En el centenario de John Coltrane
Hace tres días se cumplió el centenario de un gigante: John Coltrane (23 de septiembre de 1926-17 de julio de 1967). Entre las muchas celebraciones, la que encabeza Branford Marsalis es la mejor fiesta posible. Se trata del álbum homenaje titulado Dedicated to You, con la cantante Dianne Reeves y el Cuarteto de Marsalis, quienes revisitan una reliquia discográfica: John Coltrane and Johnny Hartman, álbum cuyo segundo episodio es precisamente la balada que escribieron Hy Zaret, Sammy Cahn y Saul Chaplin, Dedicated to You.
Estamos frente a un juego de espejos espléndido: el disco de Branford Marsalis es una creación artística contemporánea nacida a partir del álbum clásico que grabaron en 1963 Coltrane y Hartman. Ambos discos contienen valores artísticos muy recios.
Antes de entrar en detalle de este par de álbumes, es menester decir que John Coltrane es autor de uno de los dos álbumes (el otro es Kind of Blue, de Miles Davis) más importantes de toda la cultura jazz: A Love Supreme, grabado en 1964 luego de un largo periodo de encierro, sufrimiento, encuentro con sí mismo y renacimiento.
A Love Supreme es resultado de una suerte de equivalente a la iluminación budista: Coltrane se convirtió en otra persona; componer esa música le cambió la vida y a partir de ese momento vio las cosas de una manera diferente. Se trata de una suite que testimonia lo profundo, lo epifánico, lo divino. Es una meditación budista sin necesidad de serlo. Es un viaje placentero a nuestro interior, un ascenso. Es el resultado del encuentro con nosotros mismos. Es el amor hecho sonido.
Los cuatro episodios místicos de esta obra son: Acknowledgement, Resolution, Pursuance, Psalm. Suenan mantras sin palabras, invocaciones, himnos, paradigmas.
Los músicos que lograron esta epifanía son el propio Coltrane en sax tenor, McCoy Tyner al piano, Jimmy Garrison en contrabajo y Elvin Jones en los tambores.
En una edición especial de A Love Supreme, titulada The Complete Masters, se incluye en gran formato un par de textos de John Coltrane. Reproduzco el inicio:
“Querido escucha:
“Toda la alabanza sea para Dios, a quien se debe toda alabanza.
“Sigámoslo en el camino, que es el camino correcto. Porque he aquí que es verdad: ‘seek and ye shall find’. Porque solamente a través de él podemos acceder a los más maravillosos dones.“
“Durante el año de 1957”, continúa su texto Coltrane, “experimenté, por la gracia de Dios, un despertar espiritual que me condujo a una vida más rica, más plena, más productiva.
“En ese momento, en señal de agradecimiento, humildemente pedí me fueran concedidos los medios y el privilegio de hacer felices a los demás a través de mi música. Percibo ahora que eso me ha sido concedido a través de la gracia divina. ALL PRAISE TO GOD.”
Efectivamente, al escuchar el disco A Love Supreme, nuestra vida se ve enriquecida, más plena, más completa. Es una música tocada por la divinidad.
Ahora sí, en cuanto al disco de celebración por el centenario de Coltrane, nos remitiremos a la grabación que tomó Branford Marsalis para rendir homenaje a su maestro.
El álbum titulado John Coltrane and Johnny Hartman es otro de los milagros conseguidos con intuición poderosa. El anhelo de Coltrane por grabar baladas de amor encontró en la voz de Johnny Hartman el instrumento perfecto. Cuando le pidió al vocalista trabajar juntos, Hartman dudó: sabía que lo suyo no era lo de Coltrane, pero hete aquí que el arte obedece a designios divinos y la insistencia del primero tuvo eco en el segundo y así fue como una madrugada en Manhattan los juntó en ese templo llamado Birdland, donde Coltrane tocaba por las noches; se pusieron a barajar baladas hasta que eligieron un puñado de poemas, porque eso son los tesoros de la lírica estadunidense, de la autoría de clásicos y majestades como Irving Berlin, Richard Rodgers y Lorenz Hart.

▲ John Coltrane en imagen tomada del booklet del álbum triple en vinilo titulado A Love Supreme / John Coltrane: The Complete Masters.Foto Victor Kali
Seis baladas, seis suspiros, seis cúmulos de emociones.
Desde que empieza a sonar el disco, una atmósfera íntima nos inunda, pero esto es que Johnny Hartman comienza a cantar cuando la escena amerita mesa iluminada con vela, dos copas de vino, para que las miradas se junten, los labios musiten y todo esté presto para el amor.
La voz de barítono de Hartman es una de las grandes maravillas de la historia de la música. Su fraseo, su prosodia, su manera de respirar y de decir las cosas es de una exquisitez tal que pareciera que estamos frente a un recital de lied, que es la máxima expresión musical para la voz humana, y pareciera entonces que tuviéramos enfrente a la versión morena de Dietrich Fischer-Dieskau, ese barítono alemán que hizo del ciclo de lieder La bella molinera, de Franz Schubert, uno de los grandes monumentos a la belleza.
El arte de Johnny Hartman rebasa con creces los dones de los grandes crooners, como Frank Sinatra, Bing Crosby, Nat King Cole y Dean Martin, para situarse en la más alta categoría del arte canoro.
Hartman dibuja las frases de maneras sorprendentes: eleva, desciende, ondula, pausa, guarda silencio por instantes que suman eternidades y el resultado siempre es una delicia.
El placer que causa la escucha de este disco es semejante al que experimenta todo aquel que esté frente a una obra de arte, trátese de un fresco de Botticelli, un óleo de Rembrandt, o bien la música renacentista.
La claridad del fraseo de Johnny Hartman, su manera de decir cada vocal, cada verso, cada consonante, es de una elegancia superior.
El disco comienza con una de las obras maestras de Irving Berlin: They Say It’s Wonderful mientras cae un pétalo de una flor desde el florero, un relámpago une a lo lejos su silencio con la pausa inaudita que hace Johnny Hartman entre un verso y el siguiente y nos envuelve una atmósfera de ensueño.
They say that falling in love is
wonderful
it’s wonderful, so they say
La sabiduría de un maestro se manifiesta de mil maneras; una de ellas es el silencio y eso es lo que hace John Coltrane mientras Johnny Hartman está cantando, hasta que toca su turno y suelta fuegos fatuos que danzan en el aire. El sax tenor de John Coltrane y la voz de barítono de Hartman son una asociación virtuosa como la que forman el ave y el nido, la nube y el sol, la noche y su aroma.
Cantan juntos:
If I should find a twinkling star
one half so wondrous as you are
that star would be like my heart and me
Dedicated to you
Esos mismos versos pone en sus labios, en su pecho y en todo su aparato fonador la gran Dianne Reeves, pero no hay motivo para la comparación porque estamos frente a dos discos muy diferentes. El de Coltrane y Hartman es un fresco de Fra Angelico, mientras el de Marsalis y Reeves un óleo de Gustav Klimt.
Ambas obras poseen el mismo origen, el culto a la belleza, pero tienen rumbos diferentes: una de ellas vuela raso, la otra hace piruetas.
Además, el disco de Marsalis no repite a pie juntillas nada de lo que hizo Coltrane. Es un álbum típico de Branford Marsalis con sus momentos maravillosos de sax tenor y sax soprano y los efluvios sinfónicos de su cuarteto: Branford en los saxos, Joey Calderazzo al piano, Eric Revis en el bajo y Justin Faulkner en los tambores. Ambos, el cuarteto de Coltrane y el de Marsalis, están al servicio de la voz humana prodigiosa, el primero de Johnny Hartman, el segundo de Dianne Reeves.
He aquí dos obras de arte ideales para celebrar el centenario de un gigante, el maestro de maestros John Coltrane.
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