En 1971, los astronautas del Apolo 15 recolectaron diminutas perlas de vidrio verde en la Luna; más de 35 años después, los científicos encontraron evidencia de agua en su interior, lo que cambió lo que sabíamos sobre la superficie lunar

En julio de 1969, los astronautas de la misión Apolo 11 recogieron más de 66 libras (30 kilos) de rocas lunares. Misiones posteriores del mismo programa de la NASA llegaron a extraer unas 836 libras (380 kilos) de muestras. Era el comienzo de una serie de estudios para comprobar, entre otras cosas, la existencia de agua en el satélite terrestre.
En 2008, el geólogo argentino Alberto Saal, de la Universidad Brown, en Rhode Island, estudió parte de las rocas lunares llevadas la Tierra por los astronautas de la Apolo 15. En 1971, David Scott y James Irwin habían recorrido la superficie lunar a bordo del vehículo Rover Lunar y, al igual que sus predecesores, recogieron muestras de rocas.
El descubrimiento realizado por Saal y sus colegas de la Universidad Brown fue publicado en la revista Nature y causó revuelo en la comunidad científica porque también sugería que el agua había formado parte de la Luna casi desde sus orígenes. Las pistas para tales afirmaciones estaban en diminutas cuentas de vidrio volcánico recogidas por los astronautas de la Apolo 15 y también de la Apolo 17, concretada en 1972.
Un artículo de la Universidad Brown explica que “hace más de 3.000 millones de años, cuando la Luna todavía tenía una intensa actividad volcánica, el magma procedente de su interior llegó a la superficie en enormes erupciones”. Agrega que “parte de ese material fue expulsada en forma de pequeñas gotas que se enfriaron rápidamente y quedaron convertidas en diminutas esferas de vidrio”.
¿Qué contenían esas diminutas perlas de vidrio?
Estas pequeñas perlas conservaban en su interior información sobre las condiciones existentes en las profundidades de la Luna cuando se produjeron aquellas erupciones. Los investigadores utilizaron una técnica desarrollada por Erik Hauri, del Carnegie Institution for Science, capaz de detectar cantidades extremadamente pequeñas de agua en las muestras.

“Basándose en sus observaciones de que casi toda el agua del magma lunar se perdió en el espacio durante las erupciones, los investigadores calcularon que el magma previo a la erupción podría haber contenido agua hasta 750 partes por millón, similar al contenido de agua de los magmas primitivos que erupcionaron en el fondo marino de la Tierra en las dorsales oceánicas”, explica la Universidad Brown. "Lo importante para mí es que me están revelando algo sobre el origen de la Luna y la Tierra, y la presencia de agua en épocas muy tempranas", dijo Saal.
De todas formas, era probable que el hidrógeno hubiera llegado desde el espacio o que las muestras hubieran sido contaminadas por el llamado viento solar, una corriente de partículas procedente del Sol que bombardea permanentemente la superficie lunar. Los investigadores realizaron análisis para descartar esas posibilidades.
La conclusión fue contundente: las señales detectadas procedían del interior de las muestras y no habían sido introducidas con posterioridad. Según los cálculos del equipo, aproximadamente el 95% del agua presente en el magma se habría perdido hacia el espacio durante la erupción, mediante un proceso conocido como desgasificación.

Esto llevó a los científicos a pensar que una parte del agua que eventualmente podría encontrarse en los polos lunares quizás no llegó desde elementos del espacio, como asteroides, sino que podría haber salido del propio interior del satélite.
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