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Sunday, November 1, 2026

Pietro del Soldà, filósofo italiano: “El individualismo es la amenaza más fuerte para la democracia, incluso más que los autócratas o las guerras”

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La imagen del puerto le causó fascinación. Alexander von Humboldt llegó a Londres en 1790, con 20 años, después de recorrer Europa durante cuatro meses. El Támesis estaba lleno de barcos que transportaban especias de la India, té de China y azúcar del Caribe. Aquella “selva de mástiles”, como observó en su diario, “despertó en él el deseo de viajar a países lejanos, de irse, de alejarse de Prusia, aquel país frío y árido, y de su madre, una mujer opresiva que era incapaz de amar, y zambullirse por fin en lo desconocido”, escribe Pietro del Soldà en su libro La vida fuera de uno mismo.

Dos siglos después, en una época dominada por el miedo, la incertidumbre y la obsesión por la identidad, el ensayista italiano reivindica aquel impulso de Humboldt: la necesidad de abandonar las propias certezas y abrirse a lo desconocido. Es lo que llama una “filosofía de la aventura”, una invitación a romper con “la tiranía del yo”.

Periodista de la radio pública italiana, doctor en Filosofía y especialista en Platón, Del Soldà ha dedicado buena parte de su trabajo a explorar las relaciones entre la filosofía antigua, la sociabilidad y la política. Veneciano residente en Roma, es autor de Una filosofía del encuentro, dedicado a la amistad, y del más reciente Amor y libertad, centrado en el eros. En La vida fuera de uno mismo propone recuperar la aventura como una experiencia capaz de romper el encierro de la identidad individual. Su reflexión tiene también bordes políticos.

Del Soldà es uno de los invitados al Festival Puerto de Ideas Valparaíso, donde ofrecerá la charla Apología de la aventura, el sábado 7, y participará en conversaciones con los escritores Óscar Contardo, el viernes 6, y Gonzalo Garcés, el domingo 8.

-Lo que entiendo por aventura es una experiencia fundamental, necesaria para vivir libres y bastante felices -dice desde Roma.

-No es la aventura del siglo XIX, ni necesariamente un viaje a lugares lejanos o peligrosos. La aventura es como la entendió y describió el filósofo alemán Georg Simmel. Es una experiencia que rompe la rutina, lo que él llama el ritmo ordinario de la existencia. Pero no es solo una ruptura: es algo que interrumpe la rutina y deja pasar una luz nueva, gracias a la cual puedo ver cosas de mí mismo y del mundo que me rodea que antes no veía.

En su libro, Del Soldà habla de grandes aventureros de distintas épocas, “pero no es necesario hacer lo que hicieron ellos”, dice. “Cuento sus historias porque transmiten muy bien esta idea que también podemos llevar a nuestra vida cotidiana: salir de las fronteras psicológicas e identitarias que muchas veces nos impiden vivir nuestros deseos más profundos”.

En La vida fuera de uno mismo habla de la tiranía del yo. ¿Cómo la describe?

Vivimos encerrados en nosotros mismos. Vivimos en una sociedad que casi nos obliga a expresar al máximo nuestra imagen personal, como si tuviéramos que trabajar todos los días en una representación continua de nosotros mismos. Alguien llamó a nuestra sociedad la sociedad del rendimiento, de la performance. Estamos todos como en una competición: tengo que ganar, tengo que ser mejor que tú. Una competencia continua que es una mentira, pero en la cual acabamos creyendo casi todos.

El engaño profundo de la tiranía del yo es que pensamos que la felicidad es algo individual. Yo lucho por mi felicidad, que es distinta incluso de la felicidad de las personas que quiero. Es una contradicción, pero vivimos como si el mundo estuviera construido sobre esa idea.

¿Cómo se diferencia de la búsqueda de la propia identidad, que es una de las invitaciones de la filosofía: conocerse a uno mismo?

Es algo muy distinto, incluso opuesto. La identidad es una palabra peligrosa, porque contiene algo bueno y algo muy malo. Lo malo es esta idea de una imagen fuerte, con sus fronteras, con su perímetro bien definido, que voy llevando casi como si estuviera en guerra contra el mundo. Eso vale a nivel individual, pero también colectivo. En ese sentido, el narcisismo contemporáneo, que es una patología psicológica, tiene muchas relaciones con el nacionalismo y con lo que, sobre todo en Europa, llamamos soberanismo: esa idea de una identidad colectiva muy fuerte, agresiva, que excluye a los diferentes.

La vida de Sócrates es un ejemplo de búsqueda continua de nuevas relaciones. Su identidad no existe como algo firme, estable, estático. Al contrario, es algo dinámico, que siempre puede ser cuestionado. Ponerse en diálogo significa aceptar la posibilidad de que al final tú tengas razón y yo deba reconocer mis errores. Significa estar dispuesto a cambiar mis ideas, mi manera de pensar, mi visión del mundo. La relación es algo vivo y verdadero solo si acepto el riesgo de ser refutado.

¿A qué atribuye esta tendencia a encerrarnos en nosotros mismos, a priorizar nuestra identidad en un sentido egoísta?

Dos palabras: miedo e incertidumbre. Nos da miedo lo que sucede a nuestro alrededor. No tenemos idea de las dinámicas políticas y económicas que influyen sobre nuestra vida. Sobre todo las nuevas generaciones, que no saben cómo será su futuro. Pero también nosotros, los adultos, tenemos muy pocas certezas. Vivimos en un mundo en el que estamos todos conectados y muchas de las cosas que afectan nuestra vida están completamente fuera de nuestro control. Eso nos da miedo, y es comprensible.

La reacción casi fisiológica, sobre la cual muchos políticos construyen su propaganda, es decir: el mundo nos da miedo, lo que está afuera es peligroso, lo que es diferente hay que mantenerlo lejos. Entonces vamos construyendo nuevas fronteras, nuevos muros identitarios. Esta es la idea de la identidad fuerte, una expresión que utilizo en mi libro: la identidad como muro, como frontera que excluye y nos impide vivir la aventura. La aventura, por el contrario, es una fuerza que rompe los muros.

Pero hay razones para que exista miedo en la sociedad.

Sí, obviamente. Y sería un error ignorarlas. Es justo condenar una propaganda que habla solamente de seguridad y que casi nos empuja a odiar a los extranjeros, una propaganda xenófoba. Pero también hay que comprender el miedo y las emociones negativas que siente la gente. Hay que entender sus causas fundamentales. La aventura, que parece algo muy lejano de estas cuestiones, es precisamente una experiencia que nos permite avanzar en nuestra lucha contra el miedo.

Crisis del amor

Hoy se habla de una crisis del erotismo y de las relaciones. ¿De qué manera esta tiranía del yo está afectando la experiencia del amor?

Creo que hay dos consecuencias fundamentales. Muchas personas viven el amor como una posesión: tú eres mío, tú eres mía. Y eso sigue siendo muy fuerte, incluso entre las generaciones más jóvenes. No es algo que pertenezca solamente al pasado. Está relacionado con un mito romántico: la idea del amor como fusión. Somos dos y nos convertimos en una sola cosa.

Es una idea platónica.

Sí, aunque no es de Platón, sino de Aristófanes, un personaje que aparece en El banquete. Él cuenta una historia sobre los orígenes del ser humano. Según este mito, originalmente teníamos cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras. Entonces Zeus nos cortó en dos mitades. Y el amor sería el intento desesperado de esas dos mitades por volver a convertirse en una sola cosa. Así, durante toda mi vida voy buscando mi media naranja.

Esto puede ser romántico, pero existe un riesgo enorme en esa idea del amor como fusión, como posesión. Porque es un mito. Y muchas veces, después de algunos meses de relación, comienzan a aparecer las diferencias entre las dos personas que se aman. ¿Qué sucede entonces? Muchas veces una de las mitades, casi siempre la masculina, no acepta esas diferencias.

En la base de muchos feminicidios y casos de violencia de género existe algo parecido: la ilusión de la fusión que termina en una derrota total. Y la reacción masculina puede ser: tú ya no quieres que seamos una sola cosa, entonces voy a transformarte en un objeto, en algo mío, que quiero controlar. Quiero conocer todos tus deseos, tus relaciones pasadas. Los celos se vuelven obsesivos.

Este es uno de los aspectos del amor en los tiempos de la tiranía del yo. Pero existe también el extremo opuesto, una reacción que desarrollan muchas personas, sobre todo jóvenes. Pienso en la generación Z. No quieren vivir esa posesión.

¿Y cómo reaccionan?

Prefieren evitar el compromiso fuerte. Existe una palabra en inglés, situationship, que está ocupando el centro de la escena en lugar de relationship. Es una relación ligada a una situación, algo más informal, menos comprometido. Está creciendo muchísimo el número de personas solteras en todas las sociedades. Y no se trata solamente de personas que no han encontrado pareja. Hay gente que prefiere estar sola porque de esa manera se defiende del mundo exterior.

Otras personas viven relaciones, pero no permiten que alguien, incluso alguien de quien están enamoradas, entre demasiado en su intimidad. Es como decir: te amo, puedes ser mi pareja, pero solo puedes llegar hasta aquí, porque existe una frontera y no quiero una conexión más profunda, porque eso implica peligros.

¿Son relaciones de baja intensidad?

Claramente, esta segunda opción es menos violenta. Pero también se pierde algo: la intensidad inevitable de la experiencia erótica. El amor puede causar sufrimiento. Puedo salir herido: eso es parte del amor. El desafío consiste en evitar esos dos extremos. Porque las dos cosas son producto de la tiranía del yo.

También la idea de vivir el amor de una manera más fría, sin compromiso, es un efecto del egoísmo, de la idea de que en primer lugar existe mi identidad personal y después vienen los demás, los sentimientos y las relaciones. Lo más importante pasa a ser que los demás reconozcan mi identidad personal, que se ha convertido casi en un tótem para muchísimas personas. Esos son los dos peligros que amenazan la posibilidad de vivir el amor con toda su riqueza y todo su riesgo.

Democracia y amistad

La amistad también implica un riesgo cuando uno se abre a otra persona.

La amistad es una manera de poner en práctica la felicidad. Significa comprometerse con la vida y trabajar no solamente por mi felicidad, sino también por la tuya. Yo trabajo por tu felicidad y tú por la mía, juntos. Esa conexión profunda que permite la amistad es una de las experiencias más importantes para llegar a conocerse a uno mismo. Platón dice que el amigo es el espejo en el cual puedo reflejarme para entender quién soy. Solo puedo verme a mí mismo reflejándome en los ojos del amigo.

Si entendemos la amistad y el amor como experiencias de encuentro y apertura al otro, ¿cuán importantes son para la democracia?

En mi último libro sobre el amor analizo las páginas de una filósofa feminista estadounidense, bell hooks, que habla de una ética del amor y llega a decir que casi no hay democracia sin amor, sin amistad. Porque la democracia no es solamente la ley de la mayoría o la existencia de derechos humanos. También necesita una ética que no sea individualista.

El individualismo que estamos viviendo ahora es una amenaza, la más fuerte para la democracia, incluso más que los autócratas o las guerras. El riesgo más grande que está viviendo la democracia contemporánea está dentro de nosotros mismos.

Cuando uno experimenta la alteridad también puede encontrar conflictos. ¿Es necesario el conflicto?

Sí, el conflicto es necesario. Heráclito decía que el conflicto es el padre de todas las cosas. El conflicto no es un problema en sí mismo. El problema aparece cuando se transforma en una guerra abierta. Es importante aceptar que existen personas que tienen opiniones diferentes de las mías, y que yo no tengo que odiarlas ni trabajar para conseguir que piensen exactamente como yo. Necesito respetar las diferentes visiones del mundo.

Incluso, cuando es necesario luchar por mis ideas, debo reconocer la dignidad y el derecho a existir de las personas que piensan de manera diferente. Ese es el punto. La democracia está hecha de izquierda y derecha. No podemos cancelarlas.

¿Y dónde pondría los límites?

El límite es la dignidad humana. El problema es que hoy existe este mito, este engaño del free speech, de la libertad de expresión sin límites, que se ha convertido en una bandera de sectores de la derecha, de Trump, por ejemplo. Es la idea de que todo es posible, de que no debe haber límites en las redes sociales, en X, Facebook o Instagram. Pero esa no es la verdadera libertad de expresión. El límite de las posiciones que uno expresa debe ser el reconocimiento del valor de los seres humanos.

El problema que estamos viviendo hoy es una creciente deshumanización. Y no solamente de los pobres que mueren en las guerras de Gaza o Sudán, sino también de quienes sufren fuera de nuestra casa. Es una deshumanización hecha de indiferencia e ignorancia. Es algo que me espanta, porque me doy cuenta de cómo habla la gente sobre las guerras en Israel y Gaza, en Ucrania y Rusia, cuestiones que son muy importantes para nosotros en Italia y en Europa.

Existe una enorme polarización de la opinión pública. Uno piensa de una manera, otro piensa exactamente lo contrario. Pero eso no es un conflicto sano. Es decir: yo no reconozco tu derecho a pensar de otra manera. Tú estás equivocado y punto. No hay diálogo, no hay posibilidad de confrontar nuestras posiciones. Y muchas veces eso significa que no nos importan las consecuencias de lo que decimos, que no nos importa lo que les sucede a los seres humanos.

Entonces, el límite de la libertad es el reconocimiento de la dignidad de los demás como un principio fundamental de nuestra vida. Y eso tiene mucho que ver con todo lo que hemos hablado antes: con el amor, la amistad y la aventura como experiencias de apertura. Una manera diferente de vivir, fundamental para la felicidad de cada ser humano y también para que una democracia siga siendo saludable.

En La vida fuera de uno mismo recuerda a Heródoto y la manera en que los atenienses se defendieron en la batalla de Maratón. ¿De qué modo ese episodio puede servir de modelo para las sociedades de hoy?

En el libro hablo de ese capítulo extraordinario de la historia de Heródoto, la batalla de Maratón, cuando los atenienses se defendieron del ejército persa de Darío. El protagonista de esa batalla, el general Milcíades, comprendió que solo podían conservar su libertad si salían afuera. Les dijo a los atenienses que no debían encerrarse detrás de las murallas de la ciudad, defendiéndose en estado de asedio. Otra ciudad griega, Eretria, había tomado esa decisión y había caído.

La única posibilidad de conservar la libertad era salir afuera y enfrentar al enemigo, a los persas, que estaban desembarcando en la playa de Maratón. Y esa es la enseñanza. Tenemos que salir de nuestras certezas, de nuestra identidad, de nuestro nido, de nuestra coraza. Porque solo afuera está nuestra libertad. Adentro no hay libertad.

Esto es muy importante, porque vivimos en una época en la que se piensa que la libertad significa ser dueños de nuestra propia casa. Como dice un político italiano muy conocido: padroni a casa nostra, dueños de nuestra casa, de nuestra patria. Lo que sucede afuera no me importa. Pero no es así: la libertad está afuera. Es un desafío que exige compromiso y mucha energía. No es fácil, pero no hay otra manera de ser libre.

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