Messi se va a lo grande: un último baile con gol, asistencias y emoción
El planeta fútbol a nivel de selecciones ya nunca volverá a ser lo mismo. Leo Messi el más grande de la historia para muchos entre los que me incluyo, dio sus últimos coletazos con la albiceleste. Y lo hizo demostrando una vez más que esa zurda mágica podría seguir jugando durante 20 años más pese a los 39 que ya tiene. Argentina le dio las gracias. Unas gracias a las que todos nos unimos. Es eterno. 85.000 almas dieron las gracias en El Monumental a 21 años mágicos.

Argentina despidió a Lionel Messi como merecía: con el estadio rendido a sus pies y con él siendo, una vez más, el gran protagonista. Antes incluso de que rodara la pelota, durante el himno, Leo ya dejó ver la emoción de una noche especial. Después, en el minuto 10, el partido se detuvo para que todo el estadio se pusiera en pie y le dedicara una ovación que quiso ser eterna. Era el adiós de Messi a la selección, el final de una historia irrepetible, aunque por momentos costara creer que aquello fuera una despedida. Porque Messi seguía haciendo de Messi: pidiendo la pelota, participando en cada ataque y buscando el gol como si todavía quedaran muchas noches por delante. Fue el mejor, igual que en el Mundial.
En la primera parte, Argentina tuvo el control, con Julián Alvarez especialmente activo y Messi apareciendo entre líneas, generando peligro cada vez que encontraba espacio. Leo tuvo un par de oportunidades para inaugurar su último tango, pero se encontró con un portero de Benín inspirado. Los africanos también obligaron a intervenir al Dibu Martínez, recordando que aquella noche no era únicamente una fiesta. Messi, sin embargo, era el centro de todo. Cada toque suyo levantaba al respetable, aquel que un día se le echaba encima y que ya hace años que se rompe las manos aplaudiendo al genio.
La segunda parte comenzó con un homenaje a otro histórico: Nicolás Otamendi, que también encaraba su despedida, abrió el marcador en el minuto 48. El central entró con todo para rematar a bocajarro, con el pie, un saque de esquina servido por Messi. Después llegó el turno de Nico Paz, que llevaba apenas un minuto sobre el césped cuando recibió de Leo y definió con la zurda al palo largo, con ese movimiento que tantas veces ha convertido Messi en una firma personal. No era un detalle menor: Nico lleva el 18, el primer dorsal que Messi lució con la selección absoluta, y aparece señalado como el heredero de la 10.
El tercero fue suyo. En el minuto 70, Messi asumió la responsabilidad desde el punto de penalti y colocó la pelota en la escuadra, cerrando su cuenta en una noche en la que también había repartido dos asistencias. Pudo hacer más. De hecho, buscó el gol con insistencia: el portero de Benín le negó varias ocasiones, falló una oportunidad poco habitual para él y en otra el balón acabó estrellándose contra el palo. Pero daba igual, su historia está más que escrita.

Y así se fue Messi, con una victoria, un gol, dos asistencias y una ovación que resumió una vida entera con la camiseta albiceleste. Se va porque quiere, no porque el fútbol le haya echado: todavía tiene magia, piernas y fútbol para dar mucho más. Pero quizá precisamente por eso el adiós resulte todavía más emocionante. Argentina no despide únicamente al jugador que cambió para siempre su historia, sino al futbolista que durante años hizo que cada partido pareciera la promesa de algo extraordinario.
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