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Saturday, October 10, 2026

Intelectuales en la Guerra Civil española: escritores y artistas defendieron ambos bandos

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La Guerra Civil española coincidió con el momento de máxima creatividad de figuras intelectuales de reconocimiento internacional. Lorca, Picasso, María Zambrano, Antonio Machado y Buñuel, entre otros, mostraron su apoyo a la Segunda República. Sin embargo, también fueron muchos los intelectuales de prestigio que defendieron la causa de los sublevados.

En las guerras, las ideas, las palabras y las razones que llevaron a los vencidos a defender sus principios se convierten en sus armas más poderosas. En una guerra civil, donde se enfrentan familias y vecinos y millones de personas se ven obligadas a abandonar quizá para siempre sus raíces, esas armas sin balas disparan desde el exilio con más tenacidad e insistencia. Son la única forma de resistir a quienes acabaron con sus sueños mediante la violencia de las armas de fuego.

Los intelectuales suelen constituir el ejército más vigoroso en el exilio: cuentan con avales poderosos y reciben más atención. Así ocurrió en la Guerra Civil española. La derrota de la República obligó a huir del país a centenares de escritores, artistas y filósofos que la habían apoyado. Muchos se exiliaron en México, Francia o Estados Unidos, entre otros destinos.

Desde el exilio lloraron a España y contribuyeron a difundir la idea de que todos los pensadores españoles de aquellas extraordinarias generaciones habían apoyado al gobierno legítimo de la República.

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Los intelectuales también tomaron partido

En ningún conflicto los intelectuales defienden en conjunto un mismo bando. Basta recordar al poeta Ezra Pound, ferviente seguidor del fascismo de Mussolini, o al también premio Nobel Knut Hamsun, magnífico novelista noruego que apoyó sin titubeos a Hitler y al nazismo.

En España ocurrió algo parecido. Grandes intelectuales extranjeros como Ernest Hemingway, John Dos Passos, Robert Capa, Pablo Neruda y André Malraux apoyaron a las fuerzas de la Segunda República. También defendieron los ideales republicanos muchas figuras de la intelectualidad española de la época, como Pablo Picasso, García Lorca, Miguel Hernández, Francisco Ayala y Antonio Machado.

Pero sería injusto desdeñar a las decenas de personas con un importante bagaje intelectual que apoyaron la sublevación militar, así como a quienes mantuvieron una actitud ambigua. Algunos habían empezado apoyando a la República, pero cambiaron de opinión a raíz de situaciones que vivieron durante esos años y que, a su juicio, contradecían conceptos tradicionales y favorecían las ideas que se imponían en la URSS.

La revolución de Asturias de 1934 despertó las alarmas. Con el triunfo del Frente Popular, en 1936, la división social e intelectual ya podía darse por sentada.

Unamuno: entre la República y los sublevados

Pocas figuras han generado tanto debate sobre su apoyo a la sublevación franquista como Miguel de Unamuno. El carismático rector de la Universidad de Salamanca fue el primero en celebrar la llegada de la República desde el balcón del ayuntamiento. También defendía la «civilización occidental cristiana» y criticaba los desmanes que, en su opinión, se estaban produciendo durante los años republicanos.

En los primeros meses de la Guerra Civil, Unamuno expresó públicamente su apoyo inicial a la sublevación militar. Según la prensa del bando nacional, llegó a donar la considerable suma de 5000 pesetas al alzamiento.

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Sin embargo, es un error afirmar que Unamuno apoyó decididamente lo que representaba Franco durante los primeros meses de la Guerra Civil. Su adhesión al bando nacional se basaba en la convicción de que un golpe de ese tipo serviría para reconducir la República hacia posiciones menos extremas, no para acabar con ella. Pero nada salió como esperaba: la violencia desatada lo impactó brutalmente.

«No son unos españoles contra otros, sino toda España, una, contra sí misma. Suicidio colectivo», escribió.

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El célebre acto del 12 de octubre en el paraninfo de la Universidad de Salamanca nunca ha quedado del todo aclarado. Allí, sin embargo, Unamuno se enfrentó al discurso antiintelectual de Millán-Astray. Aunque había apoyado a la República y, en un primer momento, el golpe de Estado, no fue de unos ni de otros. Tampoco tuvo muchos meses para definir su posición durante el conflicto: murió el 31 de diciembre de 1936.

Ramiro de Maeztu, un mártir intelectual para los sublevados

Muchos intelectuales apoyaron activamente durante toda la Guerra Civil lo que representaba el bando franquista. Uno de ellos fue Ramiro de Maeztu, uno de los pesos pesados de la Generación del 98 junto a Baroja y Azorín. Su conocimiento de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Rusa, adquirido como periodista, lo llevó a acercarse a posiciones cada vez más conservadoras.

En 1932 fue detenido, acusado de apoyar el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. Durante la Segunda República defendió con firmeza los valores tradicionales y alertó, sobre todo, del peligro del socialismo revolucionario. Incluso llegó a apoyar la subida de Hitler al poder en 1933.

Maeztu, miembro de la Real Academia Española, fue descubierto en su escondite madrileño por varios milicianos el 30 de julio de 1936, poco después del golpe de Estado. Lo encarcelaron en la prisión de Ventas. Tres meses después fue fusilado en Aravaca junto, entre otros, al ensayista, filósofo y fundador de las JONS —organización que se había fusionado con Falange Española en 1934— Ramiro Ledesma. Maeztu se convirtió en uno de los primeros mártires intelectuales del franquismo.

La Falange, refugio de escritores e intelectuales

La Falange fue el abrigo de algunos de los escritores más reconocidos de la sublevación franquista. Entre ellos destacó Dionisio Ridruejo, cuya calidad como poeta es difícil de discutir. Dominaba el soneto y escribió dos de los versos más conocidos del himno falangista: «Volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz».

En 1933, con solo 21 años, Ridruejo se afilió a la formación. A finales de 1936, ya en plena Guerra Civil, se convirtió en jefe del partido en Valladolid. Su talento como orador lo hizo una de las armas intelectuales más utilizadas por los nacionales, que lo nombraron jefe de Propaganda.

Mantuvo encuentros con destacados miembros de la Italia fascista y la Alemania nazi, regímenes que apoyaba. Ridruejo se mantuvo especialmente cercano a las tesis de Serrano Suñer, la figura más próxima a Hitler dentro de la España sublevada. En 1940 fue cofundador de la revista poética Escorial, en la que publicaron escritores destacados de la España franquista.

Entre ellos estaba Pedro Laín Entralgo, también fundador de la publicación y figura intelectual clave en la segunda mitad del siglo XX español. En 1989 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, y dirigió la Real Academia Española entre 1982 y 1987.

Su compromiso con los sublevados desde el primer momento quedó reflejado en sus memorias: «presentarme a las autoridades militares de Pamplona y ofrecer allí mis servicios». Laín partía de una visión idealizada del falangismo, que no tardó en desdeñar. Como aseguró en su libro Los valores morales del Nacionalsindicalismo, de 1941, su postura se basaba en la «moral nacional, moral del trabajo y moral revolucionaria».

Aunque su trayectoria durante el franquismo fue muy crítica y nunca acomodaticia, durante la Guerra Civil se integró desde el principio en los círculos intelectuales de los sublevados y escribió en sus publicaciones de referencia.

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En esos círculos coincidió con Gonzalo Torrente Ballester, uno de los grandes escritores contemporáneos, premio Nacional de Literatura y premio Cervantes. Afiliado a la Falange en 1937, formó el llamado Grupo de Burgos junto a Laín Entralgo, Ridruejo y los poetas Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco.

Torrente Ballester colaboró en el diario falangista Arriba España y en la revista Jerarquía, publicada durante la Guerra Civil y de marcada sensibilidad clásica. En esta última aparecieron algunos libros, como el celebrado Madrid, de Corte a checa, de Agustín de Foxá.

Como buena parte de los intelectuales que apoyaron al bando nacional, Foxá mostró a veces un entusiasmo especial por la doctrina joseantoniana, más que por lo que acabaría siendo el franquismo.

Gerardo Diego, el poeta del 27 que apoyó a los sublevados

El Grupo del 27, generación emblemática de la Edad de Plata de la literatura española, también estuvo dividido por las diferencias ideológicas. Siempre se ha destacado la defensa de la República por parte de grandes figuras como Lorca, Alberti y Cernuda. Sin embargo, uno de sus miembros más relevantes, el poeta Gerardo Diego, tomó partido activamente por los sublevados y puso su talento al servicio de la causa.

Su Elegía heroica del Alcázar y su participación en la Corona poética a José Antonio dan cuenta de ello. En el Soneto a José Antonio escribió: «Por ti, porque en el aire el neblí vuelve, / España, España, España está en pie, firme, / arma el brazo y lo alto las estrellas».

En Las palabras de la tribu, Francisco Umbral recuerda que el poeta santanderino le confesó: «elegí ese bando porque soy católico ante todo y aquí estaban los católicos». Esa elección le granjeó la inquina de no pocos colegas. En su poema dedicado a Miguel Hernández, Pablo Neruda criticó a quienes consideraba cómplices del verdugo y reprochó a algunos poetas que incluyeran el nombre de Hernández en sus libros.

El poema está dedicado a su amigo Miguel Hernández, muerto en las cárceles franquistas en 1942, y también expresa la venganza contra quienes, habiéndolo conocido y pudiendo hacerlo, en opinión de Neruda, no movieron un dedo para liberarlo de prisión.

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José María Pemán, defensor de las ideas de los sublevados

Probablemente nadie entre los sublevados tuvo entonces más influencia política que José María Pemán. Más de una década antes ya había mostrado su apoyo a la dictadura de Miguel Primo de Rivera y, durante la Segunda República, se situaba a la derecha de la derecha.

Su entusiasmo por el levantamiento franquista y su presencia en actos de propaganda a favor de los sublevados no sorprendieron. Sus textos y proclamas de 1936 justificaban la guerra y los ataques al enemigo. Así lo expresó en una alocución en Radio Jerez, nada más comenzar el conflicto:

«La idea de turno político ha sido sustituida para siempre por la idea de exterminio y de expulsión, única válida frente a un enemigo que está haciendo en España un destrozo como jamás en la Historia nos lo causó ninguna nación invasora».

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Se dice que de Pemán partió la idea de establecer un paralelismo entre la guerra y las cruzadas. También participó en la depuración de quienes se consideraban parte de la antiEspaña entre los docentes: señalaba a los maestros identificados como de izquierdas en las zonas conquistadas por el franquismo.

Pemán fue una de las figuras más populares de los nacionales durante la Guerra Civil y el primer franquismo. Durante el conflicto, se entregó por completo a la causa sublevada, sin reparar en quién pudiera salir perjudicado.

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La lista de intelectuales que apoyaron la sublevación no termina aquí: César González Ruano, Julio Camba y Eugenio D’Ors, entre otros. Es probable que los intelectuales que se unieron a la causa republicana superaran en relevancia internacional e histórica a quienes defendieron al bando nacional. Pero no por ello debemos faltar a la verdad ni desdeñar a estos últimos.

Si la guerra es lo que ocurre cuando fracasa el lenguaje, de una u otra manera la mayoría de los artistas, escritores y músicos de aquellos años trató de evitar ese fracaso. Está claro que no lo consiguieron.

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