Igual que Francia

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Al cumplirse otro aniversario de octubre de 2019 se produjo una reflexión sobre lo que ocurrió y sobre sus causas. El análisis se vio estimulado por las imágenes que vimos en algunos países de Europa, especialmente en Francia, en que varias de sus ciudades más importantes han sufrido actos de inusitada violencia, con encapuchados, destrucción, quema de vehículos y saqueos. Imposible no recordar aquellos días aciagos.
La pregunta lógica es por qué en un país inmensamente rico, con el estado de bienestar más potente de Europa y en que el gasto público es alrededor del 57% del PIB, se genera ese nivel de descontento, encarnado en grupos que se comportan como enemigos del orden social. Hasta ahora, entre nosotros, hemos escuchado un discurso predominante que encuentra en los estados de bienestar el ideal al que deberíamos aspirar.
Sociedades desarrolladas, con alto nivel de igualdad y prestaciones sociales universales que se hacen cargo, a lo menos, de la salud, la educación, las pensiones, y en que otros servicios como el transporte reciben fuertes subsidios. Los países europeos se muestran como el ejemplo a imitar, con su cohesión social mantenida sobre la base de impuestos altos, seguridad y una calidad de vida, en muchos sentidos, envidiable. Entonces ¿qué pasó? ¿de dónde viene la rabia, la frustración y la violencia?
La respuesta es que las necesidades sociales son al Estado y sus sistemas de bienestar como la liebre del canódromo es a los galgos. No importa cuánto se recaude y se destine a financiarlos, siempre las necesidades son mayores y por más que la carga tributaria crezca y crezca, al igual que los perros a la liebre, nunca consiguen alcanzar las demandas sociales. Al final, en esa carrera, la carga tributaria sistemáticamente al alza y las regulaciones terminan asfixiando la economía, presa de un círculo vicioso que ha terminado paralizando a una Europa rica, pero estancada.
Esto genera un doble problema. Por un lado, riqueza y pobreza son conceptos relativos y cuando se compara la Europa de los estados de bienestar con Asia y Estados Unidos, se aprecia que prácticamente no hay ámbito importante en que la primera no haya sido superada y la distancia crece año a año. Pero, tal vez lo más importante, los seres humanos sienten una llamada natural al progreso y el estancamiento impide que esa aspiración se realice. Un joven francés puede tener mejores expectativas que uno chileno, pero para él lo importante es que se ve, en el futuro, en peores condiciones que sus padres, de ahí la frustración.
La dimensión material del problema de las expectativas de calidad vida -hay otras tanto o más importantes- solo encuentra una solución real y sostenible en el dinamismo de las economías libres capaces de crecer sostenidamente. Por eso, el primer esfuerzo concreto por hacerse cargo del malestar es la ley de reconstrucción impulsada por el ministro Quiroz. Si Chile no vuelve a crecer, volverá la frustración y el malestar, todo lo demás es accesorio. Basta mirar a Europa.
Por Gonzalo Cordero, abogado.
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