Contame tu condena: ¿por qué la autoficción enamora a fuerza de dramas reales?

Una enfermedad en la vista. Una adicción. Un divorcio o un engaño amoroso. Las muchas y dolorosas maneras del duelo. Una madre ausente, un padre alcohólico, una hermana fallecida. La infancia en dictadura, la infancia en los 80 o en los 90. La menopausia, la vejez, el embarazo, las muchas y turbulentas maneras de la maternidad. Desde hace más de una década, las historias que tienen una base real colonizan espacio en las mesas de novedades de las librerías y en el interés de lectores y lectoras. La autoficción, las narrativas del yo, las novelas basadas en hechos reales (primas de la ola del true crime) ratifican que esa dosis de "verdad" seduce. ¿Por qué?

"Desde comienzos de los años 2000 asistimos a un deseo de que la literatura vuelva a conectarse con lo real. Los lectores parecen buscar relatos que no solo los conmuevan, sino que también les permitan comprender mejor hechos históricos, conflictos sociales o experiencias vividas", explica a Clarín desde Francia la argentina Paula Klein (Buenos Aires, 1986), doctora en Literatura Comparada, profesora de la Université Clermont Auvergne.
Las investigaciones de Klein se centran en la literatura documental y los vínculos entre ficción y no ficción en la narrativa latinoamericana contemporánea. "En teoría literaria hablamos de un retorno a la ‘transitividad’ del relato: la expectativa de que la literatura diga algo sobre el mundo y dialogue con él. Ese interés explica también el auge de la literatura de investigación y de los relatos construidos a partir de archivos, entrevistas o casos reales, muchas veces en diálogo con la lógica del true crime o de la novela policial, donde la propia investigación se convierte en parte de la narración", agrega.
En ese sentido, la académica, que con su novela El amor inventado ganó este año el Premio Lumen, dice que le parecen "fundamentales" las llamadas “literaturas de los hijos” en la Argentina, "que utilizan la experiencia familiar para pensar la violencia de Estado. Libros como Diario de una princesa montonera, de Mariana Eva Pérez; Los topos, de Félix Bruzzone; la obra de Laura Alcoba o Aparecida, de Marta Dillon, muestran hasta qué punto la escritura autoficcional permite ir más allá del testimonio, aliando distintos géneros entre la ficción y la no ficción para expandir la reflexión sobre la historia, la memoria personal y la transmisión intergeneracional".

Es precisamente Laura Alcoba, autora de las tres novelas que integran la serie La casa de los conejos (La casa de los conejos, El azul de las abejas y La danza de las arañas, todos publicados por Anagrama) y que reconstruyen su infancia clandestina en dictadura y su exilio en París, quien responde a Clarín desde Francia sobre el diálogo entre lo real y la ficción.
"No sé si me planteaba tan claramente ficción o no ficción antes de empezar a escribir La casa de los conejos. Sabía que tenía que ser esa materia y que tenía que escribir a partir de ella, pero fue en la escritura misma que se impuso la voz infantil".
Traducción indirecta
"A veces, las vivencias, por supuesto, no se traducen de manera visible en los textos literarios, pero sí indirectamente. No creo que sea tan fija, tan clara la frontera entre ficción y no ficción porque, cuando uno trata una materia prima personal, forzosamente, a partir del momento en que hay relato y construcción, irrumpe algo que tiene que ver con la ficción. Hay elementos que se quitan, otros que cobran sentido en el trabajo de escritura y que de repente se revelan importantes o que van a entrar en eco con otros", describe Alcoba, que es autora, además, de A través del bosque (Alfaguara, 2023) y traductora al francés de Selva Almada y Camila Sosa Villada.
Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) es, además de escritora, periodista cultural y curadora en artes escénicas. Dos de sus libros nacen de una materia autobiográfica: El trabajo de los ojos (Entropía, 2017) y Vida de Horacio (Entropía, 2023). Pero también nacen de la poesía, dice a Clarín. "Lo primero que escribí fue poesía y lo sostuve muchos años. Por eso, cuando se me ocurrió pasar a la prosa con El trabajo de los ojos, seguí, de algún modo, con los lineamientos generales que venían de la poesía, donde todo lo que está en un poema de algún modo viene de la vida, pero que al pasar por la maquinaria del poema, se transforma y ya no es exactamente lo mismo que la vida", ejemplifica.
Esa transformación atravesó la escritura de aquel libro: "Partía de mis problemas en la vista, que era una cuestión biográfica, pero al estar mi vida solamente bajo ese aspecto, al escribir empiezan las modificaciones y los ajustes en función de las necesidades de la forma".

Pero ese cruce no es lineal ni de receta: "Es complejo y muy apasionante la relación entre ficción, realidad, verdad, verosimilitud. Hay un texto de Juan José Saer, donde analiza la verdad que hay en la ficción y dice que, cuando es buena la ficción, hay verdad".
Luego de varios libros periodísticos como El dictador elegido (2001), El Doctor (2005), Santa Cruz: una tesis (2007) o Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales (2008), entre otros, el sociólogo y periodista Martín Sivak (Buenos Aires, 1975) sorprendió con El salto de papá (Seix Barral, 2017), un retrato de la vida y el suicidio de su padre, el banquero Jorge Sivak. El libro, personal y emotivo, se distinguía totalmente de su obra previa, aunque los procedimientos fueran los del periodista que busca saber, que pregunta, que revisa antecedentes y pide precisiones.

El año pasado, sumó a ese texto, de elementos autobiográficos, La llorería (Alfaguara), centrado en los tropiezos de una historia de amor y en una travesía documental por América Latina. "No empecé deliberadamente a escribir ficción. A partir de un diario íntimo para no publicar me asomé o, mejor dicho, intenté incursionar en la autoficción y eso fue lo que hice en La Llorería. Pero eso no implicó perder el interés en escribir sobre los otros. Al contrario. Eso potenció mi interés y ahora los dos libros que tengo en marcha uno es nítidamente de no ficción y otro más de ficción", anticipa a Clarín.
Tal vez por la trayectoria que lo precede en el periodismo, Sivak no cree que todo lo que pasa en su vida se transforme en materia literaria: "Diría más bien que es acotado", agrega.
Y sobre la potencia de lo real en un libro, dice que, siempre a partir de su experiencia personal, lo conmovieron las devoluciones: "Creo que al escribir sobre la intimidad se habilita esa instancia. Esta circunstancia o esta coyuntura no hace que estos libros sean, desde luego, más potentes que las ficciones clásicas o canónicas o las recientes ficciones. Tienen la posibilidad de un tipo de cercanía distinto", asegura.
Mauro Libertella nació en 1983 en Ciudad de México, donde estaban exiliados sus padres: el escritor Héctor Libertella y la poeta y ensayista Tamara Kamenszain. Es autor de Mi libro enterrado, El invierno con mi generación, Un reino demasiado breve, Un futuro anterior y los libros de ensayo Un hombre entre paréntesis. Retrato de Mario Levrero, Ricardo Piglia a la intemperie y Canción llévame lejos. En todos, total o parcialmente, hay trazos de su vida.
"Mi primera novela fue sobre la muerte de mi viejo y mi relación con él, y creo que entendí lo que estaba haciendo cuando ya estaba bastante avanzado en el texto. De manera que no hubo algo programático o demasiado deliberado en ese primer intento de escribir un libro. Sabía que tenía un puñado de escenas que habían persistido en mi memoria, que le habían ganado a la depuración que produce el tiempo, y creía (intuía) que si le habían ganado a otras escenas que ya estaban olvidadas, por algo sería. Tenía que haber alguna potencia o algún significado en esas escenas. Así que me lancé a escribirlas y luego el libro se fue contaminando de pasajes ensayísticos o más reflexivos y salió lo que salió, a lo que llamo novela porque, como dijo Mario Levrero, hoy una novela es cualquier cosa que pongamos entre una tapa y una contratapa", dice a Clarín.

Apertura de lo íntimo
Aunque Libertella admite que "las cosas fueron cambiando, aparecieron las redes sociales, asistimos a cierta apertura de lo íntimo, hubo un pequeño boom de las películas basadas “en hechos reales”, de la crónica, la biopic, el biodrama", sin embargo, la ficción resiste: "Si vemos la lista de los libros o autores de literatura más leídos, más vendidos, más traducidos, más premiados de los últimos diez años, son todos autores (autoras) de ficción pura, y que trabajan el padecimiento ficcional: Mariana Enriquez, Samantha Schweblin, Ariana Harwicz, Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara".
Al escritor y cineasta Santiago Loza, un día lo invitaron: "La editora de Documenta Escénicas me propuso participar en su colección Escribir. Ahí publiqué un libro que tenía algo de ensayo, de diario y otras derivas, se llama Nadadores lentos. Algo pasó a partir de esa escritura", anticipa a Clarín.
Loza dirigió las películas La paz, Si estoy perdido no es grave, Malambo, el hombre bueno, Breve historia del planeta verde, Amigas en un camino de campo con las que participó en diferentes festivales y fue premiado en Cannes, Berlín, Róterdam, Bafici, entre otros. Además, escribió una veintena de obras teatrales que se han estrenado en Argentina, Uruguay, Brasil, España, Francia y Estados Unidos y publicó novelas y los libros de no ficción Nadadores lentos, Diario inconsciente, Diario chino y el de poesía Noventa y nueve naturalezas muertas.
"Hasta ese momento había escrito ficciones –retoma– donde quizás lo biográfico estaba camuflado, estuve disfrazado en personajes. Como no vengo del periodismo, pienso que no tengo ese rigor con lo real. En lo que escribo hay distorsión y una búsqueda del lenguaje que pueda alejarse del testimonio raso".
Loza tampoco considera que todo lo que sucede pueda transformarse en materia literaria: "Algunas experiencias no pueden articularse, la palabra se retira". Él mismo escribió Diario inconsciente (publicado por Bosque Energético), que narra una internación: "El relato bordea eso que se podría llamar locura, pero no ingresa, muestra las esquirlas, las resonancias. La locura no articula lenguaje, lo desintegra, la escritura de ese libro tuvo que ver con la distancia temporal para poder escribir sobre eso", dice.

Hay carreras literarias que tienen comienzos deslumbrantes. Es lo que sucedió con Julieta Correa y su primer libro ¿Por qué son tan lindos los caballos?, editado por Rosa Iceberg, en que acompaña los últimos años en la vida de su madre, Sari, y el derrumbe físico y mental que la enfermedad le generó. El texto es, pese a lo crudo, luminoso, incluso por momentos es capaz de desatar una sonrisa.
¿Por qué son tan lindos los caballos? es, para su autora, una memoria familiar: "Un homenaje a mi madre a partir de su enfermedad. Quería que fuera un registro lo más cercano a la realidad posible dentro de la imposibilidad de contar lo real. No creo que las cosas se puedan contar con absoluto recuerdo o absoluta imaginación o absoluta observación", observa.

La escritora Marina Yuszczuk fue la editora del libro de Julieta Correa desde el sello Rosa Iceberg. Sobre el interés por la autoficción, observa: “Por un lado, hay experiencias que no estaban representadas en la literatura (experiencias queer y femeninas sobre todo). Por otro lado, hay, si se quiere, un achicamiento del horizonte, se lee mucha ficción, pero muchas veces se rescatan aquellos textos con los que fue posible “identificarse”, como si la máxima aspiración fuera mirarse al espejo. Me parece un horror. Y lo mismo con la preeminencia de lo real, se quiere que todos seamos personas comunes, que nadie sea distinto, de hecho “distinto” se volvió un insulto. Qué curioso, ¿no?”, interpela.
No ficción breve
Desde Vinilo, la editora Joana D´Alessio dice a Clarín que, vista en perspectiva, tuvieron una cierta intuición cuando crearon ese sello editorial: "Tuvo que ver con publicar libros breves y de no ficción, y eso de alguna manera entró bien con la época".

Pequeño tratado sobre la amistad, de la propia D´Alessio, Unos ojos recién inaugurados, de Martín Felipe Castagnet, y Parte de la felicidad, de Dolores Gil, son los libros de Vinilo más leídos. Aunque dice que no tiene una respuesta para explicar por qué, D´Alessio intenta una hipótesis: "Producen identificación. Esa es la gran respuesta de estos libros, pero tal vez me equivoco".
Eugenia Pérez Tomas y Andrés Gallina, la dupla de editores detrás de Bosque Energético, proponen una colección construida a partir de experiencias personales.
Dicen a Clarín: “Es cierto que en los últimos años hubo un interés creciente por las narrativas del yo, pero quizá eso no se explique solamente por el deseo de leer historias reales. En Bosque Energético editamos diarios íntimos y la recepción que han tenido los libros nos hace pensar que el interés quizá pase por otro lado. Nuestros diarios no están orientados a la identificación como valor, sino a la posibilidad de leer otras formas de discurso, otros entramados narrativos donde la historia, el argumento o la fábula no son el acontecimiento central del libro”.
¿Y cuánta realidad hay en esos libros? Responden: “Aunque seamos una editorial de diarios íntimos (o incluso por serlo) nos cuesta pensar en términos de divorcio entre lo real y la ficción, lo pensamos todo mucho más contaminado y confuso. Y creemos, aunque es una obviedad, que lo que vuelve interesante esos libros no es la experiencia en sí, sino el trabajo que hace la escritura sobre esa experiencia: la lengua íntima que cada diario imagina”.
En Bosque Energético está publicado Diario inconsciente, de Santiago Loza, Diario de menopausia, de Laura Wittner, y el reciente Diario de un dolor, de Ana Ojeda. Una internación, el fin de la etapa reproductiva, una hernia de disco... la vida misma. Aunque mucho más que eso.
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