Pawel Pawlikowski, premiado en Cannes y ganador de un Oscar que va por otro al retratar a Thomas Mann en Tierra de mi padre

Tierra de mi padre, de Pawel Pawlikowski, es una de las mejores películas de este 2026. Se estrenó en los cines argentinos el jueves, está ambientada en la Alemania de la posguerra, en 1949, cuando el premio Nobel de Literatura Thomas Mann (Hanns Zischler) regresa a su país natal junto a su hija y asistente Erika (Sandra Hüller).
Fatherland completa la trilogía de época en blanco y negro, que Pawlikowski inició con Ida (2013), ganadora del Oscar a la mejor película internacional, y Cold War (2018), nominada al Oscar en el mismo rubro. Y es probable que repita la nominación.
Y Tierra de mi padre es también la primera vez que Pawlikowski trabaja con personajes reales, aunque se toma la libertad de ficcionalizar.
Nos reunimos con Pawel Pawlikowski en el jardín del Résidence Residéal, en Cannes, en cuyo Festival este año el realizador polaco ganó el premio al mejor director, ex aequo con los españoles Javier Ambrossi y Javier Calvo (conocidos como Los Javis), por La bola negra.

Lo bueno, si breve, dos veces bueno
Y lo que llamó la atención allá por mayo fue que, a diferencia de otros cineastas que también competían por la Palma de Oro, que se toman su tiempo para contar sus historias, Tierra de mi padre dure apenas 82 minutos.
“Tengo la sensación de que algunos directores no saben cómo editar y pensar en qué mostrar y qué no de lo que filmaron -arranca Pawlikowski, sacándose los anteojos negros-. Pero no se trata de editar, se trata de inventar. ¿Cómo hago algo que funcione sin explicaciones extrañas o pasos extraños? Pero no es que sea una clase maestra, porque sepa cómo hacerlo. No, es un proceso. Primero encontrás lo que tenés que decir, luego empezás a armarlo, a organizarlo, ponerlo de este modo, de aquel modo, a agregar cosas, sacar cosas afuera. No es un proceso científico. Toma tiempo. Y también, te digo, el tiempo es un arma muy buena”.
Lo que también sucede es que podés tener una historia, algo que te emociona, lo escribís, y un mes o un año después no funciona. O empezás a realizar ensayos y pensás: no puede ser malo. Creo que también se trata de ser honesto con uno mismo. Preguntarte ¿está funcionando? ¿Me gusta? ¿Es visualmente lo suficientemente fuerte? ¿Tiene una vida interna esta escena? ¿Le doy a los actores las indicaciones necesarias para que actúen bien? ¿O tienen que decir algunas líneas estúpidas para explicar algo? Es como un proceso de escritura, edición y, te diría, escultura.

-Tu película muestra cómo Alemania ha quedado después de la guerra, su sociedad, la gente que está con tanto dolor. Me pregunto si también tenías este sentimiento cuando rodabas el filme, cómo actualmente se siente en Alemania, cómo el filme se relaciona con el tiempo presente. Dijiste que es difícil entender lo que está pasando, hoy, en el mundo.
-Sí.
-¿Es por eso es que preferís ir al pasado, y hablar, por reflejo también del presente?

-Sí, pero con respecto al presente, no lo sé. Me encuentro muy confundido. No sé qué pensar. Sé que las opciones no son buenas. Y las discusiones que se hacen en las esferas políticas, de quienes nos gobiernan, no son discusiones de personas que tienen experiencia histórica. Son discusiones de personas que están en una burbuja de información en Londres, París o algún lugar y cree que lo saben todo. Yo estaba mucho más interesado en escuchar a mi vieja tía en Polonia cuando volví, que experimentó cosas y no tenía grandes conocimientos intelectuales, mientras que ahora hay expertos que saben todo, sobre todo.
Al natural es mejor
-Sos famoso por filmar en escenario reales, no filmar con CGI.
-Sí, aunque sea costoso y haya que recorrer cientos de locaciones. Para la secuencia que muestra a Thomas y Erika observando, a través de la ventanilla del coche, los estragos de la guerra, necesitábamos incluir un momento que pareciera de archivo, pero no recurrir a material de archivo. Encontramos una calle bastante deteriorada en una zona de Polonia que antiguamente pertenecía a Alemania. Lo que hicimos fue reconstruir unas ruinas, que se ven en primer plano, no es que las pusimos de manera digital, y hasta elegimos a los extras adecuados para que encajaran en el entorno. Después sí, eliminamos las antenas parabólicas, las ventanas modernas digitalmente. La idea era mostrar al padre y a la hija dentro de una especie de cápsula, protegidos del mundo exterior.

Los secretos de la escena final
-Llegando al final de la película, mientras Thomas y Erika Mann abandonan Weimar para regresar a Occidente, ven las ruinas de una iglesia, eluden a su escolta e ingresan en ella. ¿Cómo creaste esa escena tan fuerte emocionalmente?
-No sabés cómo lograr algo así. No es sencillo: lo escribís, lo imaginás en tu cabeza, escuchás la música y te emocionás. Pero tenés que encontrar una iglesia, conseguir un órgano para llevarlo y hasta crear una atmósfera donde los actores actúen de una manera que parezca espontánea y natural.
-¿Y cómo hiciste?

-Cuando rodamos la escena, Sandra y Hanns ya tenían una relación muy estrecha. Y Hanns estaba atravesando un duelo personal. La primera toma funcionó. Ella le toma la mano. Esa es la magia del cine.
-¿Pero tenías pensado, desde el comienzo, cuando comenzaste a redactar el guion, estas últimas tomas?
-Sí el final; los encuadres, tal vez no. Es como buscar la localización. Encontré la iglesia, que fue genial para filmar. Y puse el órgano allí. La situación sí estaba pensada, estos dos muchachos reparando y probando el órgano en una iglesia destruida. Pero para serte sincero, estaba un poco preocupado. Estaba rompiendo el clima de la Guerra fría con la escena de la iglesia. Padre e hija tienen un impulso compartido por ver algo que no sea oficial, como escaparse del programa establecido. Y se encuentran con que están afinando un órgano, obviamente dañado. Tocan un coral de Bach. La música abre las compuertas de la emoción.

-¿Cuándo y cómo se te ocurrió el titulo?
-¿Fatherland” No tardé mucho en decidirme, porque nos preocupaba que fuera una palabra muy pesada. Estuvimos abiertos a elegir y probar títulos por un tiempo. Pero luego, esa secuencia de la película en la que Erika habla sobre el padre en el teléfono, y luego entra a la habitación, cierra la puerta… De repente el título Tierra de mi padre como que se sugirió a sí mismo.
-¿Y por qué en inglés?

-Es que sería comprendido en diferentes países, en Alemania, en Polonia o en China. Y el mismo Thomas Mann lo usa, él redimió la palabra, porque los nazis la usaban tanto que era una palabra que no se escribía en Alemania… Y en 1949 fue él el primero en decir Fatherland sin sentirse embarazoso o comprometido por ello. Además, él era el padre de estos dos personajes, Erika y Klaus.
-Klaus aparece en la película en varias ocasiones, como un fantasma…
-Fue una decisión delicada, Nunca había hecho algo así.

Su filme con Joaquin Phoenix
-Ibas a filmar "La isla" con un elenco de Hollywood. ¿Qué pasó?
-La isla colapsó… Hace tres años, de repente, llegó el paro de los actores. Teníamos a dos estrellas estadounidenses, Joaquin Phoenix y Rooney Mara, que eran miembros muy activos del Sindicato de Actores Estadounidenses. Entonces, todo el financiamiento se cayó al no contar con ellos.
-Bueno, contaste con otros dos grandes intérpretes para “Tierra de mi padre”, Hanns Zischler y Sandra Hüller. Pero son dos actores de características muy diferentes…
-Hay algo orgánico y algo opuesto entre ellos. Hanns Zichler es como un “hombre de la época”, un actor más tradicional, y Sandra es muy moderna, incluso en el filme. Ella es como una criatura de la televisión. Hay algo de modernidad con ella, así que es encontré muy interesante esa oposición orgánica.
A Hanns lo conocí en sus filmes de los años ‘70, las películas de (Wim) Wenders, donde él ya era muy diferente, como en Kings of the Road (En el curso del tiempo). Y todavía tenía cabello… Es maravilloso, es súper erudito y él es muy elegante en su manera de hablar, y maneja un gran sentido de la ironía. Y de repente pensé, no es una locura, solamente hay que estilizarlo un poco para que interpretara a Thomas Mann. Además, él conocía el trabajo de Thomas Mann por dentro y por fuera.
-¿Cómo es eso?
-En realidad, era la voz de un podcast de los diarios de Thomas Mann, que son enormes. Y la otra extraña coincidencia fue cuando conocí a August Diehl (Bastardos sin gloria), y descubrí que era un completo fan de Klaus Mann. El conocía sus libros. Y, de repente, tenía a estos dos tipos que estaban en el mundo de los personajes.
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