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Thursday, September 24, 2026

Griselda y el libro de la tapa roja

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Hace unos días se murió Griselda Gambaro y yo me había olvidado por completo de ella. De ella, del libro de tapa roja que compré mientras estudiaba en la secundaria, de las tres obras de teatro que venían allí, de la escena de La malasangre –era La malasangre– que protagonicé en una muestra del primer taller de actuación que hice, el de los sábados. Me olvidé de tanto. Me olvidé de la cantidad de textos que escribió en sus 98 años, de sus novelas, de los tomos de teatro, de los premios que le dieron, de que fue censurada por la última dictadura. Me olvidé de su rostro que también se veía en ese libro, de sus rulos de arcilla. Me olvidé de esa primera clase en el Centro Cultural San Martín cuando la profesora dijo que si nos gustaba el teatro, debíamos leer a Griselda y por eso, porque a mí me encantaba, volví a casa y fui a la librería de la calle Laprida a comprar algo de ella. El libro de tapa roja. Dónde está. Me había olvidado de lo mucho que me gustaba el teatro. Hace cuánto que no leo una obra.

Recuerdo sin vacíos que yo a los 17 años estaba dispuesta a lo que todavía no sabía para ser actriz, de televisión, de teatro, de cine, de comedia musical. Solo en eso pensaba cuando no pensaba en el chico que me gustaba. Recuerdo el book de fotos caseras y sacadas por mis amigas, las melllizas, para mandar a las agencias de casting; recuerdo que cuando las revelé tuve el primer indicio de mi destino, esto no iba a funcionar, pero igual seguí adelante por varios años más. Y lo olvidé. Olvidé hasta hoy la canción de Serrat que canté sobre un escenario al terminar una función de algo alguna vez, olvidé los nombres de mis compañeras, éramos cuatro y hacíamos todas las consignas juntas (solo estoy segura de Anahí, de ella sí, le decía Ané, pero ¿cuál era el nombre de la de cabello largo y ondas castañas? ¿Quién era la cuarta? ¿Cómo era su cara?) Olvidé al profesor del taller de los jueves en el San Martín, su bigote canoso decorado por el cigarrillo, su gusto por el grotesco, las líneas de la obra de Pacho O’ Donnell que nos hizo memorizar, sus lecturas de Lorca. Olvidé que un año hice tres cursos, que uno de ellos era en un colegio de un barrio al que no había ido jamás. Olvidé que esos fueron los primeros tiempos de una libertad propia: a los 18 me alejaba del conurbano para pasar las horas en la ciudad. También olvidé al príncipe de las obras infantiles que montábamos los fines de semana en un salón oscuro en Monte Castro. Sus ojos claros, sus dientes inmensos, su olor a ropa usada. Las tardes en que repartía folletos por la zona del Congreso vestida como Cenicienta. Olvidé los años en que dejé el teatro clásico por el match de improvisación. Sí recuerdo las clases con Pepe Cibrián, cuando trabajaba en una oficina y podía pagar la cuota que en comparación al resto era cara. Sus charlas en el escenario del Teatro del Globo sobre Marcelo T. de Alvear junto a su perro labrador y repleto de piedras en colores como el turquesa y el naranja y el esmeralda en collares y anillos. Pero solo a él. No recuerdo quién nos enseñaba las coreografías de Drácula o Las mil y una noches, si era hombre o mujer; no recuerdo quién nos daba el tono para las canciones; quién nos repartía las letras y nos dividía en grupos, no recuerdo quién tocaba el piano, ¿alguien tocaba el piano?

Hace unos días murió Griselda Gambaro y yo me había olvidado de ella. De la tarde en que escuché su nombre por primera vez. Los años de mi vida parecen haberse guardado en pequeños compartimentos que están para que los alcance pero permanecen cerrados. Son cajones con placas que dicen cosas como la infancia, la hermandad, la primaria, ese primer deseo, la actriz, el amor, la universidad, el trabajo. Para abrirlos debo hacer fuerza y aún así a veces no consigo mucho.

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