Por qué Antonio Navarro Wolff quedó hablando a “media lengua” y sin una pierna mientras desayunaba: “Más de 100 esquirlas se introdujeron en mi cuerpo”

Antonio Navarro Wolff, reconocido político colombiano que murió el 1 de noviembre de 2026 a los 78 años de edad, se salvó varias veces de la muerte. En una oportunidad recibió más de 100 esquirlas en el cuerpo cuando alguien le lanzó una granada mientras desayunaba en una cafetería de Cali (Valle), en mayo de 1985.
La explosión le destrozó la pierna izquierda, que fue amputada semanas después en Ciudad de México, y una esquirla alojada en el cuello le dejó secuelas permanentes en el habla.
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El propio Navarro Wolff reconstruyó aquella experiencia por medio de la red social X el 9 de mayo de 2024, algo que con su fallecimiento ahora volvió a tomar importancia. Recordó que era representante del M-19 cuando ocurrió el ataque, en medio de las conversaciones de paz que esa organización guerrillera mantenía con el entonces gobierno del presidente Belisario Betancur.
Según él, una persona le arrojó la granada mientras desayunaba: “Más de 100 esquirlas se introdujeron en mi cuerpo”.
Una de esas esquirlas alcanzó un nervio hipogloso en su cuello y alteró de forma permanente su manera de expresarse. “Quedé hablando a media lengua”, explicó. También sufrió un shock anafiláctico y atribuyó su supervivencia a la intervención de un primo médico que lo acompañaba aquel día.
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Usuarios de X criticaron su pasado guerrillero y la ayuda que recibió de Gabriel García Márquez, a quien presenta como mediador en las conversaciones entre el Estado y el M-19. Como se recordará, el M-19 protagonizó la toma del Palacio de Justicia en 1985, un hecho distinto e independiente del ataque contra Navarro Wolff.
La magnitud del daño en su pie quedó fijada en una imagen que ofreció a la revista Bocas: “La granada estalló contra mi pie izquierdo y quedé como si con una cuchara de heladería me hubieran sacado un bocado del pie. En el hueco me cabía el puño”. Ese día lo acompañaba el exsenador Carlos Alonso Alucio, aunque Navarro Wolff recibió la mayor parte del impacto.
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Tras la explosión, permaneció 20 días en el Hospital Universitario del Valle, según el testimonio publicado por Soho el 20 de julio de 2020. Después fue trasladado a Ciudad de México por gestión de un grupo de periodistas y personalidades que le salvaron la vida. En el Hospital Mocel de la capital mexicana, después de una semana más de sufrimiento, decidió aceptar la cirugía.
“Si tiene que cortarme la pierna, ¡adelante!”, le dijo al traumatólogo Vicente Rojo, según la revista. El médico convocó una junta que determinó realizar la amputación esa misma tarde.

Antes de entrar al quirófano, el pánico lo desbordó, narró al medio. Se imaginó mutilado y el temor le provocó un desmayo que aplazó la operación hasta la medianoche. Como había sido sometido a numerosas cirugías en las semanas previas, los médicos optaron por anestesia raquídea, de modo que permaneció despierto durante el procedimiento. Al salir del quirófano llevaba un yeso rematado en una pieza de goma que, por su aspecto, comparó con la pata de una mesa de cafetería.
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La prótesis que utilizaba desde 1990 no era la más moderna disponible, explicó a Bocas, pero sí la que había incorporado a su vida cotidiana. “No, esta la tengo desde 1990. El pie es alemán y cada tanto le hacen reparaciones y ajustes. Hay pies más modernos ahora, pero esto es como los zapatos viejos: uno se acostumbra, se amaña y no sale de ellos”, afirmó a la revista.
Con esa misma ironía señaló que tenía “más raíces” en México que los propios mexicanos, porque un pedazo de su pierna quedó enterrado allí.
Cuando por fin recibió una pierna artificial moderna, salió a recorrer la ciudad. “Volver a tener pierna parecía un sueño”, escribió, y recordó que caminó 40 cuadras cantando a voz en cuello. La recuperación también le permitió subir al volcán Galeras y visitar páramos, aunque reconocía que llevaba un caballo como respaldo para esos trayectos.
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Las anécdotas con niños se convirtieron en parte habitual de su relación con la prótesis. Un menor lo vio pasar por un pasillo de hotel con muletas y sin la pierna artificial y preguntó en voz alta por qué los señores andaban sin pierna en ese lugar.
Otro niño, que tenía la costumbre de patear las canillas de los adultos, descargó un golpe contra la prótesis, quedó impávido ante la falta de reacción de Navarro Wolff y terminó llorando al haberse lastimado los dedos contra la estructura metálica.

Durante la guerra entre los sandinistas y la contra en Nicaragua, visitó hospitales donde atendían a soldados amputados por minas. Tiempo después supo que jóvenes amputados en un hospital de campaña lo veían como fuente de optimismo porque caminaba sin que su discapacidad resultara evidente. También hacía del baile una demostración personal de autonomía: decía que le encantaba la salsa y que disfrutaba “sacándole brillo al piso” cada vez que tenía oportunidad.
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El atentado mantuvo una dimensión política en el relato de Navarro Wolff. En una entrevista con El Tiempo aseguró que los compañeros identificaron al que le arrojó la granada y que años después lo reconoció entre el público de un acto político.
“Aquí veo entre el público a la persona que trató de matarme. Pero quiero decirle públicamente que está totalmente perdonado, que no se preocupe, que esa historia quedó atrás”, declaró entonces. Anotó que había pasado la página de su atentado.
La pérdida de la pierna no quedó, en su propio relato, reducida a una secuela del atentado. Navarro Wolff convirtió la prótesis en parte de su vida pública y privada, y presentó la experiencia como prueba de que la movilidad, el humor y la voluntad de seguir adelante podían sobrevivir a cualquier amputación.
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