Reconstruyen un mundo perdido de hace 400.000 años bajo el actual Líbano y descubren un paisaje que nadie esperaba
Dos estudios sobre fósiles recuperados en el Líbano reconstruyen un paisaje de hace hasta 400.000 años donde humanos, uros, ciervos y rinocerontes encontraron un sorprendente refugio mediterráneo.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, buena parte de lo que sabemos sobre los humanos que atravesaron Oriente Próximo durante el Pleistoceno ha procedido de yacimientos situados en el sur del Levante. Ahora, dos investigaciones complementarias han puesto el foco más al norte y han reconstruido un escenario bastante diferente. Hace aproximadamente 400.000 años, la costa del actual Líbano no era simplemente una estación de paso entre África y Eurasia: mantenía bosques mediterráneos, zonas abiertas, agua y una considerable diversidad de grandes animales. Un paisaje sorprendentemente estable que pudo convertirse en un refugio para distintas poblaciones humanas.
La investigación tiene además una particularidad. Buena parte de sus protagonistas llevaba décadas almacenada en un museo. Los científicos han regresado a antiguas colecciones de fósiles procedentes de Naame, Nahr Ibrahim y Ras el-Kelb, tres enclaves paleolíticos de la costa libanesa cuya investigación quedó condicionada durante años por la inestabilidad política de la región. Aplicando técnicas actuales a aquellos materiales, han conseguido recuperar información que quienes los encontraron hace más de un siglo sencillamente no podían obtener.
Los resultados aparecen en dos trabajos publicados en Communications Earth & Environment. Uno reconstruye la fauna, el paisaje y las estrategias de explotación de los animales; el segundo estudia los isótopos conservados en el esmalte dental de los herbívoros. Leídos conjuntamente, ofrecen una secuencia ambiental que se extiende aproximadamente entre hace 400.000 y 100.000 años.
Dientes que han funcionado como relojes de cientos de miles de años
Uno de los problemas fundamentales era saber exactamente de cuándo procedían aquellas colecciones. Los investigadores seleccionaron dientes fósiles y emplearon dataciones combinadas mediante series de uranio y resonancia paramagnética electrónica (ESR). El resultado más antiguo procede de Ras el-Kelb: aproximadamente 402.000 años, con un margen de error de 46.000. Nahr Ibrahim se situó en torno a 245.000 años, con un margen de 23.000. Parte de los materiales de Naame pertenece aproximadamente al estadio isotópico marino 5 y uno de los dientes proporcionó una edad de 107.000 años.
Aquellas fechas convierten las colecciones libanesas en una especie de archivo discontinuo de varios cientos de miles de años. Y precisamente ahí aparece una de las principales sorpresas. A pesar de las grandes oscilaciones climáticas que afectaron al planeta durante el Pleistoceno, el litoral del Levante central parece haber conservado durante largos periodos unas condiciones mediterráneas relativamente predecibles.
Los dientes volvieron a resultar decisivos. El segundo estudio analizó 30 muestras de esmalte, 295 bandas obtenidas mediante muestreo secuencial dentro de los dientes y ejemplares de ocho grupos de herbívoros, entre ellos uros, cabras salvajes, gamos persas, ciervos, hipopótamos y rinocerontes. Los valores de carbono indican una alimentación basada en plantas C3, compatible con bosques y paisajes arbolados, mientras que los del oxígeno permitieron investigar el agua disponible y las variaciones estacionales.
No se trataba, por tanto, de un bosque uniforme. El paisaje debió parecerse más a un mosaico: áreas densamente arboladas convivían con claros, cursos de agua, relieves montañosos y espacios costeros. Los distintos herbívoros podían explotar ambientes diferentes dentro de un territorio relativamente reducido.

Las colecciones estudiadas permiten reconstruir casi 300.000 años de historia ambiental, desde hace unos 400.000 hasta aproximadamente 100.000 años.
Uros, ciervos y hasta rinocerontes formaban parte de aquel paisaje
Los restos animales aportan la otra mitad de la historia. Los investigadores estudiaron 721 fósiles, de los cuales pudieron identificar taxonómicamente 203. Aparecieron al menos nueve especies de ungulados. Entre ellas había uros, ciervos rojos, gamos persas, cabras salvajes y rinocerontes de hocico estrecho. En Naame también se documentaron restos de tortuga verde y peces.
Algunos huesos conservan además señales de actividad humana. Marcas de corte, impactos y fracturas intencionadas indican operaciones relacionadas con el descuartizamiento y aprovechamiento de las carcasas. Los homininos no se limitaban a ocupar ocasionalmente estos paisajes: explotaban sus animales y adaptaban su comportamiento a los recursos disponibles.
La abundancia de rinocerontes en Ras el-Kelb resulta especialmente llamativa. Lejos de la imagen popular de Oriente Próximo como un territorio esencialmente seco, estos animales encajan en la reconstrucción de un entorno mucho más húmedo y diverso. Los investigadores sostienen que la productividad de los bosques mediterráneos y de sus zonas abiertas habría permitido estrategias estacionales de caza y explotación de diferentes hábitats.

Las marcas de corte, los impactos y algunos huesos fracturados intencionadamente muestran que los homininos procesaron grandes animales en estos enclaves paleolíticos.
Un Levante mucho menos uniforme de lo que parecía
La importancia del hallazgo va más allá del Líbano. El Levante fue uno de los grandes corredores naturales entre África y Eurasia y desempeñó un papel esencial en sucesivas dispersiones humanas. Sin embargo, utilizar los yacimientos del sur para reconstruir toda la región podía ocultar importantes diferencias ecológicas.
Los nuevos estudios apuntan precisamente en esa dirección. Frente a los ambientes esteparios y desérticos característicos de amplias zonas meridionales, la costa central y septentrional pudo ofrecer durante largos periodos una combinación más estable de humedad, vegetación y recursos. El trabajo isotópico plantea incluso que el litoral libanés actuó como un refugio ecológico, capaz de mantener recursos relativamente predecibles durante varios ciclos glaciales e interglaciales.
Y hay una última lección escondida entre estos fósiles: para descubrir nuevos capítulos de la Prehistoria no siempre es necesario abrir una excavación. A veces basta con regresar a los cajones de un museo con preguntas que nadie podía formular cuando aquellos huesos fueron encontrados.
Referencias
- Gabriele Russo et al, Lebanese faunal legacy collections uncover 400,000 years of woodland resilience and distinct hominin ecological strategies, Communications Earth & Environment (2026). DOI: 10.1038/s43247-026-03926-w
- Gabriele Russo et al, Long-term ecological stability in the Pleistocene central Levantine corridor revealed by enamel isotopes from Lebanon, Communications Earth & Environment (2026). DOI: 10.1038/s43247-026-03925-x
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