Mulita del Elqui

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Es curioso el vodka. Caro o barato, tiene un sutil y característico aroma como a la cola fría Torre de los 90. También fue el primer alcohol que muchos bebimos. Smirnoff, Boris Yelzin (el “Yeltsin”) o Stolichnaya, hoy Stoli. Una vez probé su versión rusa, no así el Smirnov. Finalmente, me quedé con el gran Zubrowka polaco, con su pasto de bisonte de Bialoweza, más jugo de pera. De Absolut destacaba la botella de Andy Warhol (y su versión con ají) y Gray Goose nunca lo quise pagar. Con el tiempo, dejé de tomar vodka. Hasta que ocurrieron dos cosas: primero, amigos polacos que me recibían con un shot en el umbral de su casa, para dejar el frío afuera. Y, segundo, el descubrimiento del Moscow Mule: vodka, ginger beer bien picante, limón y hielo casi granizado. Un trago que en vez de quitar el frío, refresca casi como ningún otro.
Y es que el vodka es un alcohol generoso. Un comensal que deja hablar al resto. Un director de orquesta. Su mano se nota en la composición. Y el vodka chileno Puklaro, de la Compañía Pisquera de Chile (CCU), con sus nueve destilaciones, su filtración en cuarzo y sus 40 grados, cumple bien esa función. Destilado en el Valle del Elqui, entre hijos de las uvas, pero hecho de trigo. Su etiqueta lo compara a los cielos más puros de la cuarta región, y es un acierto: su gracia es estar ahí, pero dejando que otros brillen a través suyo. Excelente para coctelería (una “mula del Elqui”, quizás, en los mug Atacama de República del Cobre).
Por Methe Ostos.
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