Arqueólogos recorren 1.500 kilómetros de un inmenso desierto y descubren por qué los humanos lo evitaron hace 100.000 años
Un estudio publicado en Nature revela por qué nuestros antepasados apenas dejaron huellas en un inmenso desierto de Arabia que hace 100.000 años estaba salpicado de lagos.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hace miles de años, cuando buena parte de la península arábiga estaba cubierta de lagos y praderas, nuestros antepasados encontraron lugares aparentemente ideales para establecerse. Había agua dulce, vegetación y animales de los que alimentarse. Sin embargo, algunas de aquellas regiones permanecieron prácticamente deshabitadas. ¿Por qué nuestros antepasados renunciaron a unos territorios que parecían reunir las condiciones necesarias para sobrevivir? Una investigación publicada en la prestigiosa revista Nature acaba de aportar una explicación que obliga a reconsiderar lo que sabíamos sobre las primeras migraciones humanas.
El estudio, dirigido por Rudolf W. Dellmour, de la Universidad de Viena, junto con investigadores de la Universidad del Algarve y otras instituciones internacionales, señala un recurso que hasta ahora había recibido mucha menos atención que el agua: la piedra. Y no cualquier piedra, sino aquella que podía tallarse para fabricar herramientas con las que cortar carne, trabajar materiales o preparar otros utensilios imprescindibles para la vida cotidiana.
La investigación se ha desarrollado en el Rub al-Jali, también conocido como el Cuarto Vacío, una gigantesca extensión de dunas situada en el sur de la península arábiga. Con unos 650.000 kilómetros cuadrados, constituye el mayor mar de arena continuo del planeta. Hoy es uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra, pero durante determinados periodos del Pleistoceno ofreció un paisaje extraordinariamente diferente.
Los investigadores sostienen que la disponibilidad de agua, considerada tradicionalmente uno de los principales factores que condicionaron los desplazamientos humanos, no basta para explicar dónde se establecieron las poblaciones prehistóricas. La geología del terreno también desempeñó un papel decisivo.
Un desierto que hace 100.000 años estaba lleno de lagos
Para comprender el alcance del descubrimiento debemos retroceder hasta una época en la que el clima de Arabia era considerablemente más húmedo. Durante distintas fases del Pleistoceno, las variaciones de la actividad monzónica favorecieron la aparición de lagos, humedales y extensiones de vegetación en territorios que actualmente están dominados por la arena.
Aquellos episodios dieron lugar a lo que los especialistas denominan Arabia Verde, un conjunto de paisajes que pudo facilitar la expansión de diferentes poblaciones humanas fuera de África. De hecho, yacimientos como Jebel Faya, Mundafan o Umm al Sha'al demuestran que nuestros antepasados ocuparon diversas regiones de la península durante esas etapas favorables.
Pero había una contradicción que los arqueólogos no habían conseguido resolver. Mientras los márgenes del gran desierto conservaban numerosos testimonios de actividad humana, su inmenso interior apenas ofrecía evidencias arqueológicas. La existencia de antiguos lagos hacía pensar que también debería haber acogido asentamientos.

Para investigar esta anomalía, un equipo internacional recorrió aproximadamente 1.500 kilómetros a través del Rub al-Jali. Durante la expedición examinaron 125 localidades, prestando especial atención a los depósitos sedimentarios relacionados con antiguos sistemas lacustres de entre unos 122.000 y 67.000 años de antigüedad.
Encuentran 55 antiguos lagos, pero ninguna herramienta humana
Los resultados del reconocimiento sobre el terreno fueron reveladores. En 55 de las localidades estudiadas aparecieron evidencias de antiguos lagos, incluidos sedimentos característicos de ambientes acuáticos, conchas de moluscos de agua dulce y fragmentos de huevos de avestruz.
Todo indicaba que aquellos paisajes habían reunido condiciones ambientales bastante más favorables que las actuales. Sin embargo, los investigadores no encontraron herramientas de piedra ni otros materiales arqueológicos que permitieran identificar ocupaciones humanas.
La ausencia resultaba especialmente llamativa porque la visibilidad del terreno superaba el 95 %. Los investigadores podían distinguir pequeños restos naturales sobre la superficie, por lo que las piezas líticas, de haber estado expuestas en las zonas examinadas, habrían tenido muchas posibilidades de ser detectadas.
La explicación comenzó a tomar forma al analizar las características geológicas del desierto. En buena parte de su interior predominan formaciones sedimentarias que no proporcionan rocas adecuadas para fabricar herramientas mediante talla. Los materiales aprovechables se concentraban fundamentalmente hacia los extremos de la ruta investigada.
A esto se añadía otra circunstancia importante: muchos de aquellos lagos recibían agua subterránea. A diferencia de los sistemas alimentados por ríos, no existían corrientes capaces de transportar desde otras regiones cantos y fragmentos de roca útiles para los grupos humanos.
El hallazgo que cambia nuestra visión de las migraciones prehistóricas
Para comprobar hasta qué punto esta escasez había condicionado los asentamientos, los científicos desarrollaron un modelo espacial que combinaba la proximidad al agua con la distribución de las rocas apropiadas para fabricar utensilios.
Posteriormente contrastaron sus resultados con centenares de yacimientos conocidos del Paleolítico medio y la Edad de Piedra Media africana. La coincidencia fue significativa: los lugares con evidencias de ocupación se concentraban especialmente donde ambos recursos estaban disponibles.

El análisis reveló que aproximadamente el 57 % del territorio de la península arábiga considerado accesible al agua se encontraba sobre formaciones geológicas que carecían de piedra apropiada para la talla.
La importancia de este dato resulta evidente al considerar las necesidades de aquellos grupos. Aunque podían transportar herramientas durante largas distancias, mantener una ocupación prolongada exigía disponer de materias primas suficientes para fabricar, reparar y sustituir los utensilios que utilizaban constantemente.
El descubrimiento también ayuda a explicar por qué determinadas regiones quedaron al margen de las principales rutas de dispersión humana, incluso durante las fases climáticas más favorables. Arabia Verde no habría sido un territorio uniformemente habitable, sino un conjunto de espacios separados por extensiones donde faltaban recursos esenciales.
Los autores advierten, no obstante, que futuras investigaciones podrían identificar ocupaciones esporádicas en el interior del desierto. La ausencia de hallazgos en esta expedición no demuestra que ningún ser humano atravesara jamás aquellos territorios.
La investigación abre así una nueva perspectiva para estudiar la prehistoria. Durante décadas, los científicos han reconstruido las migraciones humanas siguiendo principalmente las huellas del clima y del agua. Ahora, las piedras que nuestros antepasados necesitaban para sobrevivir podrían ayudar a comprender por qué eligieron determinados caminos y descartaron otros.
Referencias
- Dellmour, R. W., Coco, E., Samawi, O., Al Kindi, M., Al Mahrooqi, A., Bebber, M. R., … Rose, J. I. (2026). Stone and water governed early human settlement of the desert. Nature. doi:10.1038/s41586-026-11180-5
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