Australes, rulos y conquista Mundial: viaje al River del desafío de los 80

El hombre ha evolucionado. En 1985, Emmett Brown necesitó un golpe en la cabeza, varias décadas de investigación, robarle plutonio a los libios y dilapidar la fortuna de su familia para retroceder unos 30 años en un auto DMC DeLorean del 82. Esta semana, en contraste, ChatGPT llevó fotográficamente al pasado a decenas de millones de adultos desde sus teléfonos móviles con la misma facilidad con la que les resuelve los trabajos de Biología a sus hijos...
Las mujeres de tupé voluminoso con track jackets o calzas multicolores estilo Jane Fonda o el Turco Mohamed, los hombres de mullet con sus lentes clippers tonalizados, bigote de Francella, campera de corderoy que les cubre remeras de Durán Durán, Queen o Virus. Los estereotipos que le enseñaron a la IA obviaron en parte a una pasión que miles de hinchas de River elegirían volver a disfrutar: la de la gloria de los 80.
Beltrán, a lo Pumpido (Imagen generada con IA).
Otamendi, ¿un Ruggeri de ahora? (Imagen generada con IA).
La primera Libertadores, la final ante el Steaua de Bucarest, los rulos de Ruggeri, el saco de pana del Bambino, la remera retro de Timoteo. Los tacos y compases perennes de Enzo Francescoli (¿o acaso nadie lo vio en los partidos homenaje, al uruguayo?). Los goles de Alzamendi, Funes y Luque. El eterno Beto.
¿Qué sería de este River de Leo Ponzio si se lo trasladara, vía prompt, cuatro décadas para atrás? Comparativamente, sería como el Milan. Nada de exageraciones: si nos guiamos por el valor adquisitivo que tenía el dólar estadounidense en 1986, por ejemplo, los u$s 68M que la Tesorería acordó desembolsar por los refuerzos del último mercado equivale a u$S 22,4 millones del año más glorioso del club.
Qué década de música, moda y australes...
Los ochenta. Tiempos de camisetas con el León de Caloi, sponsors menos invasivos, las tres tiras ya instaladas y el plan austral. Y de economías mucho menos potentes en el fútbol doméstico: hubiera resultado imposible que un club gastara en un mismo mercado lo que River puso en el último: el equivalente a 27 millones de australes. El salario promedio rondaba los 180. Y sí, todavía había centavos. Y se usaban para comprar alguna golosina en el Monumental, que llegó a ¡86.000! espectadores en la final de la Libertadores, pero que en promedio rondaba entre 30 y 50 mil hinchas cada finde.
¡Qué equipazo! (Imagen generada con IA).
El fútbol cambió mucho más que la economía, que tozuda elige seguir en su ecosistema de crisis. Pero este River tiene cosas de aquel del 86. Por ejemplo, un zaguero campeón del mundo con Argentina: una especie de Nico Otamendi de aquellas épocas teñidas de sepia era el firme e infranqueable Oscar Ruggeri. Tenía un #10 que agarraba la pelota y hacía magia, hasta goles con balones naranja como Norberto Alonso. A diferencia de Ángel Correa, que apenas lleva 45 días en el club, el Beto ya era una leyenda.
Eso sí: si River ahora se ufana de haber tenido de 2024 para acá a siete campeones de Qatar 22 -Franco Armani, Gonzalo Montiel, Marcos Acuña, Germán Pezzella, Nicolás Otamendi, Thiago Almada y Ángel Correa- los pósters de los 80 marcan un contraste a su favor. Porque sin necesidad de montajes de Inteligencia Artificial, por Núñez pasaron desde los que alzaron el título en el 78 hasta varios que la rompieron en el 86. Desde Alonso, el #1 por orden alfabético, de la primera estrella se pusieron la de River el Tolo Gallego, Mario Kempes, el Pato Fillol, Daniel Passarella, el Conejo Tarantini, Luque, Houseman y Oscar Ortiz. Y de la segunda, en Negro Enrique, Nery Pumpido y el propio Ruggeri. Deja vu: el buzo verde que usaba NP en el 86 le quedaría bárbaro ahora a Santi Beltrán.
Look de los 80 para Thiago (Imagen generada con IA).
Angelito no falla (Imagen generada con IA).
El banco de River era ilustre. Tanto que en él se sentó César Luis Menotti en la 88/89. Y el maestro Timoteo Griguol, y el Bambino Veira campeón de todo, y ni hablar de Don Ángel Labruna, el primer deté en tener su estatua y en dejar un legado imborrable.
Y con ellos, matices. El River campeón del Nacional 1981 y el que arrasó en 1986 coincidían en algo: no necesitaban vivir en el área rival. El de Alfredo Di Stéfano (otra gloria que no conoció el ChatGPT o Gemini pero resolvía con la pelota más rápido que ellos) se sostenía desde Fillol, Passarella y Gallego para liberar a los de arriba. El Tolo equilibraba, Passarella podía romper desde el fondo y Mario Kempes hacía el resto: potencia, conducción, remate y presencia en el área. El gol del título ante Ferro, atacando un centro de Vieta, fue la síntesis.
Leo Ponzio con el look de Timoteo Griguo, ¿te lo imaginás? (Imagen generada con IA).
Driussi, un goleador retro (Imagen generada con IA).
El River del Bambino Veira era más calculador. Podía ceder terreno porque ahí empezaba su negocio: Ruggeri aguantaba, Borelli corregía con velocidad. Recuperada la pelota, cambiaba la música. De Metallica a Soda Stereo. Héctor Enrique recorría, Roque Alfaro aceleraba el pase y Alonso, Morresi o Francescoli encontraban espacios. No era tirarla para arriba y encomendarse: había un contraataque pensado.
La diferencia estaba en cómo administraban sus armas. Di Stéfano tenía un equipo capaz de modificar registros y una referencia determinante en Kempes. Veira eligió una geografía más concreta: esperar, recuperar y salir, aprovechando perfiles como Funes para fijar, Alzamendi para correr y Francescoli para participar desde atrás. Gallego fue el puente entre ambos. Habría que preguntarle a la IA quién se parece más al Tolo de este plantel para hallar el secreto del equilibrio.
¿Cuánto necesita de aquel fútbol esta versión de Leo Ponzio? Varios matices para regresar a aquellos viejos buenos tiempos. A los que no alcanza con el ChatGPT para volver, sino tiempo de trabajo para carretear. No hay prompt que haga magia de un día para el otro un Retro Plate.
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