos. Salió con Alfaguara, antes de la pandemia, y se tituló “Yo soy una señora”. Son cuentos en clave de humor, narrados por alocadas voces femeninas. Me alejé con pena de Alfaguara hace unos años porque no se animaron a publicar mi novela “Los genios”. No sé si la novela les pareció poca cosa o si no querían incomodar a Vargas Llosa. Tuve que buscarme otra editorial. No fue fácil encontrarla. Planeta también pasó de esa novela, lo mismo que Anagrama. Extraño los tiempos en que publicaba en Anagrama. Publiqué tres novelas en ese sello. Confirmé que Herralde, el editor, era un crack. Me entristeció que no quisiera publicarme “Los genios”. Al menos leyó el manuscrito y me dijo que le había gustado. No debí dejar Anagrama para irme a Planeta. Fue un grueso error de cálculo. Salté a Planeta por dinero, siguiendo las instrucciones de la agencia literaria Balcells. Ahora no tengo agente, casi mejor así.

En Planeta la suerte me fue esquiva. No tengo un buen recuerdo de aquellos años. El problema era que pagaban anticipos demasiado elevados y luego no recuperaban ese dinero. Por eso sospecho que perdían plata conmigo, aunque tuvieron la delicadeza de no decírmelo. Es decir que mis libros con Planeta se vendían bien, pero quizás no tanto como ellos habían previsto. Desde entonces aprendí que lo mejor es no cobrar anticipos a la editorial. Eso asegura que nadie pierde. Si me adelantan mucho dinero, calculando que venderán cien mil ejemplares, y luego venden veinte mil, me verán como un fracaso, un escritor del que deberían prescindir. En cambio, si no me pagan anticipo, y luego venden veinte mil copias, todos estaremos contentos, nadie pensará que dio un paso en falso. Me va mejor así. Me fue bastante bien con Alfaguara y mucho mejor con Galaxia Gutenberg, que publicó mis dos últimas novelas, sin adelantarme dinero. Mi editor español vendió más de cuarenta mil ejemplares de la novela “Los genios”. Me pagó cuantiosas regalías. Todos ganamos. Mi editor peruano vendió más de treinta mil libros solo en ese país. Gané un dinero nada desdeñable porque cobré como autor y coeditor. Todos ganamos. Curiosamente, me va mucho mejor sin agente literario y en editoriales independientes, como Galaxia Gutenberg y Revuelta, relativamente pequeñas por comparación con Alfaguara y Planeta.

Cuando era autor de Alfaguara, una travesía que duró doce años y me concedió la dicha de publicar cuatro novelas y un libro de cuentos, postulé no una, sino varias veces al premio Alfaguara. Perdí año tras año. Perdí tantas veces que ya no sé si debería publicar esa novela, titulada “La sagrada familia”. Siento que tantos jurados la han leído que, en cierto modo, la novela ya ha salido, ha sido aireada. Pero no: debo publicarla. Lo haré en dos o tres años. Hubiera sido glorioso ganar el premio Alfaguara. Soñaba con alcanzar ese reconocimiento porque hace muchos años gané el premio Herralde con “La noche es virgen” y después quedé segundo en el Planeta con “Y de repente, un ángel”. Por lo visto, no estaba en mi destino ganar el Alfaguara. Sin embargo, terco, porfiado, testarudo, a veces todavía dudo: ¿qué pierdo presentando la novela un año más? No pierdo nada. O pierdo el honor y la dignidad, que de todos modos ya están perdidos.

Llegando a Montevideo, el aeropuerto estaba vacío. No me tomó más de diez minutos pasar los controles. Al llevar pasaporte de Estados Unidos, solo tuve que escanear el documento en una máquina y dejarme fotografiar. Salí de inmediato. Subí al primer taxi de la fila. El conductor uruguayo me reconoció. No me reconoció como escritor, qué ocurrencia, me identificó como periodista de televisión. El trayecto hasta el hotel en el barrio noble de Carrasco fue breve. Hacía frío. Corría un viento pérfido. En el hotel señorial, un edificio antiguo, que mira al río de la Plata, el recepcionista me asignó una suite mejor de la que yo había reservado, en premio por ser un huésped leal. Me encanta venir a Montevideo y manejar a Punta del Este. Sin embargo, ahora todavía hace mucho frío y llueve con frecuencia.

Mi presentación en la feria del libro, sala roja, intendencia de la ciudad, reunió a doscientos lectores amables y entusiastas. Mientras yo entraba en la sala, una mujer joven, que salía del acto anterior, me dijo: Tanta gente para ver a un facho de mierda. Le sonreí. Luego me enteré de que algunos de mis lectores habían asistido a la presentación anterior para asegurarse buenos lugares en la misma sala: cuando ese evento concluyó, permanecieron en sus asientos. Hablé una hora. Creo que no los aburrí. A veces se rieron conmigo. Al salir, estuve un par de horas firmando ejemplares y haciéndome fotos. Un lector me dijo: su charla fue una sesión de hipnosis. Menudo piropo. Muchos me preguntaron cuándo publicaré “La sagrada familia”. No pocos me pidieron que escribiera una novela sobre el expresidente Alan García, que se quitó la vida. También conocí a los miembros de “la banda de los perejiles”. Son personas de escasos recursos, que usan los baños de la feria para asearse, asisten a los actos culturales para servirse cafés o comer sanguches de cortesía, y a veces piden una propina a los autores más populares. Por supuesto, traté con afecto y compasión a todos los perejiles entrometidos que me pidieron una donación, deslizándoles un billete verde.

Después, ya tarde, la feria cerrada, mis queridos amigos de la Cámara del Libro, Álvaro Risso y su esposa Andrea, y Melina Regalini y su novio Ignacio, me invitaron a cenar. Hacía un frío endemoniado. Preferí no caminar. Subí al auto que me esperaba. El restaurante me pareció exquisito. Comí un lomo con puré de papas y me volvió el alma al cuerpo. Estaba tan agotado como contento. Mi presentación en la feria no había fracasado. Improbablemente, algunos uruguayos me quieren, o empiezan a quererme. Volveré pronto, con libro de relatos o sin él.

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