Daily MaverickEx-Google DeepMind researcher adds to warnings that AI could ‘kill all humans’וואלהצה"ל חיסל את מפקד הפלוגה במטה המבצעים בחמאס, יחד מחבל נוסףESPNCeltics offseason recap and early-season preview: Tatum returns as the catalystRTP Desporto12h30 Benfica a 100% para Amorim, Ramos e Diego MoreiraPunchKenya to host 2029 World Athletics Championships in African firstThe Jerusalem PostPolice investigating threats against prominent Munich Holocaust survivor and AfD opponentInquirerWATCH: Ombudsman lawyer takes the witness standColliderMike Flanagan's ‘Carrie’ Could Officially Go Far Beyond Stephen King’s Original Story [Exclusive]SCMP ChinaChina mulls building nuclear-powered tank with 450km-range railgun in 2 decadesSouth China Morning PostChina bets on chips and AI in new 5-year road map to challenge US tech dominanceBusiness AMNieuwe nucleaire raket Sentinel bereikt belangrijke mijlpaal en is klaar voor testvlucht in 2027VarietyKurosawa Kiyoshi’s Cannes Title ‘The Samurai and the Prisoner’ Sells Wide for Charades (EXCLUSIVE)
The Daily Newsstand · Free, Always
Tuesday, September 15, 2026

Javier Aranda Luna: El gimnasio bíblico de Monsiváis

Translate

ay una paradoja magnética en la biografía intelectual de Carlos Monsiváis. El cronista insomne de la Ciudad de México, el crítico feroz del poder político, el gozoso y falso ateo que diseccionaba la iconosfera y la cultura popular, aprendió a leer –y a debatir– en el seno de una cultura protestante. Antes de ser el gran exégeta de la urbe, el jubiloso hermeneuta del cine, el minucioso cirujano que diseccionó las entretelas de la clase política, fue un niño que empuñaba la Biblia como una espada. Lo señala claramente en su autobiografía precoz: “Firmes y adelante, huestes de la fe”, himno marcial protestante para luchar contra el adversario.

Su formación no vino de la imposición escolástica, sino de una tradición que hizo del texto sagrado un campo de entrenamiento, un gimnasio intelectual, donde se forjó el lector más voraz y agudo de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

El protestantismo, a diferencia del catolicismo barroco y sacramental, es una religión logocéntrica. El principio de Sola Scriptura despoja al creyente de intermediarios y lo arroja desnudo frente al texto. En el principio era el verbo. No hay sacerdote que interprete por él; la salvación depende de su capacidad de leer, comprender y memorizar La Palabra. El gran cisma de la Iglesia católica, la Reforma protestante, tuvo ese principio. Lutero tradujo la Biblia al alemán para que cualquiera la leyera de manera directa. No es casual que los países de origen protestante sean los pioneros en la crítica literaria, en la lectura y en la democracia. Los países católicos empezaron a leer de manera masiva después de la revolución francesa, 271 años después de la Reforma protestante.

Para el joven Monsiváis, crecer en un hogar protestante en un México profundamente católico y conservador no sólo significó ser parte de una minoría, sino habitar un universo donde la letra impresa era el centro gravitacional de la vida. La lectura no era un pasatiempo: era la condición misma de la existencia.

En ese ecosistema, los concursos bíblicos de la escuela dominical de los “aleluyas” no eran un mero trámite. Eran torneos del ingenio, epopeyas de la memoria. La memorización de pasajes –los Salmos, las Epístolas, los Evangelios– no se hacían por obligación, sino por la recompensa de saber. Localizar versículos con precisión en el menor tiempo posible transformó a Carlos en un Google viviente. Ese era el ejercicio cumbre de los concursos, la esgrima bíblica: ese arte marcial del intelecto donde dos contendientes, tres, cinco, siete, toda una congregación, luchaban por localizar el libro, el capítulo y el versículo. Pero en la escuela dominical también se debatían doctrina, teología y moral. No bastaba con tener fe; había que saber argumentar, refutar, citar al oponente y contratacar con un versículo de Isaías o una epístola de Pablo.

Esa esgrima forjó el estilo que luego definiría su escritura: la agudeza del contrapunto, la ironía demoledora, la capacidad para desarmar un argumento con una cita fulminante. La Biblia le enseñó a leer intensivamente, a exprimir cada vocablo desde su etimología, como le enseñaron los cuáqueros, a buscar su sentido oculto y la contradicción. Cuando Monsiváis pasó de la teología a la literatura secular, no abandonó las herramientas de su niñez; simplemente cambió de arsenal. La memoria prodigiosa que le permitía recitar a Borges, a Góngora o los boleros de Agustín Lara era la misma que antes recitaba el Sermón del Monte.

El tránsito del dogma a la crítica fue posible gracias al “libre examen”, la premisa protestante de que cada individuo tiene el derecho y el deber de interpretar el texto por sí mismo. Monsiváis aplicó ese principio radical a la cultura. Se convirtió en su propio intérprete de la realidad, en un lector que se negaba a recibir la historia con devoción ciega. La lectura, que en su infancia era el camino a la salvación del alma, se transmutó en el camino a la salvación laica: la construcción de la memoria colectiva, la resistencia contra la amnesia histórica y la manipulación política.

Monsiváis solía decir que la lectura era el ingreso a la racionalidad, pero también a la fantasía. En sus concursos bíblicos aprendió que las palabras tienen poder, que la combinación de signos puede crear universos y destruir tiranías, por lo menos la de la estupidez. La cultura protestante le regaló el hábito de la disciplina lectora, pero también la rebeldía de cuestionar todo. El niño que ganaba medallas memorizando las genealogías bíblicas o los concursos de historia y geografía de Glostora, se convirtió en el adulto que diseccionó las genealogías del poder en México. “Te pareces tanto al PRI que no quiero ni pensarlo” (con música, naturalmente, de Juan Gabriel).

Leer para él nunca fue una materia de la currícula, ni una obligación académica, ni un mero pasatiempo. Fue, como la esgrima bíblica de su infancia, un deporte de contacto con la realidad. Una herramienta de resistencia.

View the original on La Jornada

KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.