Eva Gil, madre a los 47 años: “Era muy frustrante ver a todo el mundo teniendo niños y yo no; es una sensación de vacío muy desagradable”

Un lunes cualquiera, a las nueve y media de la mañana, Eva Gil estaba trabajando cuando recibió una llamada. Era un número largo y, al principio, no sabía de qué podía tratarse. Cuando descolgó, le dieron la noticia que llevaba tantos años esperando: iba a convertirse en madre a través de la adopción. Por aquel entonces, tenía 47 años.
Su caso se produce en un contexto en el que la maternidad llega cada vez más tarde. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2024, el 10,4% de los nacimientos fueron de mujeres de 40 años o más. En paralelo, los procesos de adopción también dejan tras de sí largas esperas: ese mismo año, 957 familias habían sido declaradas idóneas y permanecían pendientes de una asignación.
No obstante, Eva no había decidido ser madre a esa edad. Desde que se casó a los 26 años, supo que quería formar una familia y, tres o cuatro años después, ella y su marido empezaron a intentarlo. Lo que entonces no podían imaginar era que entre aquel deseo y el momento en que finalmente se convertirían en padres pasarían más de doce años y medio.
“No he tenido la opción de poder serlo antes. Fue una decisión por el proceso, no propia mía”, manifiesta. Su maternidad, por tanto, no fue el resultado de una determinación, sino de una espera que se alargó mucho más de lo que jamás había imaginado.

Durante esos años hubo varios tratamientos de fecundación que no llegaron a buen término. “Fueron años muy duros porque me sometí a varias in vitro. En una logré quedarme embarazada y tuve que hacer reposo, pero lo perdí. Luego, tuve varios abortos”, relata. Esta sucesión de experiencias tuvo también un impacto emocional profundo en Eva.
Presión y prejuicios
A todo ello se sumaba ver cómo las personas de su entorno sí conseguían tener hijos. “Era muy frustrante ver a todo el mundo teniendo niños y yo sin tener nada. Es una sensación de vacío muy desagradable”, se sincera.
Una presión que Eva cree que empieza mucho antes, incluso desde la infancia. “Estamos muy acostumbradas desde pequeñas a las muñecas y los cochecitos y asumimos que vamos a ser mamás. Y luego, al final, no siempre es así. No llega como uno quiere”, reflexiona.
Después de años intentando ser madre por la vía biológica, también tuvo que asumir que ese camino no iba a ser posible. “Tuve que aceptar que no iba a poder tener hijos biológicos. Es un duelo que hay que pasar y, una vez lo haces, puedes estar centrada y preparada para adoptar. Yo lo superé y me centré”, reconoce.

La adopción, una nueva vía
Fue después de procesar ese duelo cuando ella y su marido se plantearon la vía adoptiva. “Estuvimos haciéndonos pruebas y nos dijeron que la posibilidad de poder tener un hijo natural era casi imposible. Fue entonces cuando contemplamos la adopción”, expresa Gil.
Tras completar las pruebas y conseguir la idoneidad, comenzó una nueva espera, esta vez sin una fecha clara de finalización. “Estábamos en una lista y casi llegábamos, pero no nos movíamos. Llevábamos un año ahí y estábamos a punto de tirar la toalla”, recuerda Eva.
La espera también le hizo cuestionarse cómo funciona el propio sistema. “La sociedad no facilita que la mujer sea madre, por la vía que sea”, sostiene. A su juicio, la conciliación y la burocracia también dificultan el proceso. No obstante, todo eso se esfumó cuando llegó la llamada.
“No pensaba que fuera eso. El consejo se reunía los jueves y ahí hacían la asignación del menor”, cuenta. Cuando por fin les confirmaron que serían padres, Eva casi no se lo podía creer. “Imagínate la alegría que sentimos. Es algo que no se puede explicar. Estaba trabajando y me puse a chillar. Llamé a mi marido corriendo, nos pusimos a llorar”, explica Gil.

Fue así como su hijo, que entonces tenía dos años, llegó a casa. “Fuiste la alegría de todos. Después de tantos años esperándote, tenerte con nosotros fue un regalo que todavía hoy me cuesta explicar con palabras”, le dedica Eva a su hijo en su perfil en Instagram.
Convertirse en madre había sido durante años su gran deseo, pero hacerlo a los 47 también trajo consigo nuevas dificultades. Una de ellas fueron las ideas preconcebidas asociadas a su edad. “Existen prejuicios por tenerlo más mayor. La gente puede pensar: ‘Fíjate, tener un hijo ahora con la edad que tiene’”, comenta.
Mientras se enfrentaba a esas miradas y comenzaba a criar a un niño pequeño, su propio cuerpo estaba atravesando otra etapa: la menopausia. “Me levantaba cansada, estaba superinflamada, había ganado unos cuantos kilos y me faltaba energía. Y lo peor era sentir que a veces no llegaba a disfrutar de mi hijo como quería, porque estaba agotada”, apunta en sus redes sociales.
Durante un tiempo pensó que aquel cansancio era simplemente parte de la maternidad y que no había demasiado que hacer al respecto. Hasta que cambió la forma de entender lo que le estaba pasando. “Mi cuerpo no estaba en contra de mí. Solo necesitaba que empezara a cuidarlo de una forma diferente”, comparte. Y así lo hizo: “Seguí un método adaptado a mí, trabajando desde dentro y acompañando a mi cuerpo en esta etapa”.
Ahora, a sus 52 años, compagina su trabajo a media jornada en una empresa familiar con un proyecto de salud y bienestar con el que acompaña a otras mujeres que se han sentido como ella. Su experiencia le ha llevado a poner el foco en una idea que, para ella, ha resultado clave: no esperar a que el cuerpo vuelva a ser el de otra etapa, sino aprender a entender qué necesita en la que se encuentra.
La historia de Eva expone que la maternidad no llega cuando una quiere, ni como se había imaginado. Ella no se convirtió en madre a los 47 años por una decisión, sino por una espera que no podía prever. Y, aunque durante años sintió que su vida avanzaba a otro ritmo, hoy mira su maternidad desde la certeza de que no hay una edad ni un camino único para formar una familia y el aprendizaje de que para hacerlo hay que empezar por cuidarse a una misma.
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