Las guarderías son pequeñas fábricas de virus: la pregunta es si eso ayuda a los niños a inmunizarse en el futuro

Cualquier padre o madre que haya escolarizado a su hijo en una escuela infantil sabe que una semana de clases suele ir seguida de varios días en casa con fiebre, mocos, tos y seguramente un contagio a todo lo que hay alrededor. Esto hace que el sentimiento que se tenga sea que las guarderías son auténticas bombas víricas, un ecosistema donde los patógenos saltan de niño a niño para terminar invariablemente en el hogar.
Lo que se piensa. Ante este ciclo interminable de pediatras, antibióticos y malabarismos con las bajas laborales, la sabiduría popular suele ofrecer un consuelo: "Es bueno que lo pase ahora, así se inmuniza para cuando sea mayor". Pero, ¿qué dice realmente la literatura científica sobre esta inmunización?
El efecto entrada. Cuando un niño entra en la guardería, el impacto en su salud a corto plazo es tan brusco que los investigadores lo tienen perfectamente cuantificado. Por ejemplo, un seguimiento realizado en Finlandia apuntó a que los niños pasaron de tener síntomas respiratorios una media de 3,8 días al mes antes de la guardería, a 10,6 días al mes tan solo ocho semanas después del ingreso. El problema es que las bajas laborales de los padres para cuidar a los menores siguieron la misma línea.
En España, los datos nos los ofrece la Asociación de Pediatría de Atención Primaria, que confirmó que el riesgo se dispara en el primer año de vida. En concreto, la exposición temprana a la escuela infantil (durante el primer año de vida) elevaba el riesgo de padecer una neuromía y duplicaba la media de visitas a urgencias.
No es para siempre. Este "efecto entrada" que corresponde a la exposición de los niños a un ambiente que no es tan estéril, tiene una fecha de caducidad. Aquí una cohorte alemana comprobó que, si bien en los dos o tres primeros años hay picos evidentes de resfriados, bronquitis o diarreas, a partir de los cuatro años la diferencia desaparece e incluso llega a invertirse en favor de los niños escolarizados antes de lo normal.
Los reservorios en casa. Para entender por qué un aula de bebés es tan eficiente propagando virus, hay que mirar a su papel como reservorio biológico. Algo que se vio es que, haciendo análisis del moco nasal a diferentes familias durante un año, se descubrió que en los menores de cinco años la probabilidad de detectar un virus era cuatro veces mayor que en el resto de la población.
Pero lo más frustrante es que muchas de estas detecciones no se acompañaban de ningún síntoma, por lo que la clásica situación de que un niño que parece sano acabe contagiando a sus padres y hermanos tiene una explicación. Porque aquí el niño sí es una auténtica bomba vírica que hace que convivir con niños pequeños añada unas tres semanas extra de presencia viral.
No es un peligro. Si estamos diciendo que los niños enferman al ir a la guardería, puede ser lógico pensar que, si se toma esta decisión, su calidad de vida en la infancia será peor. Pero la realidad no es así, puesto que se ha visto que la tasa total de infecciones a los seis años era prácticamente idéntica entre los que fueron a la guardería y los que se quedaron en casa.
La verdadera diferencia está en que estas enfermedades se van a producir antes de lo previsto cuando se está en la guardería. Es por ello, que el peor momento inmunológico para empezar la guardería se sitúa entre los 6 y los 12 meses.
La inmunidad. Hay quien piensa que sufrir infecciones tempranas crea un sistema inmunitario de hierro para el futuro, pero la realidad es muy diferente. Aquí la evidencia científica nos dice que la protección posterior es real, pero no es para siempre, puesto que al llegar a primaria esos mismos niños tuvieron un 21% menos de cuadros respiratorios y un 43% menos de otitis. No obstante, investigaciones más a largo plazo revelan que para cuando los niños alcanzan los 13 años, cualquier ventaja protectora ha desaparecido por completo.
En enfermedades más graves como el asma o la leucemia, la ciencia pide prudencia. Ahora mismo hay algunos estudios que han encontrado asociaciones directas entre ir a la guardería y tener menos probabilidades de desarrollar una leucemia linfoblástica aguda o neumonía, pero todavía queda mucha investigación por delante para tener datos más contundentes.
Imágenes | Pavel Danilyuk
Vía | El País
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