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Sunday, September 13, 2026

Cecilia Vicuña: “Para que exista una comunidad humana inteligente y creadora tiene que haber una educación liberadora”

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Solía pasar los veranos en Ventanas, en Puchuncaví. Entonces esa zona aún era “un paraíso terrenal”, dice. Cecilia Vicuña tenía siete años y le gustaba jugar en el bosque. Se internaba entre los árboles con sus amigos, cada uno con un banquito o una sillita de madera y, entre hojas y ramitas secas, jugaban a aprender. Aún recuerda a sus amigos sentados en círculos bajo las ramas.

-Aprendíamos unos de otros, era una escuelita-bosque -cuenta.

Esa experiencia fue la semilla de su proyecto educativo: la escuela Oysi, un espacio para estar juntos, escucharse y jugar, con libertad creativa. En 1995 puso en práctica el proyecto en una comunidad de Caleu, donde la tradición de los bailes chinos había desaparecido. A través de la música y el juego trabajó con los niños para recuperarla. Con el tiempo, los abuelos volvieron a participar en las danzas.

-¿Quién educó de quién? Yo aprendí del baile y de los niños. La educación verdadera es una forma de inclusión respetuosa de la dignidad de cada elemento: de la luz, del sol, del viento, del ruido de los pájaros y de la tierra -dice.

Cecilia Vicuña habla de estas experiencia e ideas en su nuevo libro, Edúcate, un conjunto de textos, entrevistas y ensayos que proponen la libertad, el diálogo, la escucha y el contacto con la naturaleza en el centro de la educación. Y que invita a descolonizar el pensamiento.

-La biología y la neurociencia desmuestran que para que exista una comunidad humana inteligente y creadora tiene que haber una educación liberadora, no la educación represiva que tenemos.

7 septiembre 2026 Entrevista a Cecilia Vicuña, artista Foto: Andres Perez Andres Perez

De voz suave, Cecilia Vicuña habla habitualmente con una sonrisa en el rostro. Su cuerpo menudo contrasta con la energía que despliega y con la convicción con que defiende sus ideas, una fortaleza que la mantuvo aferrada a su proyecto artístico incluso cuando los vientos soplaban en contra.

Distinguida con el León de Oro a la Trayectoria en la Bienal de Venecia, el premio Velázquez de España y el Premio Nacional de Arte, es hoy una de las artistas chilenas de mayor reconocimiento internacional. Su obra de sugerente belleza hizo una estética de la precariedad y de lo efímero, en diálogo con la ecología, las culturas indígenas y el feminismo.

Hicimos un quipu en el bosque mismo, con lluvia y con los niños. Fue una experiencia extática.

Nacida en 1948, Cecilia Vicuña creció en un entorno campestre, en La Florida, y fue a una escuela rural. Más tarde entró a un colegio tradicional y no congenió con la rutina de sentarse y obedecer.

-Mi primer encuentro con una escuela represiva ocurrió cuando tenía casi 10 años. Todo cemento y todo represión. Esa escuela fue muy importante, porque ahí empecé a escribir. Me di cuenta de que venía de otro mundo. Apenas me vieron llegar los otros niños, como yo era la más morenita y la más chiquitita, empezaron a pegarme y a hacerme cosas.

07 Septiembre 2026 Entrevista a Cecilia Vicuña, artista Foto: Andres Perez Andres Perez

En esa época descubrió también algo de su identidad. “Los domingos íbamos a la matiné infantil y yo veía películas de cowboys. Sabía que yo no era cowboy. La conciencia de ser mestiza indígena viene de ese choque. Ahí comenzó la defensa de mi universo poético”.

En la construcción de su universo, uno de los grandes hallazgos fue el quipu, el sistema andino de registro y transmisión de información mediante cuerdas y nudos. Invitada a Documenta 14 en 2017, instaló un quipu monumental, hecho con lana, cuerdas y ramitas. Se volvió la imagen de la muestra. En 2023 lo instaló en el Museo de Bellas Artes de Santiago.

-Mi poesía es lo que hace posibles los quipus, pero en Chile todavía no existe esa capacidad de decir: “El quipu es parte de la poesía, lo precario es parte de la poesía”.

De visita en Chile, la artista acaba de realizar dos quipus colectivos o “quipus de encuentro”, como los llama, en Valdivia, uno dedicado a los alerces y otro a un humedal

-Hicimos un quipu en el bosque mismo, con lluvia y con los niños. Fue una experiencia extática: todos entramos en otro estado de sensibilidad y de conciencia. Llegaron los chucaos y se produjo una música del viento, de las nubes, de la lluvia, de los niños y de nosotros, los grandes: todos entretejidos.

Repitió la experiencia en el humedal Angachilla.

-Llegaron niños, organizaciones ciudadanas y la comunidad mapuche, liderada por la machi Paola. Estábamos todos metidos en el agua, embarrados hasta las patas. Y otra vez llegaron los pájaros. Es como si los animales supieran que estábamos haciendo un acto de amor.

¿Cómo recibe los discursos que critican la defensa ambiental?

Para decirlo de forma amable y generosa, hay una manera de percibir lo humano que es muy peligrosa. Percibirlo como algo separado de la Tierra pone al ser humano en peligro absoluto. Esa postura lleva a la extinción humana. El planeta tiene millones de años de inteligencia creadora, que es la que ha dado lugar a la vida. Atacar la vida mediante la extracción o la destrucción de los ecosistemas nos pone en peligro a nosotros. Con el enorme calor hoy en Europa empiezan a fallar las cosechas, desaparece el agua y se producen incendios. ¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a tomar? Comenzará a haber una violencia terrible debido a la escasez. Este es el momento de defender lo que nos queda.

Caminar por la calle (en Estados Unidos) con la pinta que tengo yo —bajita, morenita, con trencitas— es un gran peligro, porque están raptando a las personas.

¿Qué piensa cuando el activismo ambiental es calificado de radical?

Es muy cómico. ¿Qué puede tener de radical el amor por un bosque? Radical en el sentido de que nuestra raíz es la vida, nuestra raíz son los microbios y las bacterias que nos dieron vida. Si eso es radical, todos los seres humanos somos radicales, porque a todos nos gusta comer y tomar agua. Llamar a eso terrorismo o radicalismo es cómico, ridículo y, en última instancia, criminal.

Usted vive en Estados Unidos, donde el Presidente Donald Trump es uno de los grandes críticos del activismo ecológico. ¿Cómo es para usted vivir y hacer arte allí en este momento?

Es un gran riesgo. Caminar por la calle con la pinta que tengo yo —bajita, morenita, con trencitas— es un gran peligro, porque están raptando a las personas. Basta con parecer latino para ser culpable. ¿Culpable de qué? Eso no se difunde suficientemente en Latinoamérica.

Pero en Estados Unidos, y esta es la razón por la que vivo allá, existe una comunidad inmensa que cree que tenemos que dar un salto de conciencia y de percepción y unirnos. Esa comunidad existe desde hace más de un siglo y es la comunidad inteligente, generosa y creadora que me acogió.

Semillas

Cecilia Vicuña conversa en la casa de su mamá, Norma Ramírez. En 2023, con 98 años, ella debutó en la poesía por gestión de su afamada hija, que recopiló textos que su mamá le enviaba por WhatsApp. “Abrí un ojo y sentí una algarabía, una alegría. ¡Sentí la fiesta que tenían!/ Salí a ver y estaba lloviendo y era el jardín que estaba de fiesta”, escribió en uno de ellos, que forma parte del libro O perro o gato.

El sol ilumina el jardín, el mismo desde donde la artista intentó llenar de árboles Santiago. Fue en 1971. Cecilia Vicuña recuerda que se encontraba de visita en casa de su tía María Isabel Livingstone, en Viña del Mar, que tenía un frondoso jardín, cuando una semilla cayó en su mano, casi en cámara lenta.

-Vi esa semillita y percibí que dentro de ella estaban los bosques futuros. Entonces empecé a recoger semillas y a hacer almácigos. Llegué a tener 200 o 300 arbolitos aquí y comencé a repartirlos en poblaciones, entre amigos.

Nunca pensé que a mí me tenía que ir bien. Nunca pensé que lo que hacía tuviera que darme reconocimiento.

De allí nació una idea: instaurar el Día de la Semilla, cuenta. Y se le ocurrió presentársela al presidente.

-Yo tenía un amigo en común con Salvador Allende: Claudio Jimeno, un ser extraordinario que fue desaparecido. Claudio amaba mi poesía. Entonces le dije: “Quiero hacerle una propuesta al presidente”. Después Claudio me contó que Allende le había dicho: “Me encanta la idea, es maravillosa, pero Chile no está preparado. Quizás en el año 2000”.

Treinta años después, el año 2000, Cecilia Vicuña fue invitada a exponer en la Galería Gabriela Mistral y presentó una instalación titulada Semiya. Le propuso la idea de nuevo al Ministerio de Educación. “Pero no me inflaron. De hecho, hice allí mi primer quipu monumental. Fue total y absolutamente invisible para los chilenos y para Chile. Nadie se acuerda de ese quipu”.

07 Septiembre 2026 Entrevista a Cecilia Vicuña, artista Foto: Andres Perez Andres Perez

Durante años, Cecilia Vicuña convivió con cierta indiferencia de los circuitos oficiales. Su obra parecía demasiado libre y alejada de convencionalismos, y encontraba su medio más natural en los círculos alternativos del arte. Pionera en varios sentidos, ella no dudaba del camino que exploraba.

-Nunca pensé que a mí me tenía que ir bien. Nunca pensé que lo que hacía tuviera que darme reconocimiento. Esa idea no se me ocurrió jamás. ¿Por qué? Porque mi familia me había formado en la idea de que el arte y la poesía son visionarios. Entonces nunca tuve esa idea. Pero mi poesía circulaba y sigue circulando.

Paralelamente, su obra visual alcanzó amplio reconocimiento. El año pasado recibió la Medalla de Oro de Art Basel como artista ícono. Este año cuenta siete exposiciones en Europa y Estados Unidos. Recién acaba de terminar una retrospectiva en el Museo Irlandés de Arte Moderno, en Dublín, que abarcó instalaciones, música y pintura. A propósito de ella, Financial Times anotó: “La vida de Vicuña ha estado marcada por privaciones repentinas, pérdidas misteriosas imposibles de cuantificar. Por eso su insistencia en su derecho, el derecho que todos compartimos, a la historia y a la tierra, resulta conmovedora y vehemente. Está viva y, afortunadamente, ahora se la tiene en cuenta”.

Madres y abuelas

Dice Cecilia Vicuña que fue feminista de niña, desde el momento en que supo que existía la palabra feminismo. Más tarde, se dio cuenta de que la teorización del feminismo era “completamente eurocéntrica”.

-Muchas amigas pensaban que para ser feminista había que estudiar a las feministas francesas. Yo decía: “No, pues. Yo siento algo muy distinto”. Hay que escuchar a las madres, a las abuelas, a las campesinas chilenas: yo crecí escuchándolas.

La artista recuerda veranos en el campo, en Colchagua, sin agua potable ni luz eléctrica. Un mundo campesino dominado por mujeres: madres, tías y abuelas.

-En la noche se hacía una gran fogata y ponían a los niños a revolver unas enormes ollas de cobre. Hacían dulces y contaban historias de terror. Esas viejas eran absolutamente empoderadas. Escucharlas era oír una sabiduría y una belleza deslumbrantes. Eso, para mí, es el feminismo.

Ser humano es la igualdad y la sabiduría de las mujeres ancianas.

¿Cómo reaccionaban sus amigas feministas?

Mis amigas me encontraban ridícula, porque decían: “Cecilia es indigenista”. El indigenismo era considerado algo atrasado. Pero no es indigenismo: es escuchar lo humano como lo indígena. Ahora se plantea que la continuidad de la especie humana no se debe a los cazadores, sino a las abuelas. Las mujeres, al dejar de ser fértiles, pasan a ser cuidadoras y guías del grupo. Mi mamita tiene 101 años. Tú la escuchas y es una guía real.

Cecilia Vicuña mira hacia el jardín y agrega:

-Eso es el feminismo verdadero: recordar que la historia humana es mucho más larga que el patriarcado. La perspectiva de lo que significa ser humano es lo que tenemos que recuperar. Ser humano es la igualdad y la sabiduría de las mujeres ancianas.

¿Y cómo se relaciona con los feminismos más confrontacionales?

Me da pena, porque ¿de qué sirve? Mira, ahora se sabe que el cosmos apoya lo femenino, que el germen del ser humano primero es femenino y que lo masculino es, como se dice en inglés, un afterthought. Pasan unas semanas antes de que el cigoto decida si será femenino o masculino. Entonces, una proteína le dice: “Ahora voy a ser un hombre”. El hombre está, así, bajo la protección de las mujeres. Entonces, a las mujeres les corresponde guiarlos, amarlos y ser sus compañeras; y ellos, ser compañeros. Yo no creo en la dominación de un sexo sobre el otro. Eso es ridículo. La cooperación, en cambio, es una delicia.

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