Educación: una causa con escasos activistas
Melina Furman parafraseaba, en Enseñar distinto, al investigador y pedagogo Axel Rivas cuando señalaba que, para producir cambios en educación, era necesario avanzar mediante un “efecto tenaza”: trabajar en políticas educativas, cambios estructurales y condiciones de trabajo de los docentes y, al mismo tiempo, concentrarse en políticas dirigidas a las escuelas y, puntualmente, a las aulas. Lo que ocurre allí es fundamental y, en general, es lo más descuidado. Puede haber buenos instrumentos de política, basados en teorías sesudas, pero si no tienen anclaje en el aula, pierden eficacia y terminan trastocando la equidad.
Por otra parte, los resultados educativos son consecuencia de muchos factores: condiciones de educabilidad, clima escolar, calidad de los docentes, equipos directivos consolidados e involucramiento de las familias y de las comunidades cercanas a las escuelas. Pero, como se esfuerza en clarificar Carlos Torrendell, también son fruto de singulares trayectorias educativas. Un estudiante es una historia de aprendizajes; por tanto, una evolución, un proceso que se construye en el tiempo.
Los resultados de PISA revelan un aspecto muy importante: las trayectorias evaluadas en Matemáticas y Lengua no cumplen con los objetivos esperados para la edad examinada. Son, en ese sentido, consecuencia de una historia escolar en la que las políticas no fueron lo que deberían haber sido. Son también, entonces, expresión de aquello que se viene haciendo mal. De allí su contraste con los resultados de Aprender, en los que se produjo una mejora en el nivel primario. Es razonable esperar que, de persistir políticas dirigidas al centro del aula, como las de alfabetización en curso, los resultados vayan mejorando, aunque sea al ritmo ralentizado de una sociedad atravesada por enormes dificultades sociales.
Este contraste permite comprender lo razonable que resulta acompañar las trayectorias educativas desde el primer ciclo de la primaria y sostener la labor docente durante todos los niveles. Se necesitan más apoyos en cada uno de ellos, especialmente en el secundario, donde las estadísticas son negativas. Es un trabajo de relojería, pero también profundamente humano, dado que en el centro están los docentes y sus estudiantes.
La desazón y la desmotivación docente no están originadas solo en sus condiciones de trabajo
Los cambios se producen allí, en ese espacio que en alguna época llamábamos salón. La desazón y la desmotivación docente no están originadas solo en sus condiciones de trabajo –que deben mejorar–, sino también en el olvido que las políticas han tenido con ellos, en la ausencia de acompañamiento y en la distancia de la gobernanza educativa respecto de su trabajo cotidiano. Sin incentivos de carácter moral (reconocimiento, valoración, confianza) y políticas de acompañamiento, difícilmente los resultados podrán mejorar. La evidencia local de que esto es así se encuentra en los cambios que ya se están produciendo en el nivel primario.
Pero hay algo que podría producir efectos más rápidos: una dirigencia que primero se informe sobre el tema, luego se comprometa y que, a partir de allí, sugiera ideas capaces de convertirse en políticas articuladas bajo aquel “efecto tenaza”. Pero esto no parece suceder. Solo se repiten reacciones efectistas, carentes de datos y de contexto, que agudizan aún más el problema y arrojan sombras ignorantes sobre algunas luces que parecen estar encendiéndose.
No hay activistas en el mundo político para la causa educativa y es una pena. Eso hace que buenos funcionarios, especialistas, directivos y docentes trabajen en soledad, expliquen lo obvio, no sean valorados y queden sometidos a la velocidad sin sentido de las redes y los sets televisivos. El educativo es un sector cuya tarea es cotidiana, silenciosa y humana, y que se mueve entre la ciencia y lo artesanal. Hay allí, entre esos mundos, una fisura que, por el momento, parece insalvable. Y es, quizá, la grieta más deficitaria y trágica que nos ufanamos en profundizar.
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