Carlos II, el último Habsburgo de España, reinó en una época convulsa y murió sin descendencia
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El último de los Habsburgo que reinó en España vivió una época convulsa y murió sin dejar descendencia. Influido por su madre, la reina viuda Mariana de Austria, y por sus dos esposas, Carlos II cargó con el apodo de «hechizado», creado por sus enemigos para desacreditarlo a él y a su reinado.
La regencia de Mariana de Austria
Felipe IV nombró a su esposa, Mariana de Austria, gobernadora del reino hasta que su hijo, el príncipe Carlos, cumpliera 14 años. La acompañarían los presidentes de los Consejos de Castilla y de Aragón, el arzobispo de Toledo, el Inquisidor General, el presidente del Consejo de Estado y un representante de los Grandes de España.
A la muerte del rey ocupaban esos cargos don García de Haro Sotomayor y Guzmán, conde consorte de Castrillo, conocido por su comportamiento corrupto en Nápoles; don Cristóbal Crespí de Valldaura, de la nobleza media valenciana, descrito como un hombre de pocas luces, aunque honrado; y don Gaspar de Bracamonte, conde consorte de Peñaranda, hábil diplomático.
También formaban parte de la Junta don Guillén Ramón de Moncada, marqués de Aytona, Grande de España de forma temporal, aunque consiguió convertir esa condición en hereditaria, y Pascual Folch de Cardona y Blasco de Loyola.
La Junta debía impedir que un valido manejase a la reina viuda. Mariana desconocía el funcionamiento de la corte y a los nobles que la rodeaban; además, recibía la información filtrada por su confesor, el padre Juan Everardo Nithard, que la acompañaba desde su llegada a España.

La Junta de Regencia se constituyó tras la muerte de Felipe IV, en 1665. Cuando falleció Pascual Folch de Cardona y Blasco de Loyola, en 1670, el cargo de Inquisidor General quedó vacante y Mariana nombró para ocuparlo a su confesor. Nithard, como la reina, carecía de experiencia política y, aunque no era ambicioso, se ganó enemigos en la corte. Influyeron en ello su ascendiente sobre Mariana, su pertenencia a la Compañía de Jesús y su condición de extranjero.
Juan José de Austria, el rey que no fue
Hijo de Felipe IV y de la actriz María Calderón, la Calderona, Juan José de Austria nació en Madrid en 1629. Su padre lo reconoció cuando tenía 13 años. Sin derecho al trono, se dedicó a la carrera militar y, en 1647, fue nombrado almirante de las flotas de la monarquía. Se le entregó el mando de la que partiría hacia Nápoles.
Fue virrey de Nápoles y Sicilia y gobernador de los Países Bajos en 1656. También ocupó un asiento en el Consejo de Estado. En 1652 consiguió la pacificación de Cataluña y participó en la campaña de Portugal entre 1661 y 1664.
Durante esos años se ganó el aprecio del pueblo, especialmente en Aragón. Pero, al morir Felipe IV, la regente lo apartó de la corte por temor a que compitiese con su hijo Carlos por el trono.
Juan José sentía además una gran antipatía hacia el padre Nithard, quien sufrió dos atentados contra su vida, al parecer instigados por él y por el partido aristocrático. Ante las acusaciones, el bastardo regio se retiró a Aragón, mientras en Madrid comenzaba una campaña difamatoria contra el jesuita austríaco y los Grandes presionaban a la Junta para expulsarlo de España.

Juan José marchó sobre Madrid al frente de una tropa reunida en Aragón. En 1669, Mariana accedió a que su confesor abandonara España.
Valenzuela, el «duende de palacio»
A pesar del funcionamiento regular de la Junta de Regencia, la reina viuda siguió buscando apoyos hasta dar con Fernando de Valenzuela, un cortesano cuyos discretos manejos le valieron el sobrenombre de «duende de palacio».
Valenzuela llegó de Nápoles a la corte en 1661, tras casarse con una dama de la reina. Mariana lo nombró palafrenero real, caballero de la Orden de Santiago en 1671 y marqués de Villasierra en 1675.
En 1676 fue nombrado Grande de España y primer ministro. Fue el primer valido que recibió este nombramiento, lo que provocó la llamada «revuelta de los Grandes». Con el apoyo de la nobleza, Juan José de Austria volvió a Madrid con 15 000 hombres.
Con el apoyo de la nobleza, Juan José de Austria volvió a Madrid con 15 000 hombres.
Dejando de lado a la regente y a su valido, ofreció sus servicios a su hermanastro, que ocupaba el trono desde 1675. La reina madre abandonó la corte y fijó su residencia en el Alcázar de Toledo. Valenzuela perdió sus títulos y bienes y fue desterrado a Filipinas, donde murió en 1692.



Tras Valenzuela ocuparon el cargo el duque de Medinaceli y el conde de Oropesa. Sin embargo, algunos autores consideran que el fenómeno del valimiento desapareció en España con Valenzuela: no volvió a repetirse y el perfil del personaje estaba muy alejado del de un duque de Lerma, valido de Felipe III, o del conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV.
Las mujeres de Carlos II
Además de su madre, en la vida del monarca tuvieron relevancia sus dos esposas: la francesa María Luisa de Orleans y la austríaca Mariana de Neoburgo. Carlos se casó con la primera, sobrina de Luis XIV, en 1679, y la amó tiernamente.
María Luisa murió en 1689 sin dejar hijos, por lo que fue necesario concertar un nuevo matrimonio. Ese mismo año se casó con Mariana de Neoburgo, elegida por la alta fertilidad de su familia —su madre tuvo veintitrés hijos— y porque su hermana estaba casada con el emperador Leopoldo I. Así se reforzarían los lazos con la rama austríaca de los Habsburgo.

Consciente de que tampoco tendría hijos, Mariana quiso intervenir en el gobierno y organizó el partido austracista en la corte, anticipando el conflicto sucesorio. Su candidato para gobernar tras la muerte del rey era el archiduque Carlos de Austria, pero Carlos II, influido por su madre, nombró sucesor en 1696 al niño José Fernando de Baviera.
Mariana se mantuvo partidaria del archiduque durante la posterior Guerra de Sucesión. Falleció en Guadalajara a los 73 años.
Un reinado marcado por la crisis
La regencia de Mariana de Austria acabó en 1675, cuando su hijo alcanzó la mayoría de edad. Dos años después, Juan José de Austria marchó sobre Madrid y regresó a la corte para ayudar a gobernar a su hermanastro. La reina viuda tuvo que retirarse al Alcázar de Toledo.
Los dos hijos de Felipe IV iniciaron una reforma administrativa para corregir el mal gobierno de Valenzuela, lo que generó muchas esperanzas.

Pero en 1677 hubo malas cosechas y un brote de peste en Valencia y Andalucía. Además, no llegaban barcos de América y Francia había emprendido en 1672 la guerra de Holanda, que afectaba a las posesiones españolas en los Países Bajos. En 1678 se declaró una bancarrota parcial.
A pesar de algunos logros, Juan José no pudo terminar con la grave crisis. No tuvo tiempo: enfermó en 1679, tal vez por envenenamiento, y murió el 17 de septiembre de ese año.
Los grupos de poder establecidos en la corte impusieron al rey sus candidatos para reflotar la economía. Nombrado primer ministro en 1680, Juan Francisco Tomás de la Cerda Enríquez, duque de Medinaceli, intentó continuar las reformas de Juan José: revitalizar el comercio con América y poner en práctica planes de reforma monetaria que, a la larga, fueron muy importantes para la estabilidad económica.
La pérdida de Luxemburgo en un nuevo conflicto con Luis XIV provocó la destitución del duque en 1685, antes de que pudiera llevar sus planes a término. Lo sustituyó Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, conde de Oropesa, quien prosiguió la política económica de Medinaceli.
Joven, enérgico y sensato, Oropesa revisó la Hacienda, impidió los abusos en el estamento eclesiástico —falsas vocaciones cuyo único propósito era evitar el pago de impuestos— e investigó la situación económica del Santo Oficio. También inspeccionó al ejército y revisó las casas reales.

Consiguió reducir notablemente el gasto, pero se ganó la antipatía del alto clero y de parte del ejército. La oposición a sus medidas creció a pesar de su eficacia y, en 1691, el rey lo retiró de su cargo, a su pesar.
Por qué llamaban «el hechizado» a Carlos II
Muchos creían que la mala salud, el retraso mental y la impotencia atribuidos a Carlos II eran resultado de un hechizo o encantamiento. Según el emperador Leopoldo I, el rey de España estaba endemoniado y por eso no podía tener hijos.
Algunos culparon del supuesto hechizo al rey de Francia, Luis XIV, o al propio Leopoldo de Austria, pues ambos pretendían el trono español. En 1698 llevaron a cabo un pacto de repartición del Imperio español, una iniciativa que había comenzado décadas atrás. El «hechizo» solo fue un instrumento para desacreditar al rey y a sus colaboradores y salirse con la suya.
El «hechizo» solo fue un instrumento para desacreditar al rey y a sus colaboradores y salirse con la suya.
En 1700, Carlos II redactó su tercer y último testamento. Nombró sucesor a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, con la condición de que renunciase a sus derechos a la corona de Francia.
El rey murió el 1 de noviembre de ese año, dando inicio a uno de los periodos más convulsos de la historia de España. Con su muerte, los Habsburgo desaparecieron de nuestro país tras casi doscientos años de dominio del mundo conocido.
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