Eduardo Levy Yeyati: “Con expectativas disminuidas, hoy esperamos menos del país”

Subsuelo, la novela que Eduardo Levy Yeyati –economista, docente, narrador, ex funcionario– acaba de publicar, alude desde el título a algo más hondo que un mero bajo tierra: se sumerge en lo ultraterreno de un modo maldito que juega con los tiempos, las voces, la identidad, el rescate de alguien querido y la transformación siniestra de los espacios y las almas. No parece casual que todo ocurra en la Argentina, en el diciembre espeso de 2001. Su autor viene de presentarla ante un auditorio nutrido en una librería de Palermo donde, así como en esta charla, confrontó el clima social de esos días con el actual: si en la noche de las cacerolas y el helicóptero teníamos la sensación de estar precipitándonos hacia algo desconocido, hoy, en cambio, hay una diferencia sustancial: lo que impera es un desánimo escéptico.
La ucronía –así la define Levy Yeyati–, que hunde a su protagonista en unas terroríficas entrañas porteñas conectadas por sus históricos túneles, conecta con aquel “sentimiento de víspera y de aprehensión” que vivimos los argentinos al despuntar el siglo XXI, y lo hace en un escenario muy reconocible, como por ejemplo San Telmo y el Sheraton de Retiro.
La perspectiva novelística libera a Levy Yeyati de los rigores específicos que le exigiría un paper académico. Subsuelo exhala color social: la trama fantástica llega enmarcada por el alma colectiva, el “ser nacional”, que asoma en su prosa; desde los diálogos y modismos de sus personajes hasta cuando menciona una esquina y, al hacerlo, evoca una idiosincrasia.
Otro 2001, pero no el argentino, sino el que proyectó el cineasta Stanley Kubrick en 2001. Odisea espacial –donde la inteligencia artificial HAL 9000 entra en conflicto con los tripulantes por el control de la nave– se impone en la conversación con el autor, que además de cinéfilo es, a su vez, profundo conocedor e indagador del mundo de la inteligencia artificial.
La conversación con el narrador y economista giró en torno de Subsuelo –que, aunque acaba de publicarse, fue concebida y comenzada hace veinte años– y de sus novelas previas, pero también de la política local, de su paso por la función pública y, por supuesto, de la hoy tan temida y adorada IA.
–Subsuelo empieza con finta: narra en primera persona quien parece ser varón, sin que el pronombre masculino aparezca hasta avanzadas las primeras páginas. ¿Es un amague deliberado o una lectura que hacemos con sesgo de género?
–En realidad, en la primera versión, el protagonista era un hombre, un personaje como de novela negra. Un hombre abandonado a su destino, que ya no esperaba mucho de la vida y pensaba en un viaje con la ilusión de fugarse de una realidad que no soporta. Pero a medida que avanzaba, la novela se fue convirtiendo en una suerte de historia órfica en donde alguien baja a los infiernos, no a rescatar a su esposa –Eurídice, en el mito– sino a su hijo. Y esa relación pedía una mujer, una madre a la vez frágil y resiliente, que sacara fuerzas de donde no hay. Y quedó, sí, un registro ambiguo. Aproveché que venía de una construcción masculina, así que esa ambigüedad fue deliberada. A ella la veo como un personaje a mitad de camino: tiene características masculinas, pero también algo que yo atribuyo a lo femenino, como la posibilidad de encontrar fuerzas donde a priori uno pensaría que toda solución es imposible.
–La contratapa describe a Subsuelo como un “thriller gótico”, subgénero que se asocia a Mariana Enríquez, Luciano Lamberti o Samanta Schweblin.
–La novela tiene aspectos de thriller o de policial, porque hay una desaparición, hay una investigación, una búsqueda y personajes misteriosos sobre los cuales vas aprendiendo a medida que avanzás en la trama. Y hay varios personajes, pero fundamentalmente dos –la protagonista y otro– que parecen extraídos de alguna novela neo–noir. El relato es gótico en cuanto a que toma aspectos como los túneles, el subsuelo, la nocturnidad. Pero también algo de un nuevo terror, más bien psicológico: el de Casa de hojas, por ejemplo. O, en cine, el ambiente de Backrooms, Barbarian, o Weapons, donde campea un sentimiento de inquietud, de aprehensión. No hay un monstruo, sino el terror de lo ominoso. Los habitantes de este subsuelo generan en particular una clase de inquietud respecto de “el doble”; aquello parecido a nosotros, pero no humano; similar, pero no exactamente lo mismo: lo siniestro.
–Sabemos que empezaste a escribir esta historia hace 20 años y que transcurre en un ucrónico 2001 porteño…
–Una novela es un animal complejo: yo quise contar dos historias, una en primer plano y otra en segundo, un poco cinematográficamente. En el cine vos tenés algo que está pasando en foco, pero el director espera que adviertas, desenfocadas, cosas importantes o incluso más importantes que las primeras. En el terror se usa mucho eso, y la idea fue que convergieran esos dos niveles al final. En esa dinámica, el segundo plano era el lento deterioro, la degradación social, la sensación de caída de la sociedad argentina a medida que te acercabas al final de ese año. La inquietud de la historia del primer plano resuena en una incomodidad familiar para quienes sentimos el peligro en ese diciembre; en indicios del segundo plano, en cosas que pasan en la ciudad: una imagen en el televisor, pistas que uno va reconstruyendo sin necesidad de hablar del año, hasta que uno entiende que, claro, eso es 2001. Y entonces se conectan una imagen común y colectiva con una historia fantástica e inventada. Confluyen en una suerte de clímax terrorífico.
–¿Encontrás paralelos entre el actual momento social y político y el 2001 real?
–Más que paralelos, hay un contraste. Porque 2001 es, en realidad, el final de los 90, época en la que se había generado una expectativa finalmente hecha trizas. Hoy, 25 años después, no logramos volver a generar esa expectativa. Por eso, diría que en 2001 sufrimos un gran desencanto, una gran frustración. En cambio, en 2026 estamos en una situación de expectativas disminuidas. Esperamos menos del país. La no validación de las promesas políticas genera indiferencia, ya no la bronca y la angustia de 2001. Por supuesto, estoy generalizando, pero me refiero a una sensación muy latinoamericana, al “es lo que hay, esto es lo que va a haber, el país es así, no va a cambiar, nada va a cambiar”. El sentimiento, creo yo, es que no va a haber una crisis terminal ni una transformación para bien. Tampoco vamos a tener aquello que nos prometían.
–No ves entonces un clima de abismo social, económico o político, comparable entre ese momento y el actual.
–No. Veo un clima de estancamiento y muchas cuestiones insatisfechas. La sensación de un lugar donde ya no hay mucho para hacer, no en el sentido de “ya llegamos”, sino más bien de “¿Y qué? ¿Esperabas algo más?”.
–En algunas entrevistas recientes comparás ficción (literaria) y función (pública). Fuiste funcionario entre 2016 y 2018. ¿Cuánto tiene de ficción la función pública?
–No mucho. Finalmente es un trabajo rutinario como muchos otros. La función pública no es como The West Wing, la serie aquella medio rosa, en donde había gente buena y gente mala, ni tampoco House of Cards. Sí es cierto que cada protagonista tiene agenda propia, y el interés general surge de la interacción entre las agendas personales que, a veces, accidentalmente, coinciden con la agenda pública. Pero no necesariamente es una ficción: es gente que tiene otros intereses que van como en paralelo a la gestión. Si tu pregunta es si están todo el tiempo pensando “¿cómo podemos hacer el bien, cómo podemos mejorar e incidir en la realidad?“, la respuesta es no. Por eso hay, como te decía antes, desinterés o indiferencia con relación a la política. La gente advierte que quienes están a cargo tienen otras cosas en la cabeza, que están ahí en función de otros objetivos. Ahora, en términos de registro, la función pública o la política son sumamente realistas, en un registro costumbrista, si se quiere. Es un ámbito muy poco literario. Mientras que la ficción, o la ficción como yo la interpreto, es más bien una fuga, es totalmente antirrealista, por más que trate de engañarte con referencias concretas.
–Hablemos de la IA, que es un tema sobre el que investigás y escribís. El CEO de Anthropic, Dario Amodei, pidió frenar su avance advirtiendo que un ataque de agentes de IA autónomos podría tomar el control de Internet. Otro experto alertó que hay un 10% de posibilidades de que, por esa causa, desaparezca la raza humana en la próxima década. ¿Estamos en una época terminal? ¿Deberíamos alarmarnos?
–Empecemos por decir que esos agentes no se salieron nunca de control, en el sentido de que hayan decidido hacer algo “por su cuenta”. Les dieron una orden y encontraron un camino alternativo porque los límites de lo que se llama el sandbox o el perímetro de experimentación donde estaban supuestamente cercados tenían agujeros que usaron para cumplir el objetivo indicado. Y nadie tomó el recaudo explícito de cerrar esos caminos, de decirles a esos agentes “esto no lo pueden hacer”. Delimitar esas opciones es parte de lo que llamamos alineación. El problema es, precisamente, que hay demasiados caminos por los cuales el agente puede hacer algo. Algunos de ellos resultan potencialmente peligrosos y el programador quizá no tiene la capacidad de preverlos todos como para “cerrárselos” de antemano. Por eso, cuanto mejor y más autónomo sea el agente, más complejo es limitarle esos caminos, decirle “cumplí tu objetivo pero no hagas esto, ni esto, ni esto otro…”.
–Entonces, ¿la instrucción debería ser extraordinariamente específica en cuanto a los “caminos prohibidos”?
–Sí. Hay que ser muy cuidadoso en cómo se construye el perímetro en el cual se puede desenvolver el agente. Porque si no –esto ha sido estudiado desde antes del auge de la inteligencia artificial– podrías enfrentar algo que se ilustra con el llamado “problema del clip”. El filósofo Nick Bostrom hacía el siguiente experimento mental: si programás a una máquina todopoderosa cuya única misión es construir clips sacando hierro de donde sea, en algún momento, esa máquina, o ese algoritmo, podría ir por el hierro en el cuerpo de los seres humanos cuando se le acabe el hierro de las cosas terrestres.
–Allí aparece el fantasma de otro 2001: el de A Space Odyssey, que narró Kubrick en su película de 1968. Allí quien se rebela es la supercomputadora HAL 9000 contra los astronautas.
–Ese es un caso que suele ser mal interpretado: se piensa en una supuesta rebeldía de HAL, pero en realidad esta no se rebela contra los tripulantes. Ni siquiera pretende sobrevivir por ella misma. Es, efectivamente, un agente de inteligencia artificial que tiene un objetivo: llevar la nave a Júpiter. Cuando entiende que hay una chance de que los astronautas la desconecten, piensa “esto impide que yo llegue a mi objetivo, tengo que eliminar lo que lo impida”. Entonces vuelve a ser un problema de alineación: ella está programada para algo. Si hubiera tenido programadas las leyes de Asimov (“Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño”, etcétera) esa situación no se hubiera presentado. No es un problema de rebeldía, sino de mal alineamiento.
–Es importante esto. Porque la fantasía es que las IA van a intentar sobrevivir ellas por mandato existencial, lo que equivale a suponerles una conciencia.
–Precisamente: esa fantasía está alimentada por las mismas personas que dan el alerta. Y ahora hay toda una discusión sobre si estas alertas son espontáneas o interesadas. Cuando, por ejemplo, miembros o exmiembros de Anthropic piden una suerte de regulador o árbitro externo de estos modelos y proponen en ese rol a METR [organización con sede en Berkeley, California, sigla correspondiente a Model Evaluation and Threat Research en inglés, o Evaluación de Modelos e Investigación de Amenazas] financiada por accionistas de Anthropic, la pregunta es qué tan independientes son estos árbitros. No sé si es cierto, pero hay todo un debate acerca de si Anthropic da el alerta porque no quiere que entren más competidores que los que ya están en el negocio. A veces suena exagerado que se hable de superinteligencia en rebelión contra los humanos, cuando en realidad esos accidentes los provocan agentes programados con problemas de alineación.
–En tal caso, ¿la estrategia sería generar un fuerte temor global para así cartelizar el mercado de IA?
–Es una posibilidad, porque así generás condiciones de acceso que solo algunos pueden satisfacer. Cuando hay una competencia tan descarnada, parece lógico que quien va quedando rezagado pida una pausa. Si uno analiza históricamente la historia de esta discusión y de estos pedidos de pausa, ve que Elon Musk ya los pidió cuando estaba atrás y necesitaba construir su infraestructura de cómputo. Ahora lo pide Amodei en un momento de fuerte competencia con OpenAI. Hay cuestiones que no tienen que ver con que el mundo se acabe dentro de un año; las advertencias y los pedidos de pausa no son nuevos. OpenAI viene alertando desde 2018 y ya en 2019 pausó la liberación de GPT–2. Lo que vienen diciendo abiertamente es: hay que ir más despacio, esto puede ser muy peligroso. Y eso es cierto, en tanto exista ese riesgo de mala alineación de los límites específicos con que se diseña el alcance de una IA. Pero detrás de eso también hay una puja de intereses.
–Y en ese marco, ¿cuáles serían los peligros concretos para nosotros, los usuarios?
–No tienen que ver tanto con el hecho de que haya agentes libres haciendo estragos, sino con que el poder de estas tecnologías se puede aplicar para el ciberdelito, la construcción de armas, la violación de propiedad e información privada. Estos modelos van a tener la capacidad de hacer cosas que a priori uno querría evitar. Pero hay una carrera entre compañías y, a su vez, una carrera geopolítica entre Estados Unidos y China. Trump ha dejado claro que no quiere hacer una pausa y quedar rezagado.
–Trump acaba de denunciar “una conspiración enfermiza a favor de China” por parte de las grandes tecnológicas. Básicamente, un complot contra él…
–Es que cuando Anthropic le dice a Estados Unidos “no quiero que utilices la IA para armas autónomas”, el gobierno estadounidense, y Trump en particular, responde amenazando con poner a la compañía en una lista gris de las “potencialmente peligrosas”. Es decir, contraataca diciendo: te voy a castigar si no me das lo que quiero. Cuando ahora Amodei, secundado por Altman y por Musk, llama a reducir un poco la velocidad, creo que lo hace porque, entre otras cosas, está chocando con la capacidad de cómputo. Fijate que cada vez es más difícil acceder al cómputo, están poniendo límites.
–¿Qué significa acceder al cómputo?
–Obtener las respuestas. Todos estos modelos computan las respuestas que te dan en tiempo real; eso implica un montón de procesos ocurriendo todo el tiempo en simultáneo en data centers. Cuanto más se usan y más complejos son los modelos de IA, necesitás data centers más grandes, necesitás energía y otros insumos, agua, tierra, inversión. Por eso estas grandes compañías están todo el tiempo tomando deuda para invertir en mayor capacidad de cómputo. Dicho de otro modo: el pedido de un parate sí refleja un riesgo real, pero sale a la luz cuando las compañías necesitan reconstruir la capacidad de cómputo, y si siguen sacando modelos cada vez más intensivos en cómputo, van a chocar contra una pared de su capacidad de cómputo y van a empezar a restringir el uso. Vas a tener ventanas más cortas o más caras; te van a cobrar más para que uses menos. No para que uses lo mismo y pagues más, sino para que uses menos, porque no van a dar abasto.
–¿Cómo juega la política global frente a esto?
–Bueno, los planes de las compañías respecto de su capacidad o emisión de acciones pueden chocar, como ocurre, contra la política de los Estados. Cuando los tres grandes referentes de IA piden reducir la velocidad, Trump les dice “no, de ningún modo, si nosotros paráramos, ganaría China”. Las agendas en ambos casos son específicas, de los Estados o de las compañías, pero el hecho es que hay dos agendas separadas. Una de ellas es la carrera entre Estados Unidos y China por imponer la tecnología de referencia. Y creo que finalmente esa carrera va a terminar en dos bloques de tecnologías distintas. Con las compañías es menos predecible todavía.
–¿Y por qué dan estas batallas a cielo abierto? ¿Por qué esta gestualidad lanzada a la opinión pública?
–Es una manera de coordinar, porque estas compañías compiten: “Si vale la pena, mejor paremos”, dicen, pero, como en el dilema del prisionero, ninguna va a parar sola y dejar que el resto la supere. Además, no pueden decidir esto a puertas cerradas; dependen del mercado para financiar inversiones enormes y eso exige transparencia sobre sus planes. Por sus valuaciones y por cómo influyen en el mercado accionario americano tienen que tener un motivo claro, visible y consensuado; si no, podrían generar, por ejemplo, un derrumbe en la bolsa.
–La posibilidad de que puedan adquirir una especie de conciencia propia e indómita no está en el horizonte.
–No. No hay consenso entre los especialistas en cuanto a que, en el corto plazo, los agentes de IA vayan a tomar el mundo y a provocar el caos. Cabe preguntarse, entonces, si mucho de lo que el alarmismo dibuja –o el escenario que el alarmismo ofrece– no está siendo exagerado por cuestiones que tienen más que ver con la psicología de los protagonistas o las necesidades de las compañías.
–El tema de las IA se inscribe en un auge de las distopías narradas en libros, en películas, en series como Black Mirror, Severance o Years and Years. ¿Esta época es distópica por excelencia o todas las épocas lo fueron en su percepción subjetiva?
–La distopía atrae mucho como relato. Provoca un efecto psicológico muy distinto al que provoca algo que podría ser subsanable. Desde la Biblia hay distopías que son muy atractivas para la ficción en particular. Esa tentación distópica es atrapante, pero además permite pensar escenarios de baja probabilidad, los que nunca te tomás la libertad de configurar cuando hablás “en serio”. Precisamente, ahora estoy escribiendo una serie de cuentos asociados al cambio tecnológico como una forma de abordar las cosas que descarto, por su baja probabilidad, en mis textos más ensayísticos. Y digo “bueno, liberemos la imaginación, ¿qué podría pasar?”. Esa sensación de vértigo alimenta, creo, la fascinación por las distopías.
Entre el ensayo y la ficción
Eduardo Levy Yeyati se graduó como ingeniero civil en la UBA y se doctoró en Economía en la Universidad de Pennsylvania.
Su campo de estudio es el cambio tecnológico, el futuro del trabajo y el desarrollo.
Es profesor plenario de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), fundador y director académico del Centro de Políticas Basadas en la Evidencia (CEPE-Di Tella), investigador principal del Conicet y profesor visitante de la School of Public Affairs de la London School of Economics.
Fue decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT, asesor senior y director fundador del programa Argentina 2030 en la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Argentina, director del Banco de Inversión y Crédito Comercial (BICE), economista jefe y gerente de Política Monetaria y Financiera del Banco Central de Argentina, entre otras posiciones.
Es autor de Automatizados: Vida y Trabajo en tiempos de inteligencia artificial (junto a Darío Judzik), entre otros ensayos; acaba de publicar Subsuelo (Planeta), su cuarta novela.
Creó y condujo Tasas Chinas en Radio UBA, Porvenir en la TV Pública (premio Fund TV, 2018) y Pensar Distinto (TN).
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