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Saturday, September 19, 2026

Para seguir siendo protagonista de la propia biografía

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Cuando le preguntaba a mi abuela por qué sostenía un matrimonio tan difícil, me respondía con una pregunta: ¿y la costumbre? Para ella esa noción tenía un peso explicativo capaz de ordenar la vida y justificar incluso el malestar. A mí esa argumentación me sonaba extraña, como si en esa sola palabra se condensara un cambio de época.

El matrimonio ha ido perdiendo la legitimidad que imponía permanecer juntos más allá de la calidad del vínculo. El llamado “divorcio gris” designa las separaciones después de los 50 años y las investigaciones, tanto nacionales como internacionales, muestran aumentos notorios en edades cada vez más tardías.

Las razones son diversas: conflictos acumulados durante años, infidelidades, proyectos personales que se vuelven incompatibles o cambios vitales —como la salida de los hijos del hogar o la jubilación— que dejan más expuestas las dificultades de una pareja. La mayor longevidad agrega otro elemento: quedan muchas décadas de vida y aumenta la pregunta acerca de cómo se las quiere vivir.

Esto adquiere particular importancia en las mujeres. La mayor autonomía económica, los cambios en los roles de género y la creciente legitimidad de vivir solas hacen posible una decisión que, para generaciones anteriores, hubiese resultado social y materialmente mucho más difícil.

Divorcio. Foto ilustración Shutterstock.

En generaciones anteriores, se entendía el envejecimiento como un repliegue de los proyectos personales y una apertura hacia los familiares, hijos, nietos o cónyuges. Hoy se demanda —y muchas veces se desea— seguir siendo protagonista de la propia biografía, ya que la autonomía se convirtió en un valor, aunque también en un nuevo mandato. Por eso el divorcio gris no debería celebrarse ingenuamente.

Separarse después de décadas puede significar pérdida de patrimonio, modificación de vínculos familiares, soledad y necesidad de reconstruir redes. Lin y Brown (2021) encuentran consecuencias económicas especialmente importantes para las mujeres y señalan también efectos emocionales que pueden ser intensos, aunque no necesariamente permanentes. Después de décadas viviendo como parte de un nosotros, separarse exige algo más complejo que aprender a estar sola: supone volver a imaginar quién se quiere ser y de qué manera.

Pero el costo de una decisión no necesariamente la vuelve equivocada: “Quizás debería haber pensado más en las dificultades de empezar de nuevo a esta edad. Y también debería haber tomado esta decisión antes, pero por mis padres primero o por mis hijos después, se me hubiese complicado. Pero me animé, y aunque me costó, hoy lo valoro”, señala una mujer separada después de una larga convivencia. Tal vez allí se encuentre una de las claves del divorcio gris. No significa que la costumbre haya desaparecido ni que el amor se haya vuelto descartable. Permanecer juntos necesita hoy más razones que conservar intacta la vida construida y evitar cualquier decisión que genere riesgos. Una mujer me decía: “Yo antes pensaba que en la vida una cumple un ciclo y se terminaba. Ahora veo que no es así y que, a la edad que tengo, pude empezar de vuelta”.

Por esta razón, el foco de las investigaciones sobre esta temática también se ha desplazado: ya no miran solamente por qué terminan las parejas, sino cómo las personas intentan reconstruir sus proyectos. El verdadero cambio de época quizás sea ese: pasar de la costumbre como mandato a la posibilidad de elegir cómo vivir el tiempo que queda por delante.

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