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Monday, September 28, 2026

El liberalismo, ¿proviene de Dios?

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El 27 de agosto, cuando el presidente Javier Milei habló ante alumnos del Colegio ORT, repitió el discurso que había desarrollado el 26 de junio en la Universidad CEU San Pablo, en Madrid. No leyó en ninguno de los dos casos, lo que permite inferir que son ideas que tiene muy internalizadas. Formuló una encendida defensa del iusnaturalismo: si la ley no coincide con el “derecho natural” no debe aplicarse. Pero ¿dónde detectar ese “derecho natural”? La democracia es el dispositivo que los hombres inventaron ante la imposibilidad de acceder a esa supuesta legislación sagrada. En definitiva, la democracia es un recuento estadístico de preferencias morales como forma ortopédica de consensuar los valores predominantes en la sociedad.

Pero Milei descree de esta solución democrática y humana: sostuvo en ambas conferencias que para él sí existe un cartabón celestial verificable. En una suerte de doble salto mortal, sostiene que esa tabla son los valores judeocristianos y que ya están escritos en el libro del éxodo en la versión hebrea (Shemot). Más: sostiene que de ahí saldría el capitalismo de libre empresa como postulado inapelable y hegemónico. Ahora bien, ¿cuál sería el sentido de llamar a elecciones si la verdad ya está grabada sobre piedra? ¿Para qué serviría la democracia si votar algo distinto de lo que surge de esas tablas sería una fatal equivocación, un herejía?

Me permitiré disentir con esta visión que mezcla política, economía y creencias religiosas, acercándose peligrosamente a la teocracia. Por empezar, la propia iglesia desalienta esta identificación con el liberalismo. En la encíclica Octogésima adveniens, Pablo VI señaló: “En su raíz, el liberalismo filosófico es una afirmación errónea de la autonomía del individuo”. No hacía sino recoger una tradición de críticas que quedaron plasmadas en sucesivas encíclicas de Gregorio XVI, Pío IX y Pío X. Es la idea de que Dios tiene un plan para el hombre y ese plan no puede ser torcido al dejarlo en manos de decisiones individuales o del mercado. En una palabra: salirse de ahí es ofender a Dios.

Por eso, en las antípodas del liberalismo, hay un modelo de religión revolucionaria y un anticapitalismo romántico que originalmente está presente en Kierkegaard y, ya en el siglo XX temprano, encontró su anclaje en notables intelectuales: el joven Georg Lukács, Ernst Bloch, Siegfried Kracauer y Walter Benjamin. Coincidieron en una combinación de religiosidad mística y profetismo con la utopía mesiánica de una revolución social. En sus escritos, especialmente en los últimos tres autores porque el primero fue más vacilante, había una crítica al mundo contemporáneo y un intento de imbricar marxismo y judeocristianismo, política y religión (lo mismo que hizo entre nosotros Alejandro “El Gallego” Álvarez, factótum de Guardia de Hierro). El ensamble sinfónico de la tradición bíblica, el romanticismo alemán, las utopías comunitaristas, el pesimismo cultural y la crítica a la sociedad burguesa desembocaron así en un mesianismo irracionalista y redentorista de la historia. Consecuentemente con ello rechazaban la idea socialdemócrata del progreso evolutivo y achacaban a la sociedad capitalista un tinte superficial.

Javier Milei ante alumnos de 4.º y 5.º año de la escuela secundaria del Colegio ORTPresidencia

Este modelo decantó en América Latina de un modo heterodoxo, no tanto por el lado del marxismo cuanto por la vertiente populista. Si bien la teología de la liberación latinoamericana articulaba marxismo y teología e incluso algunos teóricos, como Leonardo Boff, tenían su fuente en los autores citados de principios de siglo XX, los neopopulismos que abrevaron en aquellas ideas estaban más cercanos al fascismo de santería que al marxismo. Hugo Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega, con diversos matices sincréticos, son prueba de ello. El anticapitalismo romántico vinculado a la religión tuvo gran influjo en algunos intelectuales populistas argentinos, de lo que dan cuenta la revista El ojo mocho y la agrupación kirchnerista Carta Abierta, ambas bajo el ascendiente del ensayista gótico Horacio González. Por eso no es extraño que uno de los fundadores de esa agrupación fuera Nicolás Casullo, que había sido formado por pastores metodistas y exhortaba a sus alumnos de la universidad pública a leer la Biblia más que los textos filosóficos. Lo que es indudable es que tanto esta vertiente intelectual del populismo como la corriente europea y posestructuralista de Ernesto Laclau están emparentadas en las críticas rotundas a la democracia liberal, prefiriendo los liderazgos carismáticos e intervencionistas.

Esta peripecia del siglo XXI, que vincula populismo con iglesia, no es más que un afluente de lo que fue el peronismo a mitad del siglo XX. Un menú de vocablos usados por Perón y Evita (antiimperialismo, oligarquía, cipayismo) le llegó a través de una generación de nacionalistas católicos. El golpe del 4 de junio de 1943 con el que nace el peronismo fue apoyado por la iglesia católica. En 1945 una pastoral firmada por el cardenal Copello prohibía a los católicos votar por la Unión Democrática, dado que propiciaba el laicismo en la enseñanza y el divorcio legal. Perón se escudó durante su gobierno en la doctrina social de la iglesia y en las encíclicas papales, alentando un capitalismo supuestamente humanizado y denostando lo que él llamaba “el demoliberalismo”. No por nada nombró en la Corte Suprema a Tomás Casares y puso al frente de la reforma constitucional a Arturo Sampay, dos fervientes católicos. No olvidemos que el cura Virgilio Filippo, confesor de Evita, era diputado peronista. Fue una época en que la educación, la policía y la censura estaban controladas por la iglesia.

Pero la iglesia y los nacionalistas católicos advirtieron pronto que Perón los estaba usando para disfrazar un fascismo suave y que, por eso mismo, los iba dejando de lado. Dos zonas de fricción fueron los sindicatos –que a diferencia de los franquistas aquí se organizaron como seculares– y la educación pública. Se dieron cuenta de que Perón, más que cristianizar el peronismo, pretendía peronizar la iglesia: la apropiación de la Virgen de Luján como ícono populista fue un síntoma. A todo ello se sumó el disgusto del clero y los nacionalistas católicos a raíz de cierta torsión “liberal” de la economía –a contrapelo de lo que propugnaba la doctrina social–, a partir de la designación de Alfredo Gómez Morales como ministro del área. Hasta Leopoldo Marechal, un escritor peronista católico, fue segregado. Esta deriva terminó en la crisis de la quema de iglesias y la excomunión de Perón. Paradójicamente, los mismos que lo habían ayudado a subir al poder contribuyeron a su caída, a punto tal que en la breve presidencia del general Lonardi el gabinete estaba lleno de nacionalistas católicos.

Todo esto no impidió que años después un conjunto de curas, como el padre Carlos Mugica, tuviera cierta influencia en la formación del grupo Montoneros, un catolicismo filoperonista y redentorista. Si algún sello inequívoco tenían esos curas y ese grupo era el de antiliberales. Simultáneamente el papa, por la intermediación de personajes de la política y el poder, le levantó la excomunión a Perón, que estaba en el exilio. En 1973 la iglesia volvió a hacer un guiño a Perón, lo que nos condujo a un paroxismo de desorden y a la contraofensiva feroz de una derecha encarnada en la dictadura militar que, casualmente, también se reivindicaba como católica. Es asombroso cómo pasamos en este viaje del mesianismo judeo-marxista de Walter Benjamin al peronismo, al antiperonismo, al montonerismo, al videlismo y, por fin, a la iglesia antimarxista y proempresa de Milei. Tanta plasticidad da para desconfiar. En definitiva, adjudicar una fuente divina al liberalismo es un dislate antidemocrático sin ningún fundamento filosófico, pero le cae como anillo al dedo al súbito giro nacionalista que acaba de adoptar el Gobierno. Se encienden las alarmas.

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