La Argentina y el viejo dilema entre gestión y ética
Javier Milei llegó al sillón de Rivadavia con dos mandatos: acabar con el descalabro económico y acabar con la corrupción en el poder político. La expectativa de los votantes era alta, pero también podían tener cierta paciencia, porque el derrumbe de la producción y la alteración de variables monetarias y fiscales eran de tal magnitud que nadie podía esperar una corrección en poco tiempo y sin costos duros para la sociedad. Por otro lado, el asalto al Estado había sido de una intensidad y expansión tan obscenas que dejaron raíces corruptivas con vida propia. Ese mal no se extirpa en el corto plazo.
El riesgo político que Milei y los suyos sufrieron antes de las elecciones de octubre de 2025 estuvo vinculado a fallas en el proceso de mejora económica y a casos de sospechas firmes de corrupción, relacionadas con medicamentos para discapacitados y el escándalo de la criptomoneda $LIBRA. Aquello fue sorteado con éxito, tras el extraordinario apoyo de Trump, pero meses después, el gobierno libertario enfrentó nuevas complicaciones en la economía, mientras persiste el caso judicial de la criptomoneda. Además, el exjefe de Gabinete Manuel Adorni expuso al Gobierno, y en especial a Milei, al ridículo por avivadas en el poder, lo que no se ha cerrado aún en tribunales.
Los casos de corrupción se han “llevado puestos” a gobiernos y a partidos políticos tanto en los años 90, como ocurrió con algunas administraciones liberales (Brasil, Perú, México, Venezuela), como en la “ola progresista” del siglo XXI (Ecuador, Bolivia, Brasil, la Argentina, Venezuela). El tiempo pasa y la vara para medir la ética de gobernantes no es siempre la misma. La imperiosa necesidad de conseguir mejoras en la situación económica y en la seguridad pública muestra en ciudadanos de distintos países una inclinación a “mirar para el costado” en cuanto a desvíos de la ética, o directamente corrupción, así como en materia de garantía de los derechos cívicos.
No queda claro hasta dónde están dispuestos los argentinos a mirar para el costado en cuestiones de ética durante un gobierno, para dar tiempo al cumplimiento de la mejora económica en un país que ha vivido un sufrimiento encadenado de crisis. Es el viejo mecanismo que lleva a aceptar que, si para salir de la anemia económica hay que tolerar “un poco” de “avivadas”, entonces habrá que mirar para otro lado. Pasa a veces en el terreno de la seguridad: si hay que tolerar la pérdida de garantías individuales para lograr una represión exitosa del delito, gran parte de la opinión pública puede considerar que no hay que ser tan severos en el cumplimiento de la Constitución y de la ley.
Hay una expresión de los años 50 sobre un dirigente político brasileño al que se lo reconocía como corrupto, pero como un gran hacedor de obras en beneficio del pueblo. “Roba, pero hace” (Rouba mas faz) ha sido la consigna que se ha transmitido por décadas, aunque deformada de su origen, y que ilustra sobre la cuestión ética de un gobernante y su eficacia en la gestión. En Brasil, la campaña electoral de 1954 para gobernador de San Pablo tuvo dos símbolos especiales: una cajita y una escoba. Jânio da Silva Quadros (1917-1992), que ganó aquella elección para gobernador y luego para presidente de Brasil, llevaba a los actos una escoba para mostrar cómo iba a barrer la corrupción. Su gente también llevaba escobas y las mostraba mientras sonaba el jingle de campaña: “Varre, varre, vassourinha, varre a corrupção”.
Los caricaturistas dibujaban al otro candidato fuerte, Adhemar Pereira de Barros (1901-1969), con una cajita llena de billetes, para insinuar que financiaba su campaña con dinero obtenido en abusos de poder en su intendencia. De la “Caixinha di Adhemar” se caían los cruzeiros sin vergüenza alguna. “En la política como en la guerra vale todo”, expresaba el título de otra caricatura de la época hecha por el ilustrador Nássara. Fue en 1954 cuando surgió una expresión que tuvo proyección en el tiempo: “roba pero hace”, como una justificación a los desvíos de poder, siempre que fueran en una gestión de obras para agradar al pueblo.
El “roba pero hace” se lo adjudican a Adhemar, aunque fue una jugada de sus rivales. De Barros se exponía como un gobernante que había hecho grandes obras, y desde la oposición le reprochaban su ética. El periodista Paulo Duarte recomendó a Jânio Quadros poner el acento en lo ético, y en un mitin político, el candidato a vice José Porfírio da Paz (1903-1983) fue el que lanzó la imagen: “Hasta los aliados de nuestro adversario admiten que para hacer [obras] él tiene que gorronear, tiene que robar”. La provocación despertó la reacción de militantes adhemaristas en otro acto y la respuesta de algún activista fue: “Adhemar rouba mas faz” (“Adhemar roba, pero hace”). Eso centró la competencia, y la escoba le ganó a la cajita por 18.000 votos.
La imagen reflejaba valores que, combinados, dan cuatro expresiones: honestidad o inmoralidad, y eficacia o ineptitud. ¿Cómo combinarlas? Un cruce da la opción de “vivir bien” con un gobierno es eficaz, pero haciendo la “vista gorda” a la falta de ética en las autoridades (tolerar un gobierno que “roba pero hace”). Otro cruce surge de privilegiar la honestidad de las autoridades, aunque estas no generen condiciones para la buena vida (un gobierno que “no roba, pero no hace”). La mejor fórmula es la unión de los dos factores positivos, con un gobierno honesto y eficiente (“no roba y hace”). Y lo peor es con autoridades corrompidas y de mala gestión (roba y no hace).
La historia de la era posterior a la dictadura trae ejemplos en la Argentina según la época: en la presidencia de Carlos Menem (1989-1999), los argentinos vivieron una época de “pizza con champagne”, con una economía de consumo alto, y la ilusión del “uno a uno” del peso argentino con el dólar. La bonanza derivó en una especie de “vista gorda” sobre los abusos de poder (roba, pero hace), aunque cuando comenzó la recesión y eso imponía restricciones a los hogares, el dedo acusador apuntó al gobierno (roba y no hace).
La oposición de la Unión Cívica Radical (UCR) se unió a la centroizquierda del Frepaso en aquella “Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación”, más conocida como “la Alianza”, y ganó en 1999 con Fernando de la Rúa, con un mandato doble: recuperar la ética y recuperar la economía (competitividad y crecimiento). Pero al poco tiempo, la ineficacia de aquella coalición perdió la aprobación de los argentinos, porque vieron que la ética no era suficiente: “No roba, pero no hace”. Por otra parte, el gobierno terminó embarrado en un episodio de acusaciones por la compra de votos en el Senado.
Con la ética manchada, la recesión extendida y la crisis financiera posterior, aquel gobierno finalizó su período antes de lo estipulado, azuzado por la consigna “que se vayan todos”. Ese es el peor escenario posible: la desconfianza generalizada. ¿Cuál es el desafío del presidente actual? Milei precisa mostrar que la normalización de la economía se produce con un plan que afirma resultados, que podrá ser gradual, pero que está bien encaminado. La gente podrá entonces permitirse cierta tolerancia respecto de algunas cuestiones vinculadas con la ética, pero el Gobierno no puede descuidar ese aspecto, y es necesario que dé señales de que la lucha contra “la casta” (o dicho de otra forma, los privilegios y abusos) iba en serio.
En suma, el Presidente deberá convencer de que sí hace, y que no se dobla en la ética. Eso lo precisa Milei y también lo precisa la Argentina.
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