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Sunday, October 18, 2026

“El pianista vivo más escuchado del mundo”: desde Islandia, llega Vikingur Ólafsson como la gran estrella solista de la Filarmónica de Berlín

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“El pianista vivo más escuchado del mundo”—solista estrella de la Filarmónica de Berlín en su gira americana que concluye en el Teatro Colón con tres conciertos que marcarán el hito más destacado de la temporada—, llega por primera vez a la Argentina el genio musical de Vikingur Ólafsson.

Hijo de la “tierra del hielo” como llamaron a Islandia los primeros navegantes vikingos, Ólafsson representa uno de esos casos raros que aúnan tanto talento, perfección y originalidad pura, como coraje y libertad para hacer de la música clásica un fenómeno diferente. Un nuevo paradigma. “Un lugar al que se pueda regresar todas las noches —como describe—, a conectarse consigo mismo, los espíritus del pasado y del futuro.”

Ganador del último Grammy al mejor álbum clásico por su bestseller Variaciones Golberg de Johann Sebastian Bach para la discográfica berlinesa de la etiqueta amarilla Deutsche Grammophon (DG)—, celebra sus primeros diez años junto al sello más prestigioso de la industria, con la marca de este premio, el anuncio de dos nuevos proyectos que lanza a fin de mes y los más de dos mil millones de streams como récord absoluto para un artista del género.

"Si mi modo de tocar logra transmitir paz a la gente, me siento feliz", indicaGentileza Deutsche Grammophon* - Gentileza Deutsche Grammophon*

Y es que Vikingur no solo posee una destreza superlativa: interpreta, compone, transcribe y proyecta un universo acústico idílico en su propio estudio de grabación. Es sobre todo el tipo de genio prístino que se ha resguardado de la uniformidad, la repetición y las llamadas tendencias, para ofrecer, como pocos se atreven, un arte personal.

“Cuando la Filarmónica de Berlín me pidió que fuera parte de esta gira [NR tomando el cargo vacante de Daniil Trifonov] fue una locura, porque se suponía que era el mes libre con mi esposa y mis dos niños en casa ¡Pero son una orquesta gloriosa y Kirill Petrenko un director magnífico! Es una locura para mí porque siempre quise ir a la Argentina así que estoy emocionado con esta posibilidad.

Desde el flamante estudio de grabación de su casa en Islandia, Vikingur Ólafsson —el pianista bautizado con el nombre de un rey santo y un abuelo nacido a la intemperie bajo una tormenta de nieve en el norte—, dialogó en exclusiva con LA NACION.

—“Vikingo, el hijo de Olaf”. Un nombre que suena a declaración de identidad. Poderoso y significativo ¿qué representa para un islandés?

—¡Wow! Para nosotros, los vikingos son los primeros que llegaron a la isla allá por el siglo IX. La herencia es un poco complicada por su lado oscuro. Los agresivos guerreros de los océanos, las personas intrépidas que se lanzaban a explorar el mundo en los navíos de su tiempo, enfrentando lo que el Atlántico Norte les tenía reservado como adversidad. Al día de hoy, es increíble pensarlo. Pero también encuentro belleza en esa cultura que durante siglos sufrió por los crímenes cometidos. ¡Yo soy un vikingo pacífico! uno que viene en son de paz, con este nombre que por cientos de años no se usó, que era difícil llevarlo de chico y ahora está de moda. Mi madre lo tomó de mi abuelo, un hombre que nació prematuramente bajo una tormenta de nieve en el norte de Islandia. Su madre se dijo ¡si este niño tiene la fuerza para sobrevivir a la intemperie, se llamará Vikingo! Y yo lo heredé.

"Si pienso en la Argentina, lo primero que me viene a la mente es Martha Argerich, probablemente la mejor pianista viva", cuentaGentileza Deutsche Grammophon*

—“Un vikingo en son de paz”. En un mundo de ruidos, tu arte irradia paz ¿Reconocés esa naturaleza en tu sonido?

—¡Nada de pacífico el concierto en Buenos Aires con un Brahms que hará temblar los cimientos de la Tierra! Tengo una cita favorita de Philip Glass: “la música es un lugar tan real como cualquier otro en el que hayas estado”. Y yo amo la música de tal manera que se convierte en un lugar al que se puede ir. Hablás del mundo de ruidos y es increíble que la música sea ese espacio al que uno puede regresar todas las noches a conectarse consigo mismo, los espíritus del pasado y del futuro, y si mi modo de tocar logra transmitir paz a la gente, me siento feliz.

—¿De qué manera los paisajes islandeses, el agua, el aislamiento y las distancias te han moldeado como artista?

—Es una buena pregunta porque si pienso en la Argentina, lo primero que me viene a la mente es Martha Argerich, probablemente la mejor pianista viva. No viene de Moscú ni de los sitios habituales ¡Viene de la Argentina y toca como nadie! ¿Por qué? ¿Cómo es posible venir de la Argentina o de Islandia? ¿cómo influye tu madre en vos, qué tan importante ha sido esa relación? Es una influencia que está en los efectos más profundos del inconsciente. Islandia es un país muy especial. Una gran isla, con muy poca gente, enormes fuerzas naturales y un clima extremo. Todo es extremo: las luces, el día y la noche, el invierno y el verano. Todo en una escala grandiosa. Islandia es ancestral y todavía está naciendo. Eso me gusta porque es como la música clásica: es antigua y pertenece al pasado, pero es actual y reciente. La mayor parte de lo que tocamos procede de los últimos 300 o 400 años. No es mucho tiempo. Apenas unas generaciones, pocos eslabones en la cadena de la humanidad ¡unas cuantas abuelas cantándoles a los nietos! Si se piensa en nuestra civilización, el planeta Tierra y la naturaleza, es algo diminuto. La misma sensación de Islandia de ser vieja y joven. Y la música que elijo interpretar es aquella con la que me siento libre de cambiar de opinión, de tocarla diferente de un concierto al otro. No creo en el ideal único y definitivo. Porque una obra de arte que vale la pena de ser interpretada, tiene muchas más facetas de las que cualquier individuo solo o incluso toda una generación puede expresar.

—¿En qué lugares transcurre la música en Islandia? ¿Tiene vinculación la escasa actividad en vivo con tu desarrollo en el ambiente discográfico?

—Aquí en Islandia se escucha el viento y el espacio. Y para mí, el lugar ideal es mi propia casa. Concretamente la parte de abajo que con mi esposa llamamos “la cáscara de nuez”. En los 90 cuando era chico, la gente no viajaba ni tenía tanto dinero. Hoy, si sos un chico talentoso, tus padres viajarán con vos a Londres, París, Nueva York o donde haga falta para que tomes unas clases de piano. En mi infancia esa opción no existía. No teníamos ese dinero, no había conexiones y el mundo era un lugar cerrado. No teníamos conciertos magníficos. Solo una sinfónica y solistas aceptables. No venían músicos de fama mundial y presenciar una gran actuación era algo aislado. A los 12 años lo escuché a Evgeny Kissin ¡Lo esperaba con enorme ilusión! Y su concierto me cambió la vida. Pero Argerich, las grandes orquestas y otra gente importante nunca vino a visitarnos. Vivimos en un entorno rural y la oferta siempre fue muy limitada. Sin embargo, mis padres músicos, tenían una magnífica colección de discos. Yo volvía de la escuela y me sentaba al frente del tocadiscos. Ponía uno y me quedaba a escucharlo completo (risas). Mi infancia explica el amor por este medio. Porque entiendo lo que significa para quien no tiene la oportunidad del concierto.

Ólafsson representa uno de esos casos raros que aúnan tanto talento, perfección y originalidad pura, como coraje y libertad para hacer de la música clásica un fenómeno diferenteGentileza Deutsche Grammophon*

—Te han comparado con Glenn Gould (1932-1982), otro genio de las grabaciones Bach. Tal vez más que por el repertorio, por la originalidad y libertad interpretativa

—¡Adoro a Glenn Gould! Nunca coincidimos en este planeta, pero la relación que tengo con él está viva porque lo admiro y aprendo de él. Es el intérprete más importante del siglo XX a pesar de que no estoy de acuerdo con todo lo que hizo. Pero su punto de vista tan singular, tan seguro y brillante abrió puertas nuevas para los que vinieron. Lo han malinterpretado como frío y mecánico. Para mí fue un romántico que dijo, y concuerdo con él: lo peor que ha ocurrido en la música clásica es que el intérprete dejara de ser compositor y el compositor dejara de ser intérprete.

—¿Por qué nos gusta tanto Glenn Gould?

—Porque nos atrae la personalidad fuerte, la individualidad arrolladora. Los pianistas como Schnabel, Rachmaninoff, Cortot, que abordan la música pensando como un compositor, que ejecutaban la partitura como si la estuvieran creando ¡Y hay que sentir confianza y convicción para hacerlo! A finales del siglo XX esa actitud se consideró una falta de humildad por toda esa gente que pretende poseer “la solución noble”, hacer del músico el servidor humilde de la partitura, repetir notas, hacer dinámicas y tempos, mantenerse al margen sin adueñarse del material. Es la postura académica con la que se logran algunas ejecuciones bonitas. Pero todas parecidas. Y la mayoría de la gente celebra lo seguro y previsible, están todos encantados con eso. Si es lo que se busca, entonces se puede usar la IA y listo. Pero no tiene nada que ver con las interpretaciones imponentes del pasado. Algo que yo prefiero absolutamente porque para la creatividad verdadera, esa que trata de llevar a la gente a un lugar profundo de sí mismo, se requiere de mucho coraje y libertad.

—Un par de décadas atrás se pronosticaba la muerte de la industria del disco. Hoy, que has superado los 2 mil millones de streams, récord de popularidad absoluto ¿qué opinás de este nuevo fenómeno?

—Es un argumento que vale para todo: la industria discográfica está a punto de morir, la música clásica está a punto de morir, el mundo, nuestra propia vida, todo. Charles Rosen [NR: pianista y teórico estadounidense] decía: “la muerte inminente de la música clásica es su tradición más constante y antigua”. Y en realidad, nunca antes hubo tanta gente como ahora consumiendo música. Se ve en los números, las reproducciones, los miles de millones que a diario se siguen sumando. La cifra es asombrosa. Cuando Brahms escribió este concierto, lo hizo para un puñado de personas adineradas en Viena. Era una época sombría porque el arte no llegaba a un público tan grande. Hoy se vive un tiempo magnífico. Las grabaciones lo han hecho accesible. Han cambiado las formas y el medio, pero la música sigue viva. Mencionaste la idea de un mundo de ruidos, pues la paz que encontramos en las grabaciones es una fortaleza. Yo veo cosas positivas: jóvenes en las salas, gente que necesita asistir al concierto que es uno de los pocos lugares que todavía quedan en la sociedad donde por fin apagás tu teléfono y te encontrás con vos mismo y lo más recóndito de tu ser.

Un récrord en el mundo del stream musical Gentileza Deutsche Grammophon*

—Tu próximo lanzamiento Bach. Continuum II fue grabado en tu estudio ¿Sos allí tu propio ingeniero?

—No realmente. Tengo mi productor que está en Leipzig [NR: el alemán Christopher Tarnow, su productor e ingeniero de sonido exclusivo desde hace 15 años]. Hoy la tecnología permite trabajar a la distancia: él en Alemania y yo aquí en Islandia. Configuramos los micrófonos, la posición está fija y maximizamos eso. Un estudio nunca se termina de construirse porque siempre estás probando algo diferente, añadiendo y quitando elementos, por eso es fantástico tenerlo en casa. Tener libertad de volver a replantearte la grabación sin depender de la agenda de otros ni tener que reservar un estudio con seis meses de antelación. Es el comienzo de un gran capítulo para mí porque con DG tenemos proyectos para los próximos diez años.

—Trabajando las obras tan al detalle en el estudio ¿sufrís de alguna manera la ejecución en vivo?

—Son dos formas de arte diferentes. La grabación es hacer una película. El concierto, una obra de teatro. Necesito de la humanidad del concierto. Pero amo la otra cara de la moneda: el trabajo creativo y escultórico que supone la grabación. Una de las razones por las que Glenn Gould posiblemente sea el intérprete más importante del siglo pasado, es porque aportó a ese debate. Fue el primero en demostrar que la grabación no es una opción artificial de segunda categoría. Es el santuario de la creatividad para la música.

—¿Cuál es tu visión del concierto de Brahms?

Cuando empieza, uno tiene la sensación de que el mundo está a punto de cambiar. Era muy joven cuando lo compuso y transformó nuestra manera de concebir el concierto. Casi 50 minutos de una “sinfonía para piano”. Por la densidad, la orquestación, los armónicos, la forma en que utiliza los acordes, los timbales, la magnitud, el dramatismo… se percibe como una continuación de la 9ª Sinfonía de Beethoven. Brahms continúa esa tradición, pero impone sus términos. Un 2º movimiento que retrata a Clara Schumann espiritualmente con matices medievales, un sonido romántico, clima de santuario y sensación de reliquia. Es un ambiente religioso. Un concierto increíble con un Re menor vivaz y combativo, con una voluntad de vida alegre ¡Si existiera tal cosa como un Re menor alegre! Es el universo entero involucrado en esta música fabulosa de la que, cuando uno verdaderamente se adentra en ella, sale de allí como una persona diferente.

Para agendar

Concierto de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Dirección: Kirill Petrenko. Solista: Vikingur Ólafsson (piano). Programa: Concierto para piano y orquesta en re menor nº 1 op.15 de Johannes Brahms y Así habló Zaratustra op. 30 de Richard Strauss. Miércoles 21 y viernes 23, a la 20. Teatro Colón.

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