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Friday, October 30, 2026

El estoicismo vuelve a estar de moda, pero ¿qué tiene que ver con la filosofía de Séneca y Epicteto?

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El pensamiento estoico está de moda, especialmente en los entornos digitales. Sin embargo, este nuevo estoicismo a veces es solo una caricatura de la filosofía de Séneca y Epicteto.

Algo extraño ocurre en los gimnasios: la gente habla de Marco Aurelio con familiaridad patricia. Entre mancuernas y burpees, cita al viejo emperador romano: «Si no es verdad, no lo digas, si no es correcto, no lo hagas…». Es como si un virus se hubiera escapado de una vasija del museo local, o como si un genio inspirado por Zeus Artesano —la única divinidad para los estoicos— hubiera saltado a través de la panoplia digital.

Las máximas de Epicteto aparecen vestidas de «contenido» y «like» en pódcast e Instagram. Son frases de un esclavo que llegó a convertirse en una estrella filosófica durante el Imperio romano, en el siglo II d. C.: «No expliques tu filosofía, vívela»; «Te conviertes en aquello a lo que le prestas atención».

Hay canales de YouTube especializados en las lecciones de aquellos sabios, presentadas como modelo de desarrollo personal. Muchos están producidos con IA, y algunos incluso prometen que esos señores con túnica pueden ayudarte a ganar dinero, pese a que despreciaban la riqueza. Algo raro pasa en el mundo moderno cuando una doctrina con más de 24 siglos de antigüedad regresa para prometernos la felicidad.

Los viejos estoicos dirían que es cosa del eterno retorno, una de sus ideas centrales: todo acaba por repetirse en el constante devenir y transformación del mundo. Tomaron esta idea de Heráclito y su famoso río. Como la semilla que cae al suelo y hace crecer de nuevo al árbol, el mundo nace, se desarrolla, se destruye y vuelve a nacer.

Si Epicteto o Séneca regresan a nuestras vidas, la culpa sería del cosmos y su logos, término con el que se referían a una razón divina o principio universal. Sin embargo, seguramente se sorprenderían ante este fatum —destino— y ante muchas de las cosas que se dicen de ellos en las redes sociales. Los abrumaría ver su pensamiento, tan compacto, fino y coherente, fileteado en la carne barata del kebab digital.

Los abrumaría ver su pensamiento, tan compacto, fino y coherente, fileteado en la carne barata del kebab digital.

El eterno retorno del estoicismo

Estarían tranquilos, eso seguro, en su ataraxia, el ideal de imperturbabilidad del espíritu. La alcanzarían mediante el autogobierno de las pasiones y la modulación de todo temor o deseo.

¿Que ha regresado una filosofía helenística fundada en el siglo III a. C.? Ni siquiera es la primera vez: el viejo estoicismo ya se vistió de modernidad en otras épocas. Ocurrió, por ejemplo, en el siglo XVI, y hasta Quevedo se proclamó estoico.

Acérquese, lector, a la nueva stoa digital. Esta palabra dio origen a «estoicismo» y significa «pórtico» en griego. Fue bajo un colorido portal de Atenas donde el fenicio Zenón de Citio fundó esta escuela, tras naufragar su barco y quedarse sin riquezas. Veamos cómo funciona este retorno perpetuo.

El estoicismo ejerció una enorme influencia en el pasado, especialmente en Roma y, más tarde, de forma más velada, en el cristianismo. Como otras escuelas helenísticas, surgió en el contexto de la caída del imperio de Alejandro Magno y la crisis de las ciudades-estado griegas. No alcanzó una posición de ideología dominante hasta la Roma de los siglos I y II.

«Es una doctrina muy coherente, muy comprometida y, tanto para aquellos romanos antiguos como para nosotros, tremendamente revolucionaria», explica el filólogo clásico Antonio Cascón, autor de Lecciones de estoicismo (Arpa).

Para Séneca o Epicteto, dos de los principales maestros del periodo romano, ser estoico implicaba quitarse de encima todos los prejuicios y las convenciones «que nos han ido metiendo desde que hemos nacido», añade Cascón. Eso exigía vivir de acuerdo con la verdadera naturaleza de las cosas, después de examinarse cuidadosamente. Como otras filosofías antiguas, el estoicismo aspiraba a transformar radicalmente a la persona mediante una ascesis o desarrollo espiritual ganado con la práctica.

Una filosofía, no un recetario

La muerte no es ningún mal; la enfermedad tampoco. Estas afirmaciones suenan hoy tan extrañas como debieron de sonar en el foro romano. Para comprenderlas, hay que recordar que el pensamiento de estos filósofos era un sistema: su lógica los llevó a una física, y de esa física surgió una ética. Con el tiempo, se los recordaría bajo la caricatura de ser campeones en encajar los golpes de la mala fortuna.

No es posible aislar las piezas si queremos comprender una filosofía compleja. De ahí el recelo de muchos académicos ante cualquier intento de trasladarla sin más al mundo actual.

Una parte del llamado «nuevo estoicismo» se divulga entre hombres con un culto extremo —cuando no extremista— a la virilidad, bajo consignas como levantarse a las cinco de la mañana para hacer flexiones. También circula entre jefazos de Silicon Valley y gurús del desarrollo personal, en un sincretismo que mezcla bitcoins con promesas de éxito material.

Pero el estoicismo también atrae a personas que buscan un propósito espiritual genuino en un mundo cada vez más inestable. El malestar generacional, la crisis de cierta masculinidad, la ola neoconservadora y el empuje algorítmico de una filosofía fácil de falsificar —y convertir, con mínimos cambios, en una receta para la resignación— ayudan a esbozar las razones de su éxito.

Una filosofía que parece valer para todo

La prueba de este nuevo vigor está en la multiplicación de las publicaciones sobre estoicismo en los últimos años. Algunos libros, como los de Ryan Holiday, venden millones de copias. También han surgido festivales, escuelas y retiros, además de numerosos canales de YouTube y pódcast con cientos de miles de seguidores.

A veces asoma incluso un estoicismo adulterado, centrado en la seducción de mujeres. Es como si se tratara de un bálsamo curalotodo, un recetario infalible que se adapta al sesgo cognitivo de quien lo usa.

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Los planteamientos estoicos originales, sin embargo, formaban una concepción completa y concreta del mundo: materialista y, a la vez, teológica; determinista, pero también ética. Si todavía nos resuenan es porque, en el fondo, quizá no hayan cambiado tantas cosas bajo el mismo sol.

Como los antiguos, seguimos viviendo entre phantasia e impresiones engañosas. «Es decir, en algo absurdo, una forma de vivir absurda, que es la que tenían aquellos romanos y que es la que seguimos teniendo hoy», asegura Cascón.

Tal vez por eso el estoicismo aún nos interpela: por su amor a la razón, su ideal de mesura y su preparación frente a la catástrofe. «Recuerda que morirás», decían. Vive según la virtud o la sabiduría. Piensa que no es el hecho en sí lo que te duele, sino su interpretación…

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Una respuesta a la incertidumbre

«El estoicismo tiene una proximidad con nosotros mayor que otras posiciones filosóficas por el contexto en que nace, por la época, por el tipo de preguntas y el tipo de problemas», asegura Ignacio Pajón, profesor de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid y autor de El emperador filósofo.

Surgió, como el epicureísmo —su doctrina rival—, tras el derrumbe del mundo forjado por la espada de Alejandro y la consiguiente crisis de las ciudades-estado griegas. «Nace para un contexto e intenta dar un tipo de respuesta reubicadora, una situación que nos suena por la gran cantidad de cambios repentinos a los que asistimos», concluye Pajón.

No obstante, conviene recordar que hablamos de una filosofía desarrollada durante muchos siglos y en escenarios muy distintos: desde los pórticos desnudos de Atenas hasta los palacios de Nerón.

En la segunda mitad del siglo XX, durante el auge materialista, las filosofías orientales tuvieron un fuerte impacto en Occidente. El giro del siglo XXI hacia la esencia grecorromana también debe de estar relacionado con el espíritu de los tiempos.

«Creo que en la sociedad estamos un poco perdidos, y que las religiones en muchos casos ya no dan una respuesta satisfactoria. Y, además, como dijo (el filósofo) José Antonio Marina, en Occidente somos griegos y romanos todavía, el pensamiento grecorromano es vigente», explica Pepe García, conocido como El Estoico y autor de uno de los pódcast sobre esta filosofía más escuchados en español.

García inició su periplo espiritual a través del budismo. «Pero me resultaba un poco lejano, en parte castigador, porque era como estar siempre esperando una iluminación», dice. Así encontró el estoicismo y empezó a poner en práctica algunos de sus métodos.

«A mí lo que me gustó del estoicismo es que se puede aplicar ahora, aquí, sin tener que irte a un monasterio en el Himalaya», explica. Aplicar, por ejemplo, la lección número uno del Manual de Epicteto —distinguir entre lo que realmente depende de nosotros cambiar y lo que no— «es algo que puede hacer cualquiera».

Hay cosas que dependen de nuestra acción y otras que no: ¿por qué preocuparse por las últimas? «Eso me ayudó muchísimo, y también la técnica de Séneca del praemeditatio malorum, pues yo tendía a ser muy ansioso por el futuro», cuenta. La técnica consiste en imaginar de antemano los peores escenarios posibles para prepararse por si ocurren. «El estoicismo ha cambiado también mi relación con la muerte, ha dejado de darme miedo», asegura García.

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Gran parte del estoicismo que ha regresado en la actualidad es el romano, no tanto el griego fundacional de Zenón o Cleantes. Esto se debe a que suele partirse de las Meditaciones de Marco Aurelio o del Manual (Enchiridion) de Epicteto.

«Porque es fácil convertirlo en un recetario, es susceptible de ser simplificado, de convertirse en una filosofía que se puede introducir en formatos de consumo rápido», explica Pajón. En las redes sociales, muchas veces aparece «sin crítica, sin la complejidad original del pensamiento estoico», agrega.

Que se difunda una versión simplificada, sin embargo, quizá no sea tan negativo, al menos según García. Al ser una filosofía tan práctica, podría ayudar también a personas que no tienen tiempo —o suficiente formación— para acceder al conocimiento completo.

«Usando una metáfora, si se te rompe la pata de una cama y solo necesitas un tornillo, no hace falta, en principio, que te compres la caja de herramientas entera, coges el destornillador o lo que te haga falta», apunta García.

Una herramienta para la vida y la sociedad

Los griegos tenían una idea parecida a la de esa caja de herramientas. La llamaban paraskeue —preparación, estar equipado—: un conjunto de máximas y principios, hábitos mentales y ejercicios. Era todo el equipamiento que se pudiera recopilar para afrontar la vida desde la filosofía.

El poder sigue siendo tan cruel y caprichoso en el Capitolio de Washington como lo fue en el Capitolio romano. Los seres humanos seguimos buscando sentido para una vida que a veces puede ser dura, durísima. Por esta y otras razones surgió el estoicismo: como una herramienta poderosa, «como una ideología comprometida con la sociedad, sobre todo en época romana», asegura Cascón.

Lejos de apelar a individuos narcisistas que se consideran resilientes, los estoicos buscaban ayudar al prójimo y actuar de acuerdo con la razón y la naturaleza, que también consideraban racional. «Lo importante para ellos era el autogobierno, la autarquía, el respetarte a ti mismo e intentar ser el mejor ser humano posible en concordancia con los demás», agrega García.

Por eso no distinguían entre hombres y mujeres, ni entre libres y esclavos. Si nos arriesgáramos al anacronismo, podríamos considerarlos «progresistas».

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Los estoicos no eran coaches

Los estoicos detestaban la guerra y la fuerza, el éxito y la riqueza, y desconfiaban de la belleza y del placer. Nada de esto suele resaltarse en las redes. «Es como si el estoicismo pudiera adaptarse a nuestra sociedad, pero lo que decían los estoicos es que había que cambiarla», asegura Cascón.

Es como si el estoicismo pudiera adaptarse a nuestra sociedad, pero lo que decían los estoicos es que había que cambiarla

Eran, además, algo así como psicólogos avant la lettre. «Si lees a Séneca te encuentras con un tipo que ya intuía el inconsciente», afirma. Pero hoy, en internet, puedes llegar a escuchar barbaridades como que las Meditaciones de Marco Aurelio, escritas en el siglo II d. C., fueron redactadas… ¡en 1940!

La flecha que, desde la Ilustración, rechazaba el ayer y señalaba al futuro como único lugar de progreso y esperanza parece estropeada. Vuelve a apuntar al pasado, y los viejos griegos regresan como guías morales. ¿O serán «coaches»?

«Buscamos en ellos, porque nos damos cuenta de que están en la raíz», asegura Pajón. Fueron la infancia de nuestro pensamiento: aquellos «niños» jugaron con el plutonio de las ideas platónicas y con principios y leyes asombrosas; señalaron a la Eternidad y el Infinito, e imaginaron el vacío y el átomo.

«Los griegos son los niños que estuvieron jugando prácticamente por primera vez con los conceptos, atreviéndose a explorar todos los caminos», explica Pajón. Fueron los primeros balbuceos de un pensamiento racional. Por eso, «nuestra raíz remota tiene tanto que decirnos», concluye. Una hermandad de los siglos: leer a Séneca o a Marco Aurelio es, en efecto, de algún modo, como regresar a casa.

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