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Tuesday, November 3, 2026

Jubilado de 90 años recuerda las dificultades en su pueblo: “Ha sido una vida dura, dura, pero se estaba a gusto”

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En un rincón de la provincia de Cuenca, donde el silencio ha ido ocupando las calles y cada vez quedan menos habitantes, un hombre de 90 años conserva en su memoria los recuerdos de otra época. Ya jubilado, repasa cómo transcurría la vida en el campo cuando todavía no existían los tractores ni la maquinaria que hoy facilita las labores agrícolas. Sus vivencias dibujan un retrato de aquellos años en los que el trabajo exigía esfuerzo y largas jornadas.

A través de su testimonio también emerge la transformación que han experimentado los pueblos de Castilla-La Mancha con el paso del tiempo. Las antiguas faenas agrícolas dieron paso a nuevas formas de producción, mientras muchas familias abandonaron sus hogares en busca de otras oportunidades. Hoy, la despoblación ha cambiado el rostro de estas localidades y amenaza con dejar atrás una parte de su historia rural.

Prudencio Martínez Gómez nació el 28 de abril de 1936 en Yémeda, una pequeña localidad de la Serranía Baja de Cuenca que hoy apenas reúne a 18 habitantes empadronados. A sus 90 años, sigue viviendo en el mismo pueblo que lo vio crecer y donde conserva los recuerdos de una juventud marcada por las carencias y el esfuerzo. En una entrevista con el canal de YouTube Vive tu pueblo, abrió el baúl de sus memorias para contar cómo era la vida entonces.

Al recordar aquellos tiempos, Prudencio no oculta las dificultades que acompañaban cada jornada, cuando salir adelante exigía sacrificios y mucho trabajo. “Eso era una vida dura, dura”, afirma al evocar aquellos años, aunque sus palabras también dejan espacio para la nostalgia. Pese a las limitaciones de aquella época, reconoce que “se estaba a gusto”, una expresión que refleja el cariño que todavía siente por la vida en su pueblo.

Los recuerdos de Prudencio están profundamente ligados al trabajo de la tierra, una actividad que compartió durante años con su padre. Ambos se dedicaban al cultivo de la huerta y a preparar manualmente los quiñones, pequeñas parcelas agrícolas repartidas entre los vecinos. Cada jornada suponía un desgaste físico considerable, pues las labores dependían de la fuerza y la resistencia de quienes trabajaban el campo.

Aquella rutina se prolongó durante buena parte de su vida, hasta que la llegada de los tractores y otras herramientas mecánicas comenzó a cambiar el paisaje agrícola. Prudencio recuerda esa transición como un antes y un después para los trabajadores rurales, que durante generaciones habían realizado las tareas prácticamente a mano. Según relata, todo cambió “hasta que vinieron las cosas de los tractores y de las maquinarias”, poniendo fin a una época de enormes esfuerzos.

La vida de Prudencio también transcurrió lejos de los surcos de cultivo. A lo largo de los años, trabajó en una central de la zona, participó en labores de movimiento de tierras y dedicó cerca de quince años a manejar maquinaria en las minas de caolín, donde compartió faenas con uno de sus hermanos. Incluso vivió alrededor de cinco años en Motilla del Palancar, aunque finalmente decidió regresar al pueblo que lo vio nacer.

De vuelta en Yémeda, mantuvo algunas de las costumbres que siempre habían acompañado sus días. Durante la grabación todavía cuidaba cuatro gallinas y seguía pendiente de su pequeño huerto, aunque la cosecha de 2026 no había sido especialmente favorable. Ante la escasa producción, optó por ceder una parte del terreno a otro vecino para que pudiera cultivarlo, sin desligarse por completo de la vida agrícola.

El transcurso de los años ha dejado huellas visibles en Yémeda, el pequeño municipio conquense situado a orillas del río Guadazaón. Aunque sus calles todavía conservan las casas tradicionales, la iglesia y los antiguos terrenos agrícolas, la localidad ha perdido servicios que antes formaban parte de su vida cotidiana. La escuela cerró y sus estudiantes tuvieron que trasladarse hasta Carboneras de Guadazaón, mientras que la estación ferroviaria de Yémeda-Cardenete dejó de prestar servicio.

Ante este escenario, Prudencio observa con preocupación el futuro de los pequeños pueblos, donde cada servicio que desaparece supone una dificultad más para sus habitantes. Desde su experiencia, considera que contar con infraestructuras adecuadas resulta indispensable para evitar que estas localidades queden aisladas. Por eso, insiste en la necesidad de disponer de “buenas carreteras y buenas comunicaciones” como una condición fundamental para mantener vivos estos lugares.

Entre los asuntos que más inquietan a Prudencio también figura el abandono del antiguo balneario de Yémeda, reconocido por sus aguas sulfurosas, que recibieron un premio en la Exposición de París de 1878. El proyecto de recuperación contemplaba habilitar habitaciones, piscinas y un spa, pero terminó detenido por distintos inconvenientes administrativos. Para el nonagenario, su puesta en funcionamiento habría representado una oportunidad para impulsar la economía local y atraer visitantes.

Con cierta nostalgia, lamenta que una iniciativa con tanto potencial no haya llegado a concretarse. “El pueblo hubiera subido mucho más”, sostiene, al tiempo que recuerda que “está a mediar”. Sin embargo, las dificultades y los cambios que ha presenciado a lo largo de sus nueve décadas no han debilitado su apego a Yémeda. Al contrario, sigue mirando con orgullo el lugar que lo vio nacer y lo resume con una frase sencilla: “El pueblo está muy bien. Sí, señor”.

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