Virginia Woolf y La vida de Violet: el hallazgo fortuito que revela sus primeros relatos

Fue un descubrimiento fortuito y azaroso. Mientras la editora Urmila Seshagiri, profesora de inglés en la Universidad de Tennessee, buscaba en los documentos de Violet Dickinson unas memorias inéditas que ella habría escrito sobre su amiga Virginia Woolf, en la Longleat House -lugar donde se almacenan los archivos de Dickinson- le hablaron de unos manuscritos de Virginia Woolf en los que habría ficcionado la vida de Dickinson en forma de tres cuentos: Galería de amistades, El jardín mágico y Cuento para dormir.
Hasta entonces, se pensaba que esos escritos eran más bien una anécdota dentro de la obra de Woolf, una broma literaria para un amiga sin mayor importancia. Sin embargo, al revisarlos en 2022, Urmila Seshagiri notó que en realidad Woolf se los había tomado bastante en serio. “Mecanografiadas con preciosa tinta violeta, las páginas de ese gran original encuadernado en piel contienen correcciones manuscritas, tanto a lápiz como con pluma, del puño y letra de Woolf y de Violet”. Así, Seshagiri se encontró con un tesoro y decidió publicarlos.
Fechados hacia 1907, los cuentos fueron reunidos en una edición de Lumen bajo el título La vida de Violet. Se trata de una muy joven Virginia Woolf, cerca de los 25 años, que está dando sus primeros pasos en la escritura. Como hizo mucho en su obra posterior, se basó en la vida real de su amiga Violet Dickinson. Más tarde, repetiría ese ejercicio de escribir sobre las vidas reales de otros (Orlando, o Flush por ejemplo), o ficticias (como en La señora Dalloway). “Estas historias revelan también que la futura autora de La señora Dalloway y Al faro tenía un don para la comedia burlesca. La vida de Violet no se distingue por su ingenio comedido o sus elegantes ironías: estas páginas son divertidísimas, contienen bromas exageradas y casi paródicas”, indica Seshagiri en el prólogo del volumen.

Como decíamos, estos cuentos se basan en una persona real, Violet Dickinson. “Tenía treinta y siete años en 1902, cuando entabló amistad con la veinteañera Virginia -dice Seshagiri-. De más de un metro ochenta de altura, muy acaudalada y soltera, Violet no tardó en convertirse en una constante en el mundo de la joven escritora; no solo la presentó a un amplio círculo de amistades aristocráticas, sino que, en parte, se convirtió en una mezcla de la madre y la hermana mayor que Virginia había perdido unos años antes. Las dos amigas quedaban con frecuencia, intercambiaban extensas cartas y viajaban juntas”.
Para el público hispanoparlante, fue la española Ana Mata Buil quien tradujo los tres relatos que componen La vida de Violet, quien comenta a Culto: “Las mayores dificultades a la hora de trasladar al humor tienen que ver con el tono elegante pero pícaro de sus relatos, que obliga a afinar mucho con las palabras, así como con el punto sarcástico de algunos pasajes (como cuando la institutriz de Violet le recuerda que ‘nadie la querrá’ si habla de teatro isabelino)”.
“También hay varios juegos de palabras con la grafía y el sonido de ciertos términos (entre ellos, el propio nombre de la protagonista), y remisiones directas e indirectas a poemas que no fueron fáciles de verter. En cuanto a la fantasía, presente sobre todo en Cuento para dormir, el reto estuvo en darle ese toque onírico, de cuento infantil, sin perder la precisión y los dobles sentidos de la escritura de Woolf”.

Mata Buil también nos comentó la experiencia de traducir a una Virginia Woolf joven, en contraste con su obra ya madura. “Una de las cosas que me sorprendió fue advertir rasgos propios de la autora ya en estas composiciones: párrafos larguísimos plagados de incisos, distintas voces que entran y salen de la narración, ironía punzante, crítica a la sociedad de la época, incluso omisión de palabras sustituidas con puntos y saltos temporales y espaciales marcados visualmente con un espacio en la página que se comenta dentro del propio relato, como ocurre en Orlando. Otra de las cosas que me llamó la atención fue el aspecto metaliterario que contienen (un juego que Woolf emplea en obras posteriores) y observar el germen de Una habitación propia, que aparece aquí en un diálogo sobre lo que implica ‘tener una casa propia’”.
La traductora española había traducido previamente a algunas de las obras más insignes de Woolf, por lo que debió batírselas para mantener la voz de la autora en su etapa juvenil sin que su voz de adulta, más conocida, terminara resonando en la traducción. “Esta pregunta es interesante, porque antes de esta obra había traducido la recopilación de artículos literarios de la autora Genio y tinta, el icónico ensayo Una habitación propia y la novela Orlando. Así pues, cuando los leí me resultó inevitable buscar en estos relatos guiños a aquellas obras posteriores (y encontrarlos)”.

“De todos modos, a la hora de traducir traté de fijarme mucho en el texto que tenía delante y apoyarme en el aparato crítico creado por Urmila Seshagiri. Fue una forma nueva de traducir un clásico. Hasta ahora, todas las obras clásicas que había traducido (además de las de Virginia Woolf que ya he mencionado, varias novelas de Jane Austen, Frankenstein, de Mary Shelley, y Rebelión en la granja, de George Orwell, por ejemplo) contaban con muchos estudios previos, análisis, traducciones, comentarios, a los que podía recurrir para acabar de desentrañar el sentido de alguna frase”.
“En este caso, me enfrentaba a todo lo contrario: al ser relatos ‘recién descubiertos’, apenas había otras obras que los describieran, ni traducciones previas que contrastar, por supuesto. Por eso, para la comprensión profunda fue vital contar no solo con el prólogo y el extenso epílogo de Seshagiri, sino también con el apartado sobre la grafía de algunas palabras y las diferencias ortográficas y léxicas entre las dos versiones de los relatos que se conservan (un apartado que en la edición en español se eliminó, al no tratarse de una edición filológica) y con las notas explicativas, que sí se tradujeron y adaptaron en la edición de Lumen. Esas explicaciones me ayudaron a atinar con algunos términos y me dieron un contexto cultural que facilitó mi tarea”.

De hecho, Mata nos comparte algunos de los momentos que le resultaron más complejos de traducir. “Hay muchos elementos del texto que requirieron una traducción creativa (desde los nombres propios alegóricos hasta los comentarios sobre la pronunciación de ciertas letras y la sintaxis, que tuve que adaptar con fenómenos existentes en español). De todos modos, lo que más complicado me resultó fue buscar la traducción de términos que salían comentados en las notas, sobre todo cuando se explicaba su origen o simbología. Por ejemplo, hay un momento, en el relato El jardín mágico, en el que Woolf enumera varias flores y describe una de ellas como ‘freaked with jet’. Este sintagma, que sería muy opaco en otro contexto, se aclara gracias a la nota de la editora original. Así sabemos que pertenece al poema Lycidas de Milton”.
“El problema es que la traducción publicada en español de ese poema no respetó ese sintagma (ya se sabe que a veces la traducción de poesía es bastante libre), de modo que no servía dentro del relato. Además, para ampliar el contexto, Seshagiri incluye en la nota todo el poema de Milton en inglés, que había que traducir. Por lo tanto, para poder traducir de forma adecuada esas tres palabras dentro del relato, tuve que traducir todo el poema de Milton en la nota de un modo bastante fiel al original (en nuestra edición sale traducido a continuación del poema en inglés), para luego extraer de ahí el sintagma ‘de motas azabache’ y utilizarlo dentro del relato”.

-¿Qué nos permite descubrir La vida de Violet sobre una Virginia Woolf menos conocida?
-En mi opinión, ayuda a ver sus esquemas mentales y cómo desde el principio trató de plasmarlos en su literatura. Desde la crítica a la sociedad de la época y el papel de las mujeres en ella, hasta el gusto por la alta literatura, están ya presentes en La vida de Violet, aunque se mezclan en este «divertimento» con pasajes más ligeros, entretenidos, y muy ingeniosos. El libro también arroja luz sobre las relaciones personales previas a la etapa más conocida de la vida de Virginia Woolf y da pie a reflexionar sobre cómo, desde el principio, sus amistades, amores y círculo social se cuelan en sus obras, lo que las vuelve privadas y públicas a la vez”.
-¿Por qué cree que vale la pena leer hoy estos relatos tempranos?
-Porque dan una muestra del potencial que tenía Woolf ya desde una temprana edad y permiten conocer el germen de elementos icónicos de su literatura. Además, tienen el aliciente de ser inéditos hasta ahora: poder “descubrir” en la actualidad una obra nueva de una autora de esta talla es un privilegio. Así pues, recomiendo a los lectores que entren en La vida de Violet.
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