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Monday, October 12, 2026

Vasco Núñez de Balboa, el explorador que descubrió el Pacífico para los europeos

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Un polizón rumbo al mar del Sur

Polizón, soldado, gobernador y explorador, Vasco Núñez de Balboa encarna como pocos la aventura americana del siglo XVI. Su nombre quedó unido para siempre al avistamiento europeo del océano Pacífico en 1513. Pero su vida fue mucho más que aquella hazaña: alianzas indígenas, ambición, luchas de poder, expediciones imposibles y una caída fulminante marcaron el destino de un hombre que murió traicionado por los suyos.

El atardecer del 29 de septiembre de 1513 despunta en el horizonte. Vasco Núñez de Balboa, un hidalgo extremeño nacido hacia 1475, contempla el infinito mar ante el silencio sepulcral de sus hombres. A orillas del Pacífico, estos pocos conquistadores llegados de allende los mares descubren una inmensa masa de agua desconocida hasta entonces para los europeos.

Son soldados llegados al Nuevo Mundo desde distintos rincones de España. Estos aventureros representan la historia del solar ibérico: siglos de combates entre castellanos, aragoneses, portugueses y navarros, y entre orgullosos cristianos viejos y aguerridos musulmanes arribados del norte de África.

Balboa, descendiente de los señores del castillo de Balboa, avanza lentamente hacia la lámina de agua que baña la playa, acompañado por el suave oleaje.

Por fin, ante la mirada de aquellos pocos elegidos por la providencia, se muestra en toda su plenitud el mar donde, a millas de distancia, esperan las ansiadas islas de las Especias y los confines de Asia. Más allá, tras vencer el temible cabo de Buena Esperanza, aguarda la tierra de la que partieron años atrás. Y con ella, el honor inmemorial de su gesta.

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El de Jerez de los Caballeros, ataviado con peto y morrión, blande en alto su espada, como si ante el nuevo océano lo esperaran centenares de soldados enemigos. Con la mano derecha sostiene un estandarte con la imagen de la Virgen María y el escudo de Castilla. En el acero del conquistador reverberan las últimas luces de una jornada histórica para Occidente y el mundo entero.

Con paso solemne, se adentra hasta las rodillas en el océano y proclama, altivo, la soberanía de los Reyes de España sobre el mar recién descubierto: el mar del Sur.

Balboa y sus 26 hombres

El escribano Valderrábano, uno de los veintiséis soldados presentes aquella tarde de 1513, deja testimonio directo de la proclama histórica:

«Vivan los muy altos e poderosos señores reyes don Fernando e doña Juana, en cuyo nombre e por la corona real de Castilla tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente destas mares e tierras, e costas, e puertos, e islas australes…»

Balboa pregunta a sus hombres si alguno se opone a la soberanía de Fernando e Isabel y si están dispuestos a defender las nuevas posesiones reales con sus vidas. Todos responden con una afirmación rotunda. Satisfecho, ordena al escribano que tome acta formal de la posesión y que incluya los nombres de todos los presentes.

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Los veintiséis soldados presentes en la toma de posesión, además del escribano Valderrábano, culminan el objetivo que no pudo alcanzar Cristóbal Colón: encontrar una enorme masa de agua que permitiera a las rudimentarias naos y carabelas llegar a las islas de las Especias navegando siempre hacia el oeste, por el Atlántico, y evitar así la ruta portuguesa que rodeaba África.

Balboa alcanza la gloria ese 29 de septiembre de 1513, pero jamás lo habría conseguido por sí solo. Su nombre ha pasado a la historia de los descubrimientos; el de la mayoría de sus hombres, unos ciento noventa soldados, no. Gracias al diario de Valderrábano, sin embargo, conocemos a los veinticuatro soldados que acompañaron al explorador en aquel instante, además del propio escribano:

  • Andrés de Vera, Francisco Pizarro, Bernardino de Morales, Diego Albítez, Rodrigo Velázquez, Fabián Pérez, Francisco de Valdenebro y Francisco González de Guadalcama.
  • Sebastián de Grijalva, Hernando Muñoz, Hernando Hidalgo, Álvaro de Bolaños, Ortuño de Baracaldo, Francisco de Lucena y Bernardino de Cienfuegos.
  • Martín Ruiz, Diego de Texerina, Cristóbal Daza, Juan de Espinosa, Pascual Rubio de Malpartida, Juan de Portillo, Juan Gutiérrez de Toledo, Francisco Martín y Juan de Beas.

Los presentes beben del agua que baña el golfo de San Miguel, bautizado así porque fue descubierto el día de san Miguel. Tras dar gracias a Dios porque es salada, graban cruces en los árboles y arbustos que rodean la playa.

No saben que el recién descubierto «mar del Sur» es el más extenso del planeta. También ignoran que en sus extremos norte y sur solo se extiende el blanco perpetuo del hielo: el Ártico, al norte, y la Antártida, al sur. Nada conocen de las cerca de veinticinco mil islas que alberga ni de los casi veinte mil kilómetros de océano, olas y azul inmenso que separan las costas de la actual Colombia de las playas de Indonesia.

Dejemos las costas panameñas de aquel 29 de septiembre de 1513, día de San Miguel, y viajemos hasta Jerez de los Caballeros, en Extremadura, hacia 1475.

De Jerez de los Caballeros a las Indias

Vasco nace en una casa cerca de la iglesia de San Bartolomé, donde es bautizado. Es hijo de Nuño Arias de Balboa, un hidalgo cuyos orígenes familiares se pierden en las brumas de la Reconquista. Sabemos que sus antepasados fueron señores del castillo galaico-leonés de Balboa, cerca de Villafranca del Bierzo. Con toda seguridad, Nuño enseña a sus hijos los valores de una familia hidalga, cristiana, valiente y aventurera.

Vasco pronto pasa a servir en la casa de los Portocarrero, nobles de alta alcurnia que habitan una de las principales casas de Jerez de los Caballeros. También son señores de Moguer, villa marinera que adquirió protagonismo en las expediciones al continente recién descubierto.

Como escudero de esta noble familia, el joven Vasco aprende a leer, a escribir y a manejar diestramente la espada. Y, lo que es más importante, recibe de primera mano noticias sobre los descubrimientos de Colón y las expediciones a las Indias.

Son tiempos convulsos: la Reconquista cristiana de la península llega a su fin con la conquista de Granada y, poco después, se conoce la noticia del descubrimiento de un Nuevo Mundo. No es difícil imaginar al joven Vasco, de apenas quince años, compartiendo tardes de juegos y noches de ensoñaciones con sus hermanos Gonzalo, Juan y Álvar durante aquel año universal de 1492.

Ya adolescente, Núñez de Balboa se lanza a perseguir la gloria. Tiene apenas veinticinco años y compensa su falta de experiencia con una determinación desmedida. Su primera parada es Sevilla, epicentro de las expediciones a las Indias.

La materialización de sus sueños

A finales del siglo XV, todo aventurero que se precie debe pasar alguna vez por la ciudad del Guadalquivir, la más cosmopolita de Europa en aquel momento. Bulliciosa y de carácter, con una arquitectura mestiza, islámica y cristiana, Sevilla cuenta a comienzos del siglo XVI con unos sesenta mil habitantes.

La ciudad está en plena expansión y, cuando Vasco llega a sus calles hacia 1500, se ha convertido en el nexo entre Europa y el Nuevo Mundo, la puerta a las Indias y la urbe más importante del naciente Imperio español.

En tierras andaluzas, sus sueños empiezan a cobrar consistencia. En tabernas, plazas y puertos de Sevilla y Cádiz conversa con aventureros, marineros y soldados llegados de toda la península, que, como él, desean partir hacia las tierras recién descubiertas por Colón.

Desde Cádiz, la antigua Gadir fundada por los fenicios, la ciudad volcada al mar y al comercio desde la que partió Aníbal Barca hacia la conquista romana, Vasco Núñez de Balboa se embarca rumbo a la desconocida América. Viaja como escudero en la expedición de Rodrigo de Bastidas y Juan de la Cosa. Es marzo de 1501, y aquella aventura iniciática marcará su destino. Pero no nos adelantemos ocho años.

En esa primera expedición, Balboa comparte aventuras, desventuras y descubrimientos geográficos con Juan de la Cosa, uno de los navegantes y cartógrafos más célebres de su época. El cántabro participa en siete de los primeros viajes a América y crea el primer mapamundi en el que aparece representado el continente americano.

La expedición, liderada por Bastidas y Juan de la Cosa, recorre durante meses las costas atlánticas de las actuales Colombia, Venezuela y Panamá a bordo de una nao, una carabela y un bergantín. El mal estado de las naves los obliga a dirigirse a la isla Española, actual Santo Domingo y Haití. Naufragan cerca de Puerto Príncipe, pero consiguen llegar a pie a Santo Domingo, centro del poder europeo en los primeros años de la conquista y colonización española de América.

Vasco Núñez de Balboa — imagen 4

Durante los siete años siguientes, Balboa participa en la conquista de algunos territorios de la isla y recibe tierras en Salvatierra de la Sabana, hoy Les Cayes, en Haití, población que contribuye a fundar. También intenta hacer fortuna criando cerdos, pero el negocio fracasa por completo.

Endeudado en exceso, su destino parece condenado a ser el mismo que el de su padre en las lejanas tierras extremeñas: convertirse en un hidalgo anónimo y empobrecido. A causa de sus numerosas deudas, tiene prohibido abandonar la isla y participar en expediciones al continente.

Pero, a diferencia de su padre, el hijo de Nuño de Balboa posee una determinación inquebrantable. Esquiva a sus acreedores y se embarca como polizón en la flota del bachiller Martín Fernández de Enciso. No lo hace solo: lo acompaña su fiel perro, Leoncico. Leoncico y Núñez de Balboa, Núñez de Balboa y Leoncico: tan inseparables como Alejandro Magno y Bucéfalo o el Cid Campeador y Babieca.

Vasco Núñez de Balboa — imagen 5

Detengámonos un momento. El extremeño universal ya no es un hidalgo soñador que pasa los días y las noches como escudero en Jerez de los Caballeros. A sus treinta y cuatro años, es un hombre hecho y derecho, duro, fuerte y apuesto. El padre Bartolomé de las Casas, que lo conoce bien, lo describe como un hombre «bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas, y gentil gesto de hombre muy entendido».

También lo considera «mañoso, animoso y de muy linda disposición y hermoso gesto y presencia».

Volvamos al 13 de septiembre de 1510. Tras leer a Bartolomé de las Casas, no sorprende que Fernández de Enciso, al descubrir al polizón Balboa y a su perro, decida sumarlos a su tropa. Aunque, para ser justos, el bravo Vasco está a punto de ser abandonado en alguna de las islas desiertas de la ruta entre Santo Domingo y Colombia.

El objetivo de la expedición del bachiller es socorrer al capitán Alonso de Ojeda, que meses atrás ha fundado el fuerte de San Sebastián de Urabá, en el golfo del mismo nombre. Desde entonces no hay noticias de aquellos aventureros, y en la isla Española sus compatriotas temen lo peor.

Cuando los tres barcos de Enciso recogen velas ante la costa del golfo de Urabá, solo encuentran a una pequeña parte de los hombres de Ojeda. Francisco Pizarro, a quien Ojeda ha dejado al mando del asentamiento español, relata lo sucedido: el lugar escogido para fundar el fuerte es insalubre; los indígenas de la zona, extremadamente belicosos, emplean flechas envenenadas que diezman a los españoles día tras día.

Ante la desesperada situación de sus hombres, Ojeda abandona el fuerte confiando en encontrar refuerzos. Deja a Pizarro al mando y le da libertad para actuar como considere si no regresa en cincuenta días. Ese plazo ya ha transcurrido con creces cuando Pizarro y los pocos supervivientes de la expedición avistan en el horizonte las velas de las embarcaciones de Enciso.

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La visión debió de ser providencial para aquellos desesperados, parecida a la que vivió Rodrigo de Triana el 12 de octubre de 1492, cuando avistó el Nuevo Mundo desde su puesto de vigía en la carabela Pinta, a las órdenes de Cristóbal Colón.

La historia de Pizarro y los suyos llena de pesadumbre a todos los presentes, excepto a Balboa. El fracaso de los hombres de Ojeda no basta para que renuncie a sus ansias de riquezas y gloria. Nada lo espera de vuelta en Santo Domingo, salvo sus acreedores.

Tras recibir las malas noticias, Enciso y sus hombres deben decidir si regresan a La Española o se arriesgan a fundar otro asentamiento. La mayoría parece inclinarse por volver a la seguridad de Santo Domingo y aplazar la misión colonizadora unos meses. Entonces Balboa pide la palabra.

Ante la incredulidad de algunos, el polizón asegura que conoce aquellas costas y propone una alternativa difícil de rechazar. Sus palabras, según las recoge el padre Las Casas, fueron estas:

«Yo me acuerdo, que los años pasados, viniendo por esta costa con Rodrigo de Bastidas a descubrir, entramos en este golfo, y a la parte de occidente, a mano derecha, según me parece, salimos en tierra y vimos un pueblo de la otra banda de un gran río, que tenía muy fresca y abundante tierra de comida y la gente de ella no ponía veneno en sus flechas».

El esgrimidor

Con esas palabras, Balboa infunde osadía e intrepidez a sus compañeros. La decisión es unánime: se lanzan a la aventura. La suerte está echada.

No les cuesta localizar el enclave que recuerda Vasco: una exuberante llanura a orillas de un río de arena nívea, rodeada de suaves colinas, zonas pantanosas y mucha selva. Allí, en el corazón del Darién, Enciso y sus hombres fundan la primera ciudad de América: Santa María la Antigua, llamada así en honor a la Virgen de la Antigua de la catedral de Sevilla.

Como toda buena epopeya, la fundación de Santa María del Darién viene precedida de un breve combate entre los recién llegados y los habitantes de la zona, liderados por el cacique Cémaco. Aunque la lucha es breve, Balboa puede demostrar sus dotes de soldado, aprendidas durante sus años como escudero de los Portocarrero, en su Extremadura natal.

Su deslumbrante bravura y su destreza con la espada le valen el mote de «el Esgrimidor» y, más importante aún, convencen a sus compañeros de que están ante un líder nato. Esa breve escaramuza marca el inicio de su carrera hacia la gloria.

El bachiller Enciso, mucho más precavido y formalista que Balboa, pronto se enemista con sus hombres. Les prohíbe, bajo pena de muerte, repartirse el botín de oro capturado a los indígenas, alegando que solo el gobernador Ojeda tiene potestad para autorizarlo.

Los expedicionarios, ya liderados por Balboa, reaccionan sin demora. Como están muy lejos de las tierras bajo la jurisdicción de Ojeda, sostienen que deben crear un cabildo para gobernar la ciudad recién fundada. Eligen alcalde a Núñez de Balboa.

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Desde 1510 hasta 1514, Vasco gobierna Santa María la Antigua del Darién e intenta forjar alianzas y buenas relaciones con los pueblos indígenas de la zona. Esas relaciones lo ayudarán, a la postre, a descubrir para los europeos el océano más extenso del planeta.

Unos meses después, Diego de Nicuesa y, más tarde, Enciso intentan reclamar el cargo de gobernador de las tierras recién ocupadas del Darién, pero ambos fracasan. Nicuesa muere ahogado de camino a La Española, y Enciso no consigue hacer valer sus argumentos ante el virrey Diego Colón.

De hecho, el virrey concede a Balboa el cargo de gobernador interino, lo que supone el espaldarazo definitivo al liderazgo del hidalgo extremeño. De acreedor en La Española y polizón en la expedición de Enciso ha pasado a ser fundador y alcalde de la primera ciudad fundada en América, y ahora también gobernador del Darién.

Balboa sigue adelante, con más ímpetu si cabe, en su afán de gloria. Decidido a ampliar los territorios bajo su mando, dirige varias expediciones militares contra los caciques que desconocen su liderazgo y, con ello, la soberanía española de la región.

Anayansi, aliada y consejera

A mediados de 1511, Balboa se enfrenta al cacique Careta, que se niega a entregarle alimentos. Balboa lo apresa, pero Careta, consciente del poder militar de los recién llegados, cambia rápidamente de parecer y se alía con él: les proporcionará comida a cambio de que los españoles lo ayuden en su guerra contra el cacique vecino Ponca.

Vasco acepta y, para sellar el pacto, toma como amante a Anayansi, la hija de Careta, de tan solo trece años. A cambio, el cacique es bautizado y adopta el nombre de Fernando, en honor al rey Católico.

Balboa cumple su palabra: combate a Ponca y, tras vencerlo, se dirige a las tierras de Comogre, otro enemigo tradicional de Careta. Alertado del poder español, Comogre los recibe con abundante oro y comida. También les ofrece setenta esclavos y acepta ser bautizado con el nombre de Carlos.

En ese momento, Panquiaco, primogénito del cacique, habla a los españoles de la abundancia de oro en las tierras de Tubanamá, a una semana de marcha, en dirección al «otro» mar.

Es uno de los momentos decisivos en la vida de Balboa y sus hombres. Quieren oro y riquezas, pero hay algo aún más preciado para un español del siglo XVI: la inmortalidad que concede la gloria, medida por la grandeza de los actos. Panquiaco ha mencionado el «otro» mar, que no puede ser otro que el mar de las especias que Colón buscó infructuosamente.

Quien descubra ese mar logrará lo que no alcanzó ni el mismísimo Almirante de la Mar Océana. Pimienta, canela, clavo, cardamomo, nuez moscada: las especias son el tesoro de las Indias Orientales y las mercancías más valoradas en el viejo continente.

Quien descubra para sus monarcas ese «otro» mar que conduce al Lejano Oriente alcanzará una gloria imperecedera, que crecerá a medida que se abran nuevas rutas comerciales marítimas. En ese instante, Vasco Núñez de Balboa vislumbra, con los mismos ojos profundos y soñadores de su infancia, el destino que parece aguardarlo. A partir de entonces, su reto está claro y a él se dedicará en cuerpo y alma.

Durante los meses siguientes, Balboa se esfuerza por afianzar las alianzas políticas con los jefes indígenas del istmo de Panamá. Cuantos menos enemigos se interpongan en su camino a la gloria, mejor. Tras recibir refuerzos desde La Española, parte hacia su destino el primero de septiembre de 1513.

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En la arriesgada aventura lo acompañan ciento noventa españoles y cerca de un millar de indígenas, todos dispuestos a entregar la vida por una hazaña mayor. El ejército, armado para la batalla, debe enfrentarse no solo a enemigos, sino también a los mosquitos, el calor, la humedad y la impenetrable vegetación. Durante semanas atraviesan pantanos, selvas y montañas del istmo de Panamá.

Tras diecisiete días de marcha, Balboa y sus compañeros sufren el ataque de los nativos, que los sorprenden al pie de las últimas colinas que los separan del Pacífico. Allí se enfrenta a las huestes del cacique Torecha, su penúltimo obstáculo en el camino al azul infinito del mar de las especias.

La batalla es dura y feroz, según relatan las crónicas, pero los españoles se imponen. Cuando Torecha es vencido y muere, sus hombres deponen las armas y se unen como aliados a los recién llegados.

El 23 de septiembre de 1513, los nativos informan a Balboa y a sus hombres de que el mar que tanto anhelan se encuentra tras la cordillera, a apenas unos kilómetros. Según los guías indígenas, desde la cima más cercana los europeos podrán contemplarlo por primera vez.

Balboa decide dejar a la mayoría de sus soldados en aquel fértil valle —quizá desconfía de la lealtad de los nativos a los que acaban de vencer— y avanzar con sesenta y seis de sus mejores hombres hacia las montañas que se alzan ante ellos.

Dos días después, a las diez de la mañana, uno de los indígenas señala a Vasco una colina situada a unas decenas de metros. Desde allí podrá ver el mar ignoto, le susurra. El de Jerez de los Caballeros se adelanta a su tropa y corona la cima, orgulloso, junto a su fiel Leoncico.

El cronista Valderrábano inmortaliza el momento de esta manera:

«Y en martes veinte y cinco de aquel año de mil e quinientos y trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Núñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso, vio desde encima de la cumbre de él la mar del Sur antes que ninguno de los cristianos compañeros que allí iban».

Balboa contempla el horizonte durante unos minutos, que se hacen eternos para quienes lo esperan unos metros más abajo. Por fin, se vuelve hacia sus hombres y les ordena avanzar, si también desean contemplar el anhelado mar de las especias.

Jadeos, gritos, vítores: los sesenta y seis hombres no pueden contener la alegría ante la visión de la inmensa lámina de agua que se extiende hasta el horizonte. Han descubierto para Occidente el mar que se le había resistido al mismísimo Colón.

Los españoles talan allí un árbol, hacen con su madera una gran cruz, graban en ella el nombre de los Reyes Católicos y la clavan en la cumbre, entre los dos mares. Mientras tanto, el padre Valderrábano entona un Te Deum Laudeamus.

Agradecido, Balboa ordena al padre y escribano que deje constancia de los nombres de los sesenta y siete españoles registrados en la cima. Lo mismo hará unos días después, al tomar posesión del mar del Sur a pie de playa, ante el vaivén de las olas del océano Pacífico.

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Lo que sucede después ya lo sabemos. El 29 de septiembre de 1513, como hemos visto al comienzo del relato, Núñez de Balboa y sus hombres se adentran en las aguas del mar del Sur y toman posesión de ellas en nombre de Isabel y Fernando, reyes de Castilla y Aragón.

La gloria ya es suya y de sus hombres. Han grabado con letras de oro sus nombres en las páginas de la historia. Si Vasco Núñez de Balboa alcanza ese 29 de septiembre el destino que persiguió toda su vida, ¿qué más puede depararle el futuro?

El nuevo gobernador y el cambio de suerte

Los cinco años siguientes son igual de intensos. Nombrado adelantado del mar del Sur por el propio rey Católico, Balboa dedica sus esfuerzos a ampliar los dominios de la Corona en el istmo de Panamá. Su joven amante, Anayansi, hija del cacique Careta, se convierte en su aliada y consejera más firme, y el extremeño sigue sus consejos.

Juntos consolidan alianzas con la mayoría de los pueblos de la zona, hasta que la llegada de un nuevo gobernador, Pedrarias Dávila, lo cambia todo.

Pedro Arias de Ávila, nombre completo del gobernador enviado por Fernando el Católico, llega a Santa María el 26 de junio de 1514. Su presencia no deja indiferentes a los quinientos españoles y mil quinientos indígenas que habitan la ciudad fundada y gobernada por Balboa.

Imaginen a los conquistadores de la mar del Sur al ver llegar a Pedrarias a caballo, completamente armado y reluciente bajo el sol. Lo sigue una impresionante comitiva de dos mil colonos, funcionarios, soldados y religiosos. Hasta un obispo llega para el mejor servicio de Dios.

Pedrarias llega a Santa María con el afán de descubrir el mar del Sur y llenar de oro las arcas reales y las propias. Pero sus maneras distan mucho de las del inmortal extremeño. Al descubrir que el mar de las especias ya ha sido hallado y que la mayoría de los pueblos indígenas son aliados fieles y pacíficos de sus católicas majestades, solo le queda un objetivo a su alcance: enriquecerse y congraciarse con el monarca español.

Para conseguirlo, busca llenar las arcas reales con el quinto real, la porción del oro destinada a Fernando el Católico. Pedrarias cambia la diplomacia por la espada y, en apenas unas semanas, echa por tierra el trabajo de Balboa y Anayansi.

El nuevo gobernador obtiene pronto un enorme botín de oro tras saquear y rapiñar con sistemática crueldad los territorios indígenas. Los pueblos de la zona, que eran aliados de los españoles, terminan enfrentándose a ellos.

Poco después, la corte española se entera de la hazaña de Balboa y envía a Santa María la cédula real que lo nombra gobernador de Coiba y Panamá, y adelantado de la mar del Sur, en reconocimiento a su gesta. Siempre, eso sí, bajo la tutela de Pedrarias.

Núñez de Balboa no es un hombre que se conforme con sus logros. Aventurero aguerrido y soñador, decide volver a internarse en selvas y mares ignotos, sin saber qué destino le espera. Quiere construir una flota de bergantines en las playas del Pacífico y navegar hasta las islas de las Especias, tras explorar la costa al sur de Panamá, donde, según los nativos del Darién, existe un reino rico en oro: el Birú.

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Como buen hijo de su época, Balboa antepone sus intereses a sus sentimientos. Acepta la mano de María, hija de Pedrarias, con el único fin de asegurarse la fidelidad y el apoyo del único hombre en miles de kilómetros que tiene más poder y recursos que él. Sin embargo, jamás aparta a Anayansi de su lado.

A finales de 1516 funda la ciudad de Acla y desde allí organiza la construcción de los bergantines que deben llevarlo desde las costas del Pacífico hasta el Birú y las islas de las Especias. Entonces, justo entonces, su suerte cambia.

Primero, los gusanos de la madera, los temibles teredos, carcomen los bergantines y Balboa debe empezar de nuevo. Más tarde, cuando las embarcaciones están casi listas, una enorme tormenta provoca una inundación gigantesca que las arrastra hasta los arrecifes y las hace pedazos.

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Traición y muerte

Su suerte ha cambiado, eso es un hecho. Lo que quizá no sabe el de Jerez de los Caballeros es que también cambiará la de su suegro, el arrogante y envidioso Pedrarias, y que las consecuencias le costarán la vida.

Algunos soldados y colonos llegados de Santo Domingo traen noticias de España: el rey ha nombrado a un nuevo gobernador para sustituir a Pedrarias, don Lope de Sosa. Furioso, el suegro de Balboa urde la traición que acabará con la vida del protagonista.

No está claro cuánto hay de cierto en las acusaciones de Pedrarias, pero los hechos se desarrollan así: el gobernador aún en funciones envía una carta a Balboa para ordenarle que acuda a su encuentro en Acla. Nada más poner un pie en la ciudad que él mismo ha fundado, Balboa es apresado y acusado de traición al rey.

Entre las numerosas difamaciones, acusaciones e informaciones falsas que presenta contra él, Pedrarias sostiene que su yerno ha desobedecido sus órdenes y pretendía rebelarse contra el rey.

Las paradojas del destino: uno de los soldados que acompañó a Balboa en su camino hacia la inmortalidad, nueve años atrás, es ahora uno de sus captores y su principal verdugo. Francisco Pizarro se había alegrado de que el bachiller Enciso no abandonara a Balboa en la primera isla que apareciera en el horizonte, cuando lo descubrieron como polizón junto a Leoncico.

Pizarro fue uno de los primeros pobladores de Santa María, la ciudad fundada por Balboa, y uno de los sesenta y seis elegidos para acompañarlo hasta la orilla de la mar del Sur. Durante muchas noches estrelladas había escuchado, en armoniosa camaradería con su jefe, sus planes de descubrir el Birú.

Pero Pizarro, que había hecho suyos los sueños de su líder, no duda en traicionarlo. Años después conquistará el Perú, ese Birú que Balboa persiguió durante sus últimos años de vida.

El ajusticiamiento de Balboa y de sus más leales compañeros —quienes jamás lo traicionarían— tiene lugar en la plaza mayor de Acla, en enero de 1519. Andrés Valderrábano, Luis Botella, Hernández Muñoz y Vasco Núñez de Balboa.

Justo antes de que su cabeza ensangrentada caiga sobre una artesa, Balboa lanza en su defensa:

—«Mentira, mentira; nunca halló en mí semejante crimen; he servido al rey como leal, sin pensar sino en acrecentar sus dominios»

Pedrarias contempla la escena a traición, medio oculto entre las cañas que forman la pared de una de las chozas de la plaza mayor de Acla. Tal es la recompensa que, a la postre, le ofrecen a don Vasco Núñez de Balboa sus compañeros de armas: le arrebatan la vida, pero jamás podrán quitarle la gloria.

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