El fin de los largos contratos de pareja: avanza el divorcio gris

Ami Torres estaba por cumplir las bodas de plata, entre noviazgo y matrimonio formal, con firma, vestido y fiesta, cuando se dio cuenta de que el hombre que dormía a su lado era un desconocido. Si hubiera vivido hace 50 años o incluso muchos menos, seguramente la decisión de separarse no hubiera sido una opción. Quizás hubiera seguido transitando la vida con quien había elegido a los 22.
“La clave creo que es justamente ésa. Habíamos crecido en forma muy distinta desde que éramos esos niños que se habían puesto de novios. No digo que uno fuera más maduro ni mejor que el otro, sino simplemente distintos y transitando caminos opuestos. Y no sólo me di cuenta de que era alguien a quien ya no conocía, también sentí que no tenía ganas de comenzar a conocerlo. Fue como si de golpe habláramos otro idioma y no hubo grito ni pelea que nos hiciera entendernos”, explica Ami, terapeuta holística y docente especializada en acompañamiento oncológico.
Lo que ya se empezó a nombrar como grey divorce (o “divorcio gris”) sin dudas es un fenómeno en aumento. Algunos números del registro que tiene el Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires dan cuenta de esto: los varones de entre 50 y 60 años pasaron de un 11,8% del total de divorciados en 2009 a superar el 18,4% en los registros del año pasado. Entre las mujeres del mismo grupo etario, la proporción subió del 7,7% al 12,1%.
Además, las estadísticas porteñas reflejan que el aumento se concentra en uniones de más de un par de décadas. Los divorcios de parejas que llevaban 25 años o más de casadas representan más del 32% del total de disoluciones registradas en la Ciudad.
Así como en otras instancias de la vida, los matrimonios necesitan un “para qué” a la hora de continuar un camino que puede volverse muy largo. “Las principales razones de las personas que hoy deciden separarse luego de muchos años de casados tienen que ver con que para prosperar, para mantenerse en el tiempo como tal, una pareja necesita compartir un proyecto”, afirma contundente Florencia Lorenzo, psicóloga y líder del equipo terapéutico “Encontrar mi Psico”. Y agrega que cuando los hijos empiezan a crecer “hay que construir juntos un nuevo destino”.
La licenciada Silvina Carmody, desde una mirada psicoanalítica, observa una real “dificultad para tramitar los duelos y reorganizaciones que exige el paso del tiempo”.
Es decir, en cada etapa, uno como individuo pero también como pareja ocupa un rol y “no siempre se elabora el reposicionamiento desde otro lugar”. Aquí, la famosa frase del “nido vacío” cuando se habla de la partida de los hijos, cobra un valor enorme.
“Con frecuencia, los hijos operan como objeto que organiza y da sentido al lazo conyugal; cuando se independizan, la pareja queda confrontada con aquello que había quedado desplazado o no resuelto entre ambos”, agrega Carmody, que se especializa hace años en terapia de parejas.
La desaparición del estigma social y los nuevos aires
“Yo cumplí con todos los mandatos”, sigue contando Ami Torres. “A mis 22 la única forma de salir de mi casa era con la libreta roja en la mano. Y luego de mucha terapia me di cuenta de que no fue casual que mi decisión de separarme haya llegado al poco tiempo del fallecimiento de mi mamá. Sin embargo, sé que mi realidad fue distinta a la de las generaciones anteriores. Para mi entorno, fue muy natural que eligiera esta nueva vida, incluso creo que casi todas mis amigas ya estaban separadas”.
Hay algo del sello en la frente, del estigma, de la irreversibilidad del matrimonio de la Iglesia Católica, que tuvo un peso fuertísimo hasta no hace tantos años . Por eso, quizás este nuevo divorcio gris - el nombre apela al color de la cabellera de los involucrados, no a una situación enrarecida - se está convirtiendo en un fenómeno en crecimiento. No porque antes nadie pensara que esa persona con la que compartía la cotidianidad y el amor romántico se hubiera vuelto un extraño, sino porque era muy difícil decir “ya no quiero esto”.
Sandra - quién prefiere no dar su apellido para esta nota, ya que sigue en una situación de conflicto por los bienes de la pareja - suma su testimonio: “Para mis padres fue inentendible que yo quisiera separarme, incluso cuando nuestros chicos ya no vivían con nosotros, ya no nos necesitaban en el día a día. Por eso, pude encontrar en mi grupo de pares la verdadera contención que aún hoy necesito por diversos motivos. Creo que las mujeres de la Generación X perdimos el miedo a decir basta y para mí poder gritar estas cosas fue muy importante”.
Por su parte, la licenciada Lorenzo afirma que sí, que es esta generación la que se está animando más al cambio y no sólo en cuanto a un divorcio sino en muchas otras situaciones de vida.
“Sin dudas, las personas de más de 50 años hoy están buscando el disfrute y la plenitud, ya no están con el otro sólo por la inercia del paso del tiempo. Hace décadas, esto era mal visto y como tal, separarse o cambiar de pareja no era algo bueno, sino todo lo contrario. Hace un tiempo que llegan cada vez más pacientes al consultorio preguntando sobre la felicidad y la búsqueda de satisfacción”.
Carmody agrega que puede leerse también como un efecto de época relacionado con la caída de los mandatos del “para toda la vida” y que el sufrimiento antes reprimido para mantener esa norma hoy encuentra otras vías de expresión y de salida. “La simplificación legal acompaña ese movimiento cultural, pero el trasfondo es un corrimiento en lo simbólico: separarse dejó de ser vivido mayoritariamente como falla o fracaso, y puede ser pensado como un acto que, aunque doloroso, también puede tener un valor subjetivante”, explica.
El Día Cero: un gran desafío y un tiempo de duelo
¿Qué pasa el día en el que alguien de la pareja - o ambos - deciden poner un punto final? Probablemente nada sea fácil si se lleva más de la mitad de la vida en esa sociedad. Al fin de cuentas, el matrimonio es eso, un contrato firmado en el que ambas partes se comprometen a estar con y para el otro.
“Por supuesto que al principio el vínculo no sólo cambia, sino que también se resiente muchísimo. Hubo mucho enojo, grandes crisis de llanto, reclamos y gritos. Sin embargo, con los años nos fuimos adaptando a la nueva situación de separados y recuperamos la amistad y la confianza”, cuenta Ami Torres.
El caso de Sandra es más complejo: “Nosotros venimos de familias muy tradicionales, conservadoras, y para mi ex mi decisión fue un golpe. No había sido un mal marido, es cierto, pero había muchas cosas que no estaban bien y él lo sabía. La mirada externa le pesó muchísimo, la de nuestros padres, la de nuestros amigos, la de sus socios laborales… Para mí, el día cero fue fuerte, pero para el día tres ya sentía una enorme liberación”.
La líder del equipo “Encontrar mi Psico” explica que a las consultas llegan muchas personas de esta edad con temores varios: ¿Cómo se va a transformar el vínculo familiar? ¿Cómo tomarán esta decisión sus hijos? ¿Están haciendo lo correcto o deberían “aguantar un poco más”?
Así como contaba Sandra, el planteo de que sus padres estuvieron juntos más de 50 años está presente. Por eso, las profesionales creen que un espacio de terapia puede ser el gran lugar donde pensar qué quiere cada uno, lejos de todo lo que necesitan los demás. “Comunicarlo a la familia implica también anticipar el impacto que la noticia tendrá en la psiquis de los hijos, cualquiera sea su edad, y sostener un relato que no los ubique como testigos de una guerra ni los convoque a tomar partido”, agrega Carmody.
“Sin embargo, el día después puede ser muy alentador. Luego de divorciarme no tuve necesidad ni ganas de volver a formar pareja, pero supe armar una vida que hoy me hace muy feliz. Me fortalecí en mi profesión y agrandé mi red de amistades que son las que siempre me sostienen. Me siento plena, ayudo a los demás desde mi labor con pacientes oncológicos, tengo un gran vínculo con mi hijo, viajo a la Patagonia que es mi lugar en el mundo cada vez que puedo. No estoy arrepentida de haberme casado, para nada, pero creo que en este momento de mi vida soy realmente yo”, finaliza Ami Torres.
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