Hallan un antiguo capibara que vivió hace 8,8 millones de años en uno de los lugares más secos de la Tierra
Un pequeño diente fosilizado revela que hace unos 8,8 millones de años el actual desierto de Atacama albergaba ambientes mucho más húmedos, con vegetación y agua dulce permanente.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Hoy resultaría difícil imaginar un lugar menos apropiado para un capibara que el desierto de Atacama. Buena parte de este territorio del norte de Chile se encuentra entre los ambientes más áridos del planeta, mientras que estos grandes roedores dependen estrechamente del agua. Viven asociados a ríos, lagunas, pantanos y humedales y necesitan vegetación abundante para alimentarse.
Por eso, encontrar allí un diente fosilizado de uno de sus antiguos parientes plantea una paradoja extraordinaria. El animal vivió hace aproximadamente 8,8 millones de años, durante el Mioceno tardío, cuando el paisaje de la costa chilena parece haber sido radicalmente diferente al actual.
El fósil pertenece a Cardiatherium, un género extinto de hidroquerinos emparentado con los capibaras modernos. Se trata de un fragmento del tercer molar superior izquierdo, identificado como MPC-3000, pero ese pequeño resto contiene suficiente información como para reconstruir una historia mucho mayor: la de un Atacama con agua permanente, vegetación y ecosistemas capaces de mantener grandes mamíferos semiacuáticos.
Un capibara donde hoy apenas llueve
El diente procede de El Morro, dentro de la Formación Bahía Inglesa, una extraordinaria sucesión geológica de edad miocena y pliocena situada en la costa de la región de Atacama. Sus depósitos han proporcionado abundantes fósiles de vertebrados, desde cetáceos y pingüinos hasta pinnípedos, cocodriliformes y otros animales acuáticos.
Los investigadores identificaron el fósil como perteneciente a Cardiatherium gracias a la particular arquitectura de su molar. Los hidroquerinos desarrollaron dientes muy especializados, con numerosas láminas, adaptados al desgaste producido por una alimentación herbívora. En este ejemplar, la característica forma acorazonada del primer prisma dental permitió realizar la identificación a nivel de género, aunque su estado fragmentario y la variabilidad conocida de estos animales impiden determinar con seguridad la especie.
La cronología resulta especialmente importante. Los análisis de circones mediante datación uranio-plomo permitieron establecer edades para distintos niveles de la sección geológica. A partir de esos datos y de la posición del fósil, los autores calculan para el ejemplar un intervalo aproximado de entre 9,6 y 7,9 millones de años, con una edad media estimada en 8,8 millones.
Eso lo convierte en el registro más antiguo conocido de un capibara en Chile y en uno de los registros tempranos de este grupo en Sudamérica. Pero la importancia del descubrimiento no está únicamente en la edad. Está, sobre todo, en el lugar.

Las plantas cuentan la misma historia
Un capibara antiguo podría parecer una prueba aislada. Sin embargo, los investigadores reunieron diferentes indicadores ambientales que apuntan en una dirección similar.
En Cerro Ballena, otra localidad de la Formación Bahía Inglesa, analizaron fitolitos, diminutas estructuras de sílice producidas por las plantas que pueden sobrevivir millones de años después de que desaparezca la vegetación original. La muestra productiva estaba dominada, en un 95 % de los fitolitos diagnósticos, por formas indicadoras de vegetación forestal. Entre ellas aparecieron palmeras y representantes de las Zingiberales, grupo al que pertenecen actualmente plantas como los jengibres. Los autores interpretan el conjunto como compatible con un bosque subtropical o una cobertura vegetal semejante.
También estudiaron carbonatos formados en antiguos suelos de los depósitos del río Copiapó. Su composición isotópica apunta hacia un paisaje dominado por plantas C3, con una contribución limitada de gramíneas C4. Los valores de oxígeno, además, son considerablemente más negativos que los observados en carbonatos de otros periodos del Mioceno de Atacama, algo que podría relacionarse con condiciones más frescas o húmedas y con cambios en el origen de las precipitaciones.
La imagen resultante poco tiene que ver con el desierto contemporáneo. No significa que todo el Atacama fuera una selva continua, pero sí que durante el Mioceno tardío existieron en esta zona redes fluviales, ambientes ribereños y masas de agua dulce persistentes suficientes para sostener animales estrechamente dependientes del agua.

El segundo misterio: cómo llegó hasta allí
El hallazgo presenta otro problema fascinante. Los capibaras actuales viven fundamentalmente al este de los Andes. ¿Cómo terminó uno de sus parientes en la costa del Pacífico cuando la gran cordillera ya constituía una barrera formidable?
El estudio contempla diferentes posibilidades. Una sería que estos animales atravesaran los Andes centrales aprovechando corredores adecuados. Existen fósiles de hidroquerinos en Argentina y registros miocenos cerca del lago Titicaca que demuestran que algunos de estos roedores podían ocupar regiones elevadas cuando las condiciones climáticas eran diferentes.
Sin embargo, los autores consideran más plausible otra ruta. Cardiatherium podría haber alcanzado la vertiente pacífica desde los grandes sistemas húmedos amazónicos a través del norte del continente, donde los Andes fueron durante más tiempo una barrera más estrecha y de menor altitud. Desde allí, poblaciones sucesivas habrían podido extenderse hacia el sur siguiendo ambientes costeros y cursos de agua conectados.
No habría sido, por tanto, la extraordinaria travesía de un grupo de roedores cruzando repentinamente una cordillera gigantesca. El escenario propuesto se parece más a una expansión progresiva a través de una cadena de hábitats adecuados.
Otros fósiles encontrados en la región encajan con esa posibilidad. La presencia de peces relacionados con faunas amazónicas y otros vertebrados continentales ya había sugerido conexiones entre sistemas hidrográficos situados a ambos lados de los Andes.

Un pequeño diente que obliga a mirar de nuevo al Atacama
El descubrimiento no demuestra que el actual desierto de Atacama permaneciera completamente húmedo durante todo el Mioceno tardío. Tampoco elimina las evidencias geológicas de aridez antigua. Lo que hace es cuestionar una imagen demasiado sencilla de su historia climática.
Hace unos nueve millones de años, al menos determinadas áreas del sur del Atacama ofrecían unas condiciones ecológicas incomparablemente más húmedas que las actuales. El propio Cardiatherium constituye una pista difícil de ignorar: un gran herbívoro semiacuático necesita agua superficial persistente y suficiente vegetación para sobrevivir.
Así, un fragmento de molar recuperado entre sedimentos de la costa chilena termina contando una historia inesperada. Donde hoy domina uno de los paisajes más secos del planeta, alguna vez hubo humedales, vegetación subtropical y antiguos parientes de los capibaras moviéndose junto al agua.
Referencias
- Carolina S. Gutstein et al, Late Miocene capybara in the Atacama Desert reveals a wetter climate and a transcontinental dispersal pathway, Scientific Reports (2026). DOI: 10.1038/s41598-026-67368-2
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