Siete cálices de hace 3.000 años revelan posibles rastros de pimienta india en una tumba de Jordania
¿Qué se quemó hacia 1000 a. C. junto a los muertos de Pella? La cerámica porosa de siete cálices conserva pistas químicas que invitan a repensar el comercio de la Antigüedad
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Imagina una llama diminuta que arde en un cáliz o en una copa de barro, depositada junto a un difunto hace unos 3.000 años. Aunque el humo que antaño la rodeaba se ha esfumado, el aceite aún permanece: la arcilla porosa se embebió de él como una esponja. Gracias a estas cualidades del barro, hoy, esa memoria química puede leerse y así lo han demostrado un equipo de investigadores.
Un análisis químico de siete cálices de una tumba de Pella (Jordania), de hacia 1000-900 a. C., ha identificado de forma tentativa compuestos ajenos a la flora local, entre ellos posibles restos de pimienta negra. Los historiadores llaman "edad oscura" a los siglos que siguieron al colapso de los imperios del Bronce: sin textos ni comercio a larga distancia. Prudence Sheaves y sus colegas de la Universidad de Sídney proponen, en un estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports, que la química puede iluminar ese vacío. Lo que hallaron en la cerámica invita a preguntarse qué materiales circulaban desde Asia hasta el Levante mediterráneo, en un valle que parecía aislado.

Una ciudad en la edad oscura
Pella, hoy Tabaqat Fahl, fue una próspera ciudad del Bronce Final que controlaba las rutas entre Egipto, Anatolia y Mesopotamia. Tras una destrucción hacia 1150 a. C., el lugar empezó a repoblarse de forma titubeante hacia 1100 a. C. Los arqueólogos describen la vida en el valle del Jordán de entonces como insular y provinciana, hasta que se inició una lenta reconstrucción hacia 900 a. C.
En 1987, en esa misma ciudad de Pella se excavó una tumba comunal intacta. Datada entre 1000 y 900 a. C., contenía al menos 82 individuos y más de 200 objetos funerarios. Entre las 90 piezas de cerámica, 21 eran cálices: copas de pie alto, las únicas vasijas decoradas, con bandas de engobe rojo.
21 cálices en una tumba: una afortunada anomalía
Este tipo de cálices sirvió de recipiente para una base oleosa que evaporaba sustancias aromáticas, quizá incienso o aceites esenciales. Aparecen en casas, santuarios rurales y templos, es decir, espacios donde convenía atraer la atención de los dioses. Lo insólito está en las tumbas: los grandes cementerios de la época rara vez incluyen más de tres cálices.
Un estudio de 2006 sobre Tell es-Sa’idiyeh, un cementerio con más de 460 enterramientos, identificó una tumba de élite con un cáliz. Su autor, J. D. M. Green, sugirió que aquella mujer pudo haber sido una practicante del culto. Por eso el hallazgo de Pella supone un desafío: en el yacimiento se verificó la presencia de 21 cálices junto a 82 cuerpos.
Cocidas a baja temperatura, las copas son porosas. Gracias a ello absorbieron el aceite quemado. Puesto que algunas aparecían en estrecha asociación con individuos concretos, eso llevó a los investigadores a preguntarse qué se quemó en ellas.

Dos gramos de polvo y un espectrómetro de masas
Siete de esos cálices se conservan en la Universidad de Sídney. Tras la excavación de 1987, se lavaron con agua fría y se guardaron en bolsas de plástico hasta 2023, cuando se los sometió a un nuevo análisis. Para no dañarlas, el equipo taladró por el pie hueco de cada copa y extrajo dos gramos de polvo de la cara inferior del cuenco. Después, lo analizaron con cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas (LC-MS). La técnica separa las moléculas de una mezcla y las identifica por su masa, como una suerte de lector de huellas moleculares.
Las sustancias que ardieron en los quemadores
El equipo registró 485 señales lipídicas en modo positivo y 178 en modo negativo. En todos los cálices, aparecen marcadores de aceites y grasas vegetales. Sin embargo, no se hallaron lípidos asociados a grasas animales ni indicios de cera de abeja, a diferencia de los estudios previos. Tampoco aparecieron cetonas de cadena larga, lo que sugiere una sola quema por copa y, quizá, un uso único.
Entre los compuestos naturales destaca la piperina, cuya fuente más abundante es la pimienta negra, originaria de los Ghats occidentales, en la India. Apareció en tres cálices. Otros compuestos apuntan, de forma hipotética, a una planta de Anatolia y el Cáucaso, a la valeriana europea o a un cártamo iraní. Otros, en cambio, encajan con plantas autóctonas como el ajenjo.

Los últimos enterrados
Un análisis estadístico agrupó las siete copas por su similitud química. Tres de ellas destacaron del resto. Cada una acompañaba a un individuo concreto: el 8, el 13 y el 16. Por la articulación de sus esqueletos, los investigadores determinaron que probablemente fueron los últimos en ser enterrados. Todos iban acompañados de bienes que no se habían producido localmente, sino que provenían de otras regiones geográficas.
El individuo 8, un joven, fue enterrado con una daga de hierro y bronce y un cinturón de bronce que se retorció deliberadamente. El cinturón tiene paralelos frigios, mientras que la daga presenta vínculos egeos. Su copa, hallada bajo su cabeza, contenía un compuesto que pudo proceder de una planta de la región del Cáucaso.
El individuo 16, por su parte, era una joven que llevaba en el pecho una placa de marfil con un becerro de estilo sirio-fenicio y cuentas de vidrio negro. Su copa, depositada bajo la cabeza, contenía piperina y un compuesto que quizá procedía de la valeriana. También contenía piperina la copa del individuo 13. Para los autores, estos datos apuntan tanto a la existencia de desigualdad social en el grupo como a la existencia de rutas de larga distancia que seguían activas, aunque a escala muy reducida.
Todas las copas, además, contenían un compuesto hallado en tres variedades de ajenjo autóctono. El ajenjo se considera alucinógeno y los autores ven posible un elemento psicotrópico en estos rituales.

Preguntas en el aire
Los propios autores advierten de que se trata de un estudio preliminar a partir de una muestra muy pequeña. Las identificaciones son tentativas: sin patrones de referencia, los orígenes botánicos siguen siendo hipotéticos. Falta, además, contrastar los resultados con cálices de otros contextos de Pella, un análisis ya previsto.
Queda por determinar qué se quemó exactamente en aquellas copas. Aun así, la arcilla ha conservado, tras unos tres milenios, el rastro químico de un rito que ningún texto recogió. ¿Llegó de verdad la pimienta hasta Pella? Solo el contraste con patrones de referencia y con más cálices del yacimiento permitirá responder a esta pregunta.
Referencias
- Sheaves, P., Peng, K.-Y., Bourke, S. y Crossett, B. (2026). Closer to the gods: Residue analysis of chalices from Tomb 89, Pella, Jordan. Journal of Archaeological Science: Reports, 76, 106107. https://doi.org/10.1016/j.jasrep.2026.106107
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