Las frases de Emmanuel Carrère en Chile: “Si ser moderado o socialdemócrata es una rareza, me hago cargo del cumplido”

Emmanuel Carrère tiene frío. Han pasado 21 minutos desde que se inició su charla en la Cátedra Abierta en Homenaje a Roberto Bolaño, que organiza la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales (UDP). Mientras en la tarde de Santiago cae una lluvia copiosa, el francés —quien apenas viste un blazer, polera, pantalones de tela y zapatos—, ha comenzado a sentir los rigores del tiempo y del lugar. Con un poco de timidez, pregunta al público “¿puedo decir algo?“. Lo hace con el tacto de quien está a punto de lanzar una granada, pero con la firmeza y precisión de quien no quiere fallar en su única oportunidad de arrojarla. Su voz se oye moderada, pero segura.
“Veo que el señor embajador (de Francia) ha dejado de lado su abrigo pero yo tengo mucho frío, ¿alguien podría acercarme el abrigo? Me sentiría bastante mejor para continuar", preguntó el hombre de Limónov. Al final, no le acercaron el abrigo del diplomático, sino que una mullida casaca negra de alguien del público. “¿No le dará frío a usted?“, preguntó el autor al dueño de la chamarra, antes de continuar. Le da un aire como de viejo rockero.
El Hall central de la Biblioteca Nicanor Parra estaba repleto para escuchar al galo. En el público se encontraba presente el expresidente Gabriel Boric (quien recibió una ovación al ser mencionado), además del exsenador Patricio Walker, presidente del Consejo Directivo Superior de la casa de estudios privada.
Pero volvamos a Carrère. El hombre de la chaqueta negra. En una hora de conversación junto al escritor Rafael Gumucio, presentó su último libro, Koljós, donde aborda la vida de su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse.

“El punto de partida de este libro es la muerte de mis padres, que murieron ambos muy mayores, a los 93 y 94 años. E incluso si estaban bastante viejos, cambia algo en nuestra vida. Pienso que todos los que lo han experimentado lo podrán decir: es una suerte de convulsión psíquica. Ya no se está en el mismo lugar en la cadena de las generaciones, ya se está en primera línea ante la muerte”.
“Tengo la impresión de entrar a la última fase de mi vida —a lo mejor va a ser muy larga—, pero entro en lo que llamamos la vejez. Es un momento en que forzosamente nos tornamos hacia la propia vida y, en lo que me concierne, me vuelco hacia la vida de mis padres. Me alejé un poquito más también; no había previsto originalmente que esto se transformara en una saga familiar, porque son varias generaciones. Comienza en 1917 con la Revolución rusa en la Unión Soviética y se termina con la muerte de mis padres en 2023, justo después de la invasión de Ucrania por Rusia. Esas son las referencias temporales”.

¿Qué le habría parecido Koljós a sus padres? Carrère respondió: “Probablemente a mi madre no le habrían agradado ciertos pasajes sobre su vida conyugal, aunque procuré tratarlos con delicadeza. A mi padre le habría conmovido el lugar central que le otorgué a sus investigaciones genealógicas. En cuanto a mi madre, creo que habría valorado el retrato general y, en especial, la forma en que narré su fallecimiento: una muerte estoica y con gran dignidad que terminó por ennoblecer su vida”.
Eso sí, más allá del tono evocativo que a veces presenta el libro al hablar de su familia, Carrère hizo una singular confesión: “Al alcanzar cierta edad y observar la vida hacia atrás, es como si hubiese algo de la infancia que volviese. Entonces hay un recuerdo de infancia que sale a flote y que había olvidado seguramente, y el conjunto de esos recuerdos es bastante feliz. No me veo como una persona extremadamente feliz en términos de temperamento. En términos de condiciones externas y objetivas he llevado una vida completamente privilegiada, pero hay gente que tiene más o menos una cierta predisposición a ser feliz, que vive su vida plenamente con alegría, y no es mi caso. Estuve sorprendido de la tonalidad tan feliz de todos estos recuerdos que afloraron. Pienso que puede haber esta luz que tú notas y me agrada”.

Carrère fue consultado por la experiencia de escribir sobre personajes reales, como su madre, como su abuelo Georges (en Una novela rusa), el falso médico Jean-Claude Romand en El adversario, o el célebre Limónov, apuntó: “Limónov fue un caso particular. Le intrigaba mucho que yo escribiera un libro sobre él. Cuando se publicó, afirmó que no haría comentarios, dando a entender que el retrato no le agradaba del todo. Sin embargo, en el fondo estaba encantado con la notoriedad y con haber alcanzado una celebridad mayor a la que tenía en Rusia. Ser el héroe de una novela era su sueño”.
¿Limónov era un personaje peligroso? “Sí, pero no de la misma índole que Jean-Claude Romand en El adversario. Romand es una figura terrible, atrapada en una mentira desgarradora y una profunda depresión. Limónov, en cambio, aunque aborrezco su postura política fascista, posee una vitalidad, un impulso y una energía que resulta simpática en el trato personal. Por otro lado, en El reino abordé a San Pablo y San Lucas. San Pablo fue un verdadero genio, el creador de uno de los fenómenos históricos más determinantes de la humanidad a partir de algo minúsculo, pues el cristianismo no comenzó de forma muy promisoria. Para contar su historia me serví de San Lucas, quien según la tradición fue su acompañante y el autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Lo que me atrajo de Lucas es que adopta el procedimiento del menos creyente de los evangelistas: se presenta casi como un historiador o un periodista que investiga un suceso extraño interrogando a testigos”.

Con la vocación de aquellos que escriben sobre su propia vida como si fuese ajena, Carrère, poco dado a las definiciones políticas, no eludió el bulto e hizo la suya. “Limónov me decía: ‘Mira, tú eres todo lo que yo desprecio: una suerte de burgués occidental, socialdemócrata, blando, todo lo que me hace vomitar. Si estuviese en el poder te hago fusilar, pero aparte de eso te quiero mucho’. En el fondo se comportaba un poco como si hubiésemos asaltado un banco juntos...Si ser moderado o socialdemócrata es visto como una rareza, me hago cargo del cumplido. Como me decía Limónov, soy un ‘socialdemócrata blando’. No tengo una vocación política militante, pero como ciudadano tiendo a la moderación y a desconfiar de los fanatismos y extremos”.
De hecho, sobre la escritura de sí mismo, que ha hecho por ejemplo en Yoga, señaló: “Concuerda con el principio psicoanalítico de evitar la autocensura al narrar. Respecto a los demás mantengo un filtro ético, pero respecto a mí mismo no me aplico censura. Escribir sobre uno mismo implica asumir voluntariamente un riesgo personal”.

Carrère también defendió el formato novela, el que ha desarrollado íntegramente en su trayectoria: “Soy un gran lector de narrativa y no comparto la idea de que la novela sea un género extinto; al contrario, es un espacio de libertad absoluta. Aunque llevo 25 años sin escribir novelas de ficción pura y hoy no tengo planes de hacerlo, no me cierro a la posibilidad si surgiera una buena idea, por ejemplo, en el campo de la ciencia ficción”.
Y por supuesto, se refirió al periodismo, su ocupación principal. “El periodismo me ofrece una dinámica gratificante: pasar dos semanas sobre el terreno y otras dos redactando. Escribo los reportajes con el mismo rigor y estilo que un libro. Afortunadamente, he contado con medios que me otorgan el espacio necesario para desarrollar crónicas de aliento largo, algo cada vez más escaso en la era de la inmediatez y las redes sociales”.

Por ahora, dice, no se encuentra trabajando en algo concreto. “En este momento no tengo ningún proyecto de libro en marcha. Con los años he estructurado un ritmo de trabajo que me permite no depender psíquica ni materialmente de la publicación constante de libros. Disfruto mucho escribiendo guiones y haciendo periodismo de investigación”.
Al cierre, Carrère se permitió hacer un homenaje. Tal como lo señaló a Culto, es un lector atento de la obra de Roberto Bolaño. “Para mí tiene un significado muy especial hablar en un espacio dedicado a la memoria de Roberto Bolaño. Si uno reflexiona sobre su vida como lector y piensa en los autores que leyó mientras eran verdaderamente contemporáneos —aquellos de quienes íbamos a comprar los libros apenas se publicaban—, en mi caso fueron Georges Perec y Thomas Bernhard, entre uno o dos más”.
“Con Bolaño hice un poco de trampa, porque lo descubrí y comencé a leerlo recién después de su muerte. Sin embargo, para mí es un escritor contemporáneo descomunal; alguien que admira por la riqueza torrencial de su imaginación, su virtuosismo, su humor y su vehemencia, pero que a la vez resulta infinitamente cercano, como un espíritu hermano que te habla directamente al oído. Por eso me alegra profundamente estar hoy aquí, en la casa de Bolaño”.
Según pudo confirmar Culto, Carrère abandonó Chile esta mañana temprano rumbo a México, donde cerrará su periplo latinoamericano.
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