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Thursday, September 17, 2026

Descubren un pariente de los caimanes que sobrevivió tras el fin de los dinosaurios y pudo tener un refugio inesperado bajo tierra

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Los fósiles de Mandrasuchus milleri revelan que los primeros representantes del linaje de los aligátores ya prosperaban en Norteamérica pocos cientos de miles de años después de la gran extinción.

Hallan en Colorado un depredador de hace 65 millones de años que sobrevivió al desastre de los dinosaurios
Hallan en Colorado un depredador de hace 65 millones de años que sobrevivió al desastre de los dinosaurios. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Christian Pérez

Publicado por Christian Pérez

Redactor especializado en divulgación científica e histórica

Creado: Actualizado:

Hace 66 millones de años, la Tierra atravesó uno de los episodios más devastadores de su historia. El impacto de un asteroide desencadenó una crisis ambiental que terminó con los dinosaurios no avianos y transformó los ecosistemas del planeta. Sin embargo, mientras numerosos grupos desaparecían, algunos supervivientes no se limitaron a resistir. Comenzaron a prosperar sorprendentemente pronto.

Un conjunto excepcional de fósiles recuperados en Colorado acaba de revelar uno de esos casos. Los restos pertenecen a Mandrasuchus milleri, un aligatórido que habitó Norteamérica durante los primeros compases del Paleoceno y que ha sido identificado como el representante confirmado más antiguo conocido de Alligatorinae, el linaje al que pertenecen los aligátores actuales.

La antigüedad de los ejemplares convierte el descubrimiento en una pieza especialmente valiosa del rompecabezas evolutivo. Algunos de los fósiles proceden de apenas unos 350.000 años después del impacto que marca el límite entre el Cretácico y el Paleógeno. En términos geológicos, prácticamente apareció en el escenario inmediatamente después de la catástrofe.

El estudio, publicado en Journal of Vertebrate Paleontology, permite además reconstruir con un grado de detalle poco habitual cómo era este animal y ofrece pistas sobre una pregunta mucho más amplia: ¿por qué los parientes de caimanes, cocodrilos y aligátores consiguieron atravesar una extinción que eliminó a tantos otros vertebrados?

Un depredador entre los supervivientes del desastre

La historia de Mandrasuchus milleri comienza en Corral Bluffs, una zona de la cuenca de Denver situada al este de Colorado Springs. Allí se han recuperado durante años cientos de restos pertenecientes a alrededor de 15 individuos, entre ellos cráneos, dientes, huesos del esqueleto y osteodermos, las placas óseas que protegían la piel del animal.

Su aspecto habría resultado familiar para cualquiera que haya visto un aligátor moderno, aunque presentaba diferencias importantes. Era un reptil relativamente pequeño: las estimaciones recogidas en las fuentes lo sitúan aproximadamente entre 1,5 y 2 metros de longitud. Su hocico era corto y ancho y su dentadura estaba preparada para enfrentarse a alimentos muy diferentes.

Los dientes anteriores eran puntiagudos y adecuados para sujetar presas, mientras que hacia la parte posterior de las mandíbulas aparecían piezas redondeadas, semejantes a pequeños botones. Esta combinación apunta hacia una dieta generalista. Podía aprovechar animales blandos, artrópodos, moluscos y probablemente carroña cuando surgiera la oportunidad.

Esa falta de especialización pudo convertirse en una ventaja extraordinaria después de la extinción. En un ecosistema alterado, depender de una única fuente de alimento podía resultar fatal. Un depredador capaz de cambiar de menú según lo que estuviera disponible disponía, en cambio, de muchas más opciones para sobrevivir.

Cráneo fosilizado de Mandrasuchus milleri, un antiguo pariente de los cocodrilos que habitó el actual territorio de Colorado, Estados Unidos, hace unos 65,4 millones de años
Cráneo fosilizado de Mandrasuchus milleri, un antiguo pariente de los cocodrilos que habitó el actual territorio de Colorado, Estados Unidos, hace unos 65,4 millones de años. Foto: Journal of Vertebrate Paleontology (2026)

Los fósiles más antiguos de Mandrasuchus milleri tienen unos 65,4 millones de años y pertenecen a un mundo que apenas comenzaba a recuperarse de la extinción de los dinosaurios.

330 características para colocar una pieza del árbol evolutivo

Determinar dónde encajaba exactamente este reptil exigió mucho más que observar la forma de su cráneo. Los investigadores estudiaron 330 características anatómicas, desde las proporciones craneales y el número de dientes hasta la posición y geometría de distintos huesos. Después compararon esos rasgos con los presentes en cerca de 150 crocodilianos actuales y extintos.

El análisis sitúa a Mandrasuchus milleri dentro de Alligatorinae. Esto resulta particularmente importante porque las primeras etapas de la evolución de los aligatóridos continúan siendo difíciles de reconstruir. Actualmente, la familia incluye dos grandes ramas: la de los aligátores y la de los caimanes. Sus orígenes, sin embargo, se remontan a un mundo muy distinto al actual.

La cronología de Corral Bluffs permite acercarse precisamente a ese momento. El polen fósil y las capas de ceniza volcánica datadas mediante métodos radiométricos ayudaron a establecer la edad de los niveles donde aparecieron los ejemplares. Los más antiguos corresponden a los primeros cientos de miles de años posteriores a la extinción del final del Cretácico.

Esto indica que la diversificación de estos animales ya estaba en marcha muy poco después de la desaparición de los grandes dinosaurios terrestres. Lejos de representar simplemente un linaje que consiguió escapar del desastre, los aligatoroideos fueron uno de los grupos de crocodiliformes que aumentaron su diversidad tras aquella crisis biológica.

El refugio que pudo esconderse bajo tierra

Entre los fósiles existe otra pista especialmente sugerente. Algunos esqueletos aparecieron todavía articulados y uno de ellos fue localizado en una estructura interpretada como una posible madriguera. Si esa interpretación es correcta, esconderse bajo tierra pudo formar parte del repertorio de comportamientos que ayudó a estos animales a superar condiciones ambientales extremas.

Los ambientes de agua dulce también pudieron actuar como refugios frente a las consecuencias más destructivas del impacto. Los ecosistemas continentales asociados a ríos, canales y zonas húmedas ofrecían recursos diferentes a los disponibles en otros hábitats, mientras que el estilo de vida semiacuático proporcionaba acceso a varios nichos.

Mandrasuchus tampoco estaba solo. Compartía aquel paisaje con Borealosuchus sternbergii, un crocodiliano de mayor tamaño, y con Champsosaurus, un reptil semiacuático especializado en capturar peces. La coexistencia de varios depredadores indica que los ecosistemas de agua dulce estaban recuperando una estructura considerablemente compleja poco después de la gran extinción.

La diferencia de tamaño y alimentación entre estos animales probablemente reducía la competencia directa. En lugar de disputarse exactamente los mismos recursos, cada especie podía explotar una parte distinta de aquel mundo en reconstrucción.

Placas óseas de la piel y cola articulada fosilizada de Mandrasuchus milleri, el antiguo pariente de los cocodrilos que habitó Norteamérica poco después de la extinción de los dinosaurios
Placas óseas de la piel y cola articulada fosilizada de Mandrasuchus milleri, el antiguo pariente de los cocodrilos que habitó Norteamérica poco después de la extinción de los dinosaurios. Foto: Journal of Vertebrate Paleontology (2026)

Solo habían transcurrido entre 200.000 y 350.000 años desde la gran extinción cuando Mandrasuchus recorría los ambientes de agua dulce del actual Colorado.

La vida volvió antes de lo que parece

El descubrimiento resulta especialmente revelador porque cambia la perspectiva sobre los supervivientes de una extinción masiva. Tendemos a imaginar el periodo posterior al impacto como una larga etapa dominada exclusivamente por organismos pequeños que apenas conseguían mantenerse con vida. Corral Bluffs dibuja una situación bastante más dinámica.

Solo unos cientos de miles de años después de la catástrofe ya existían depredadores semiacuáticos de tamaño considerable ocupando los cursos de agua norteamericanos. Mandrasuchus milleri demuestra que determinados linajes no necesitaron millones de años para comenzar a diversificarse y aprovechar las oportunidades que había dejado un planeta profundamente transformado.

Su propio nombre conserva la historia del descubrimiento. Mandra procede del griego y hace referencia a un espacio cerrado o corral, en alusión a Corral Bluffs, mientras que Suchus remite a Sobek, la divinidad egipcia con cabeza de cocodrilo. El epíteto milleri homenajea a Ian Miller, antiguo investigador del Denver Museum of Nature & Science relacionado con el hallazgo de numerosos ejemplares.

Más que añadir una especie desconocida al catálogo de animales extinguidos, estos fósiles permiten observar uno de los primeros capítulos de una historia evolutiva que continúa hoy. Los aligátores modernos son los herederos de un linaje cuya capacidad para adaptarse a ambientes cambiantes quedó puesta a prueba durante una de las peores catástrofes de los últimos cientos de millones de años. Y Mandrasuchus muestra que, sorprendentemente pronto, algunos de aquellos supervivientes ya estaban convirtiendo el desastre en una oportunidad evolutiva.

Referencias

  • Emily J. Lessner et al. New alligatorid, Mandrasuchus milleri, from the Early Paleocene (Danian) of the Denver Basin supports earliest Paleocene North American alligatorid radiation. Journal of Vertebrate Paleontology, published online September 2, 2026; doi: 10.1080/02724634.2026.2712566
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