El documental decadente de Tyson
La semana pasada vimos a Mike Tyson en la Casa Blanca junto a Donald Trump. El exboxeador apoyó al presidente de Estados Unidos en un mitin. De paso, le entregó una carta de parte de su amigo Sean ‘Diddy’ Combs, que está en la cárcel acusado de violencia, tráfico y explotación sexual. En la carta, el rapero le pedía a Trump el indulto presidencial. Casualmente, dos días después de la visita, Netflix estrenaba la serie documental ‘Tyson’. Cuatro capítulos en los que, por supuesto, aparece Trump elogiando al boxeador. Un desinteresado intercambio de influencias. Un refuerzo mutuo de su amistad, pensando que ambos mejoran la imagen del otro. Dios los cría y ellos se juntan.
El documental sobre Tyson es tan decadente y sesgado como su protagonista. Resulta incluso desagradable de ver. Se trata de una hagiografía construida a partir de su testimonio y el de las personas que han formado parte de su entorno a lo largo de su vida. A medida que avanzan los capítulos, empeora el planteamiento. Tyson tiene un discurso victimista que el documental compra sin escrúpulos. Es una justificación del protagonista incluso en sus etapas más execrables. Sigue negando los maltratos a su exmujer Robin Givens y niega también la violación a la modelo Desirée Washington por la que fue condenado a seis años de cárcel. Trump le defiende, convirtiéndole en un ser de luz maltratado por las circunstancias y el juicio público.
El acceso privilegiado a Tyson que tiene el director del documental, Floyd Russ, deja de ser una virtud al ver el montaje. Es obvio que la edición mejora al personaje, lo protege con una versión más amable. En ningún caso se transmite autenticidad. ‘Tyson’ dice mostrar la verdad del protagonista, pero el espectador no tiene nunca la sensación de sinceridad. Se trata de una construcción mediática del ser que intenta redimirse delante de la cámara. La enésima reinvención del personaje. El final es el colmo del despropósito: el boxeador invita al director a participar en un ritual chamánico con una droga alucinógena. Y Floyd Russ acepta. La prueba de la disolución de los límites y la falta de control del relato. Un halo de temor al protagonista sobrevuela toda la serie. Es una pantomima con muchos pucheros por parte de Tyson. “Sé que soy especial”, dice el boxeador al final. Y una lágrima le resbala por la mejilla. Sin duda, pero no en el sentido que él cree.
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