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Saturday, October 17, 2026

El abecé para mantener a las enfermedades a raya en el maíz tardío durante un año húmedo

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Los maíces tardíos podrían enfrentar una campaña exigente desde el punto de vista sanitario. La combinación de una elevada disponibilidad de humedad, las condiciones ambientales que favorecen el desarrollo de patógenos y la acumulación de inóculo en los rastrojos configura un escenario propicio para la aparición de enfermedades que pueden comprometer el rendimiento y dificultar la cosecha.

“Un maíz tardío, de por sí se enfrenta a una mayor presión de enfermedades que un maíz temprano”, explicó a Clarín Rural el fitopatólogo Roberto “Tino” De Rossi, quien señaló que esta diferencia responde tanto a las condiciones ambientales durante el ciclo del cultivo como a la presencia de inóculo generado previamente en los lotes de siembra temprana.

Para esta campaña, el especialista puso el foco en la sucesión de períodos húmedos registrados durante la campaña pasada, el otoño y el invierno, a los que se suma un pronóstico de año Niño. Frente a ese panorama, De Rossi remarcó que la estrategia no debe limitarse a reaccionar cuando aparecen los primeros síntomas. Por el contrario, el manejo sanitario comienza antes de la siembra, con la selección del lote y del híbrido, continúa durante el desarrollo del cultivo con el monitoreo y puede incluir la aplicación de fungicidas cuando las enfermedades presentes y su evolución lo justifican.

Los patógenos que pueden ganar protagonismo

Entre las enfermedades con mayor potencial de impacto en los maíces tardíos, De Rossi destacó las de origen necrótico, que afectan el follaje. En este grupo mencionó el tizón foliar común, las cercosporiosis y la mancha blanca, un complejo en el que pueden intervenir una bacteria y un hongo.

El especialista también advirtió que en las últimas campañas comenzaron a cobrar mayor importancia otras enfermedades que históricamente tenían un papel secundario en algunas regiones, como la curvulariosis y las afecciones asociadas a Bipolaris. Según explicó, su presencia empezó a ganar relevancia en maíces tardíos expuestos a condiciones de alta humedad. “Estas enfermedades pueden reducir el área foliar funcional y acelerar el deterioro de las hojas. Cuando el daño es importante, el cultivo pierde capacidad para sostener el llenado de los granos y puede llegar a cosecha en peores condiciones sanitarias”, advirtió.

El riesgo, sin embargo, no se limita a las enfermedades foliares. De Rossi también llamó la atención sobre los problemas que afectan a las raíces, los tallos y las espigas, entre ellos, los asociados a distintos patógenos que pueden acelerar la senescencia y debilitar la estructura de las plantas. Este deterioro sanitario puede favorecer la aparición de problemas de quebrado y vuelco, con consecuencias directas sobre la posibilidad de recolectar el cultivo y capturar el rendimiento esperado.

La primera defensa empieza antes de sembrar

Una de las principales recomendaciones del fitopatólogo es prestar especial atención a la elección del lote. La rotación y el historial de cultivos implantados en cada ambiente son variables centrales para estimar el riesgo sanitario. “Los lotes con mayor proporción de rastrojo de maíz en los últimos años hacen que muchas de las enfermedades que sobreviven en esos restos tengan altas probabilidades de desarrollarse”, advirtió De Rossi, y detalló que esto ocurre especialmente con los patógenos necrotrofos, capaces de permanecer en el rastrojo y actuar como fuente de inóculo para el nuevo cultivo.

La segunda decisión clave es la elección del híbrido. De Rossi recordó que existen diferencias importantes entre materiales en su comportamiento frente a las distintas enfermedades. Un híbrido puede ofrecer un alto potencial de rendimiento y, al mismo tiempo, presentar una mayor susceptibilidad frente a determinados patógenos. La recomendación es considerar ambas variables al momento de seleccionar la genética.

Una vez implantado el cultivo, el monitoreo periódico es otro de los pilares del manejo. No alcanza con conocer qué enfermedades pueden aparecer: es necesario observar su evolución, identificar los síntomas y evaluar la presión sanitaria en cada lote. Esa información permite determinar si existe una oportunidad de control químico y, en caso de que corresponda, definir el momento de aplicación. De Rossi destacó que algunas enfermedades foliares pueden controlarse eficazmente con fungicidas y que, cuando existe presión sanitaria, la respuesta a estos tratamientos puede ser consistente.

El beneficio, explicó, va más allá de reducir la presencia de un patógeno puntual. Al proteger el follaje, el cultivo puede conservar una mayor superficie verde durante más tiempo, sostener su actividad y llegar a cosecha con mejores condiciones sanitarias.

Sin embargo, el especialista hizo una salvedad importante: no todas las enfermedades se controlan con fungicidas. Los problemas causados por bacterias o virus, así como las pudriciones de raíces, tallos y espigas, requieren estrategias de manejo que no pueden reemplazarse con una aplicación destinada a enfermedades foliares.

De Rossi destacó que el complejo del achaparramiento del maíz, provocado por la famosa chicharrita, merece una consideración aparte, y señaló que en los planteos tardíos la probabilidad de que esta problemática se desarrolle es mayor. Además advirtió que más allá del panorama general, del centro hacia el norte del área agrícola se suele observar una mayor intensidad de enfermedades que del centro hacia el sur.

En todo caso, la elección del lote, la genética y el monitoreo deben entenderse como partes de una misma estrategia. Tal como remarca De Rossi, el fungicida puede ser una herramienta eficaz ante determinadas enfermedades, pero no compensa una planificación deficiente ni resuelve todos los problemas sanitarios del cultivo. El objetivo es que el maíz llegue a cosecha en condiciones de expresar el potencial para el que fue sembrado y que las pérdidas no se incrementen por problemas sanitarios.

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