Un lugar tranquilo

Esto no es una pipa... ni un manifiesto en favor de la vida slow. Quién pudiera. Yo no, al contrario: la velocidad es mi medio; una frenética a consciencia, me señalan, aunque nadie vaya a creer que sin costos ni culpas (con cierta frecuencia, suelo reflexionar sobre el tiempo, que pasa en una única dirección, irreversible). Digamos que admito claudicar ante la multiplicidad de tareas y el cumplimiento de exigencias rápidas; menos aún me resigno al deseo de la ubicuidad. Es un comportamiento contemporáneo, entiendo. Pero la urgencia permanente no, eso es otra cosa, a ese sentimiento lo rechazo: en los extremos del día (y de la noche), procuro reservar pequeños espacios que en algo se parezcan, metafóricamente hablando, a “un lugar tranquilo”. Una práctica consciente, un paréntesis de lectura.
Justamente sobre “contar con tiempo para imaginar”, “hacer algo que nos importe de verdad” y “la importancia de tener un quiet place” hablaba hace unos días en Buenos Aires la escritora Claire Keegan, en una generosa conversación que brindó en el Festival Internacional de Literatura FILBA. Reconozco un primer efecto sorpresa que me produjo la irlandesa, sentada en el centro del escenario del Malba junto a una traductora que merece todos los laurales del rubro (pregunté su nombre: Paula Vasile): “¡Qué bueno que se detenga a pensar antes de decir precisamente lo que quiere expresar”, comenté después de escuchar a la autora de Cosas pequeñas como estas dirigirse durante casi dos horas a un auditorio repleto. Y para cuando creí sobreactuar (“¡Con qué poco nos conformamos!”), el llamado de atención ya había cumplido su efecto, mostrar cuán acostumbrados estamos a escuchar entrevistados de respuestas rápidas, espasmódicas, provocadoras. Entre otras cosas, esa mañana Keegan decía que todos tenemos dos vidas: una que nadie conoce es la que vivimos cuando leemos.
Al día siguiente, lluvia otra vez, vino Emmanuel Carrère. Dos filas más atrás, la charla volvió a marcar un ritmo ligeramente más ágil que un adagio (digo esto sobre alguien que califica musicalmente a sus libros: Limonov, por ejemplo, le parece un allegro vivace). Sabroso escarmiento para desenfrenados el de encontrarse a gusto cuando alguien cambia la sintonía sin previo aviso. El francés jugó el juego que le propuso su interlocutor, el periodista Javier Sinay, quien sin disimular su admiración quiso correrle el velo a la mesa de trabajo, a la caja de herramientas y al método del autor de El Adversario, de De vidas ajenas, de V13, de tantos libros hasta el último, Koljós. Pero muy lateralmente, empezó por Yoga y lo hizo ir por un lugar inesperado, preguntándole por las artes marciales antes que por su escritura. “No se olviden de que el tai chi es para matar”, arrancó Carrère contando la anécdota del maestro que un día, en diez minutos y dos respiraciones, hizo una demostración que dejó a todo un grupo obnubilado antes de soltar aquella sentencia inolvidable y fatal.
Sin expectativa de usarlo como un arma (tal vez como un blindaje) recalé en una variante abreviada, doméstica y mediatizada de esa disciplina que hoy llaman “caminata de tai chi”. No espero ninguno de los efectos milagrosos que prometen los anuncios publicitarios de estas apps, apenas la uso para exigirme a destinar una mínima porción de tiempo, todos los días, a una rutina que no deje entrar ninguna distracción. Esta mañana, la voz que dicta los ejercicios me advierte antes de comenzar: “Hay una verdadera libertad en ir despacio, así que tómate todo el espacio y el tiempo que necesites”. Lo que no sabe ella, la chica IA, es que una catarata de mensajes de WhatsApp invadirá su imagen de gurú oriental en la misma pantalla donde imparte la clase de nueve minutos. ¡Y eso que el reloj todavía no marca las 8AM! De pronto, recuerdo al maestro Shifu de Carrère: “El tai chi es para matar”.
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