A 10 años de la gratuidad

A diez años de su implementación, los problemas de diseño de la gratuidad están a la vista. Primero, fija centralizadamente vacantes y precios que no reconocen todos los costos, y limita el cobro a los deciles no beneficiarios, lo que resta autonomía a las instituciones, frena la innovación y distorsiona el funcionamiento del sistema. Segundo, invierte las prioridades y rigidiza un presupuesto estrecho: los recursos para educación superior se duplicaron en una década impulsados por esta política, que hoy absorbe el 73% de ellos, mientras los de jardines infantiles retrocedieron. Tercero, financia sin retribución alguna a quienes obtienen uno de los mayores premios salariales de la OCDE. Cuarto, uno de cada cinco beneficiarios no pertenece a la población objetivo según la Casen 2024. Quinto, más de 270 mil estudiantes que la recibieron al menos un año, desertaron sin titularse.
Rectores, exautoridades y expertos de distintas sensibilidades coinciden en que la política tiene problemas de fondo. Si los programas que no funcionan deben corregirse, la gratuidad no puede ser la excepción. Cada peso mal asignado en esta política es un peso que no llega a la sala cuna ni a los aprendizajes de los niños. ¿Qué estamos esperando para hacernos cargo?
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