El escudo que nos falta

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Chile y otros doce países firmaron una declaración conjunta como miembros del Escudo de las Américas. Cada uno tendrá su opinión sobre la iniciativa y es legítimo. Pero hay algo que nadie puede discutir: cuando existe voluntad política, la región sí logra compartir información y coordinar capacidades frente a un problema común. Eso, en sí mismo, es una buena noticia.
Lo que me inquieta es todo lo que no hacemos con esa misma energía. En ciencia, tecnología e innovación seguimos actuando como si cada país estuviera solo, cuando nuestros problemas no entienden de fronteras. Ni la crisis hídrica, ni los incendios, ni las enfermedades transmitidas por vectores, ni la disputa por los minerales críticos. Y menos aún el crimen organizado, que hoy usa tecnología más sofisticada que muchos Estados.
Hay una ironía incómoda en todo esto. Las redes criminales no esperan cumbres ni comisiones: comparten rutas, tecnología y recursos a través de las fronteras con una agilidad que a los Estados nos cuesta imitar. Mientras tanto, nuestros investigadores compiten por fondos escasos, cada uno en su país, a veces sin saber que al otro lado de la cordillera alguien estudia el mismo problema.
Los números explican por qué esa soledad nos sale cara. Según RICYT y la OCDE, América Latina invierte el 0,60% de su PIB en investigación y desarrollo. La OCDE destina 2,7%, y Estados Unidos, socio principal del Escudo, 3,45%. Chile está en 0,41% y aporta apenas el 3% del gasto regional. La región completa suma solo el 4,4% de la I+D mundial. Dicho sin rodeos: por separado somos irrelevantes. En conjunto, no.
¿Cómo sería un escudo científico? Veo tres piezas. Primero, un fondo multinacional con desafíos claramente definidos y evaluación compartida, para que el dinero persiga problemas y no banderas. Segundo, interoperabilidad de datos e infraestructura: que laboratorios, observatorios y bases genómicas de un país puedan servir a investigadores de otro. Tercero, compra pública conjunta de innovación, para que lo que se crea en la región tenga mercado en la región. Sin demanda, la mejor idea termina emigrando.
Nada de esto exige inventar la rueda. Ya existen instrumentos de cooperación, pero operan con presupuestos marginales y sin mandato político. Son gestos de buena voluntad, no política de Estado: falta convertir la cooperación en compromiso, con recursos, reglas y metas. Y la diferencia importa: la buena voluntad depende de quién esté de turno; una decisión de Estado sobrevive a los gobiernos.
Tampoco se trata de elegir entre defendernos y desarrollarnos, como si fueran causas rivales. La ciencia también es una forma de defensa: frente a la sequía, al fuego, a los virus y a quienes delinquen con mejor tecnología que la nuestra. Una región que no produce conocimiento termina comprándolo, y quien compra, depende. No es un lujo académico: es seguridad.
Si somos capaces de coordinarnos para defendernos, deberíamos serlo también para desarrollarnos. Las declaraciones se firman en una tarde; las capacidades se construyen durante años. Por eso conviene empezar ya. La pregunta no es si podemos. Es si queremos.
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