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Wednesday, September 16, 2026

De 1959 a una app que analiza cómo conduces: esta marca transforma casi 70 años de seguridad en sensores, datos y software para intentar anticiparse a los accidentes

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Volvo Safety Coach representa un cambio profundo en la seguridad del automóvil. Desde el cinturón de tres puntos de 1959 hasta sensores, software y datos de conducción, la protección pasa de actuar durante el accidente a intentar anticiparse al riesgo.

Volvo Safety Coach: así analiza cómo conduces
Volvo Safety Coach: así analiza cómo conduces

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Safety Coach es una de esas ideas que muestran hasta qué punto ha cambiado la seguridad del automóvil. Volvo quiere utilizar datos sobre aceleraciones, frenadas y curvas para ayudar al conductor a desarrollar hábitos más seguros. Parece muy distinto del cinturón de seguridad, pero en realidad forma parte de la misma historia: intentar reducir las consecuencias de nuestros errores y, cada vez más, evitar que lleguen a convertirse en un accidente.

En 1959, el ingeniero Nils Bohlin desarrolló para Volvo el cinturón de seguridad de tres puntos en la forma que hoy reconocemos. La compañía decidió compartir la patente para facilitar su extensión a otros vehículos. Volvo calcula que aquella decisión ha contribuido a salvar más de un millón de vidas. Hoy seguimos abrochándonos una evolución directa de aquella idea cada vez que subimos al coche. Desde entonces, la seguridad ha ido cambiando de enfoque.

Los vehículos modernos observan ángulos muertos, vigilan peatones, pueden frenar automáticamente y utilizan sensores capaces de interpretar lo que sucede alrededor. Safety Coach añade ahora otro elemento: el propio comportamiento del conductor.

La aplicación ofrece consejos a partir de situaciones cotidianas y genera una puntuación personal que puede evolucionar con el tiempo. En Suecia y Noruega, además, los usuarios podrán decidir si comparten esos datos para acceder a determinadas condiciones de seguro.

Resulta curioso comparar ambos extremos de la historia. Hemos pasado de una pieza mecánica que nos mantiene sujetos durante una colisión a un algoritmo que intenta detectar hábitos capaces de aumentar el riesgo antes de que ocurra nada. Entre una cosa y otra hay casi setenta años de cinturones, protección infantil, airbags, sensores, frenado automático y millones de kilómetros de información sobre accidentes reales. Y esa evolución permite entender bastante bien cómo ha cambiado nuestra idea de lo que significa conducir un coche seguro.

El cinturón que terminó dentro de casi todos los coches

El cinturón de tres puntos parece tan evidente hoy que cuesta imaginar una época sin él. Su diseño reparte las fuerzas de un impacto entre el pecho y la pelvis, zonas capaces de soportarlas mejor que otras partes del cuerpo. Nils Bohlin lo desarrolló en Volvo en 1959 y la compañía permitió que otros fabricantes utilizaran la solución. Aquella decisión ayudó a convertirlo en un elemento universal. La historia del cinturón de seguridad de tres puntos recuerda hasta qué punto un mecanismo aparentemente sencillo terminó modificando la seguridad vial durante generaciones.

Compartir una idea también puede ser una innovación

Normalmente imaginamos una patente como una manera de impedir que otros copien un invento. Con el cinturón ocurrió algo bastante distinto. Volvo optó por facilitar su utilización porque entendía que su beneficio aumentaba cuanto más se extendiera. La propia compañía estima que el sistema ha ayudado a salvar más de un millón de vidas. Lo interesante no es solo la cifra. También lo es la filosofía que hay detrás: una innovación de seguridad puede tener mucho más impacto cuando deja de ser una ventaja exclusiva de un producto y termina formando parte de nuestra vida cotidiana.

Los niños obligaron a pensar los accidentes de otra manera

Un adulto y un niño no reaccionan igual dentro de un coche durante una colisión. Parece evidente, pero trasladar esa idea al diseño llevó años de investigación. En 1972, Volvo introdujo un asiento infantil orientado en sentido contrario a la marcha, inspirándose en cómo se protege el cuerpo frente a una desaceleración fuerte. Esa posición permite repartir mejor las fuerzas sobre la espalda y la cabeza del niño. La seguridad empezó así a alejarse de una idea muy básica —proteger un cuerpo estándar— para asumir algo mucho más realista: dentro de un automóvil viajan personas de tamaños, edades y anatomías muy diferentes.

Después llegó el problema de los golpes laterales

Un choque frontal deja bastante espacio delante del ocupante para colocar estructuras deformables. En un impacto lateral, en cambio, la puerta está mucho más cerca del cuerpo. Volvo introdujo en 1994 un airbag destinado específicamente a aumentar la protección del pecho en este tipo de colisiones. Parece una evolución lógica vista desde 2026, pero representa un cambio importante en la forma de diseñar seguridad: ya no bastaba con preguntarse qué pasaba en “un accidente”. Había que estudiar accidentes diferentes, direcciones distintas y movimientos del cuerpo mucho más complejos.

Un día el coche empezó a mirar donde nosotros no podíamos

Todo conductor conoce ese pequeño momento de incertidumbre antes de cambiar de carril. Miras el espejo, giras ligeramente la cabeza y aun así queda una zona que resulta difícil controlar. Volvo presentó BLIS, su sistema de información de ángulo muerto, en 2003. La idea era bastante sencilla: utilizar sensores para vigilar una parte del entorno que el conductor puede no ver. Hoy resulta una función familiar, pero entonces mostraba algo nuevo. La seguridad estaba dejando de depender únicamente de la resistencia del coche. Los vehículos empezaban a utilizar electrónica para ampliar nuestros propios sentidos.

Frenar antes de que reaccionemos nosotros

El siguiente paso parecía casi inevitable: si el coche podía detectar un peligro, también podía intentar reaccionar. En 2010, Volvo introdujo detección de peatones con frenado automático. El sistema buscaba identificar una situación de riesgo y aplicar los frenos cuando fuera necesario. Ahí aparece una frontera muy interesante. Durante décadas, la tecnología nos protegía después de cometer un error o encontrarnos con un peligro. Con los sistemas de seguridad activa empieza a intervenir antes. El objetivo ya no es únicamente sobrevivir mejor al accidente, sino ganar esos pocos instantes que pueden evitar que llegue a producirse.

Los accidentes reales enseñan cosas que un laboratorio no siempre imagina

Los ensayos de choque son esenciales, pero el tráfico real tiene una imaginación prácticamente infinita. Dos accidentes rara vez ocurren exactamente de la misma forma. Volvo estudia colisiones, situaciones próximas al accidente y otros eventos de conducción desde hace décadas para entender qué sucede fuera de los escenarios normalizados. Esa información alimenta nuevos sistemas de seguridad. Es una idea bastante poderosa: un coche que ya ha sufrido un accidente puede proporcionar conocimiento para diseñar mejor el siguiente. La estadística convierte experiencias individuales en patrones que los ingenieros pueden estudiar.

Ahora también se pueden fabricar accidentes que nunca ocurrieron

La inteligencia artificial está llevando esa lógica todavía más lejos. Los ingenieros ya pueden crear digitalmente situaciones peligrosas difíciles de reproducir de forma segura: un animal que aparece de repente, un vehículo circulando en dirección equivocada o una combinación extraña de tráfico y mal tiempo. Volvo utiliza escenarios virtuales para generar variaciones de situaciones reales y desarrollar software de seguridad. La posibilidad de simular accidentes mediante entornos creados con inteligencia artificial permite estudiar incluso sucesos que todavía no han ocurrido. Es casi como entrenar al coche con recuerdos de experiencias imaginarias.

La seguridad también puede depender de cómo conduces tú

Aquí entra Safety Coach, quizá la parte más curiosa de esta historia. La aplicación observa aspectos cotidianos como la aceleración, las frenadas y la forma de tomar las curvas. A partir de esos datos construye una puntuación dinámica y ofrece consejos para favorecer hábitos más seguros. La idea tiene bastante sentido. Muchos riesgos de tráfico no aparecen porque falle una pieza, sino porque una maniobra resulta inesperada para los demás. Frenar violentamente, acelerar de forma brusca o conducir de manera poco predecible puede complicar la reacción de quienes comparten la carretera con nosotros.

Conducir de forma predecible es más importante de lo que parece

Nos gusta pensar que conducir bien consiste principalmente en tener buenos reflejos. En realidad, una parte enorme de la seguridad depende de no obligar a los demás a utilizarlos. Mantener velocidades coherentes, anticipar las maniobras y evitar movimientos bruscos hace que nuestro comportamiento resulte más fácil de interpretar. Mikael Ljung Aust, especialista en comportamiento del conductor de Volvo, explica que muchas colisiones contienen algún elemento de sorpresa. Safety Coach intenta trabajar precisamente ahí: convertir pequeñas decisiones repetidas miles de veces en hábitos algo más previsibles. No suena tan espectacular como un nuevo sensor, pero probablemente todos conocemos a alguien cuya conducción sería bastante más agradable con un poco menos de sorpresa.

Cuando conducir mejor también puede afectar al seguro

Safety Coach introduce además una relación interesante entre automóvil, datos y dinero. En su lanzamiento en Suecia y Noruega, los conductores pueden decidir si quieren compartir determinada información de conducción para acceder a ofertas de seguro basadas en el uso. La participación es voluntaria y requiere que el usuario acepte compartir esos datos. La idea tiene una lógica evidente: si la conducción puede medirse, una aseguradora puede intentar ajustar parte del riesgo a ese comportamiento. Pero también abre un debate cada vez más habitual. Cuantos más datos produce nuestro coche, más importante resulta saber quién puede verlos y para qué.

El cinturón también está aprendiendo a adaptarse

Lo curioso es que la historia vuelve al punto donde empezó. Volvo ha desarrollado un cinturón de seguridad multiadaptativo capaz de utilizar información procedente de sensores interiores y exteriores. El sistema puede tener en cuenta factores como la posición del ocupante, su tamaño y las características de una posible colisión para modificar la respuesta del cinturón. Es una evolución llamativa del invento de 1959. Antes teníamos un dispositivo mecánico prácticamente igual para todos. Ahora la idea es que pueda adaptar parte de su funcionamiento a la persona y a la situación concreta.

La seguridad del futuro probablemente será mucho menos visible

Durante años, reconocer un coche seguro era relativamente sencillo. Podíamos hablar de airbags, estructuras reforzadas o cinturones. Ahora una parte creciente de la protección está escondida en líneas de código, sensores y procesadores. El salto hacia una seguridad basada en sensores, software y procesamiento central muestra bien esa transición. Incluso algo tan aparentemente trivial como la tipografía de una pantalla puede diseñarse para intentar reducir el tiempo que apartamos la mirada de la carretera. La seguridad deja así de ser un conjunto de grandes inventos aislados y empieza a convertirse en cientos de pequeñas decisiones trabajando simultáneamente.

Es curioso mirar los dos extremos de esta historia. En 1959, una de las grandes aportaciones de Volvo consistió en sujetar mejor nuestro cuerpo durante un accidente. En 2026, una aplicación puede analizar cómo aceleramos, frenamos y tomamos una curva para intentar que conduzcamos de una manera algo más segura.

Entre ambos momentos han cambiado casi todas las herramientas. Primero llegaron mejores estructuras y sistemas de retención. Después airbags, sensores y frenado automático. Ahora entran en escena el software, los datos y la inteligencia artificial. Pero la persona que va sentada al volante sigue siendo la misma.

Quizá por eso el cinturón continúa siendo un símbolo tan bueno. No necesita saber qué coche conducimos, qué software lleva instalado ni cuánto cuesta. Simplemente espera a que algo salga mal y hace su trabajo. Toda la tecnología que ha venido después persigue algo todavía más ambicioso: conseguir que tenga que hacerlo muchas menos veces.

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