Con empatía se refuerzan las reformas


La empatía no es una ideología –tampoco la simpatía–. Es una actitud conductual connatural de las personas. Comprender a los otros, ponerse en sus zapatos se diría coloquialmente, es poseer emociones y sentimientos. Estos no tienen nada que ver ni con el populismo ni con la demagogia. Son comportamientos que en la vida personal ayudan y mucho para gozar de la armonía y que en la colectiva son decisivos para conducir al Estado, a la agrupación, a la empresa o a cualquier sociedad civil.
El país está experimentando una transición del atraso y la decadencia a un escenario esperanzador de cambios y reformas basados en lo que genéricamente podría denominarse la libertad. Del estatismo exorbitado a la libre iniciativa. El tránsito no es menor ni rectilíneo, ni carece de acechanzas y obstáculos. Además, agazapada, aturdida, pero conservando su instinto, con notorio hambre de poder, se halla la oposición. Es una propuesta sin innovación, pero rebosante de demagogia. Tiene una reconocida maestría en su desbordada aptitud para fingir sensibilidad social. Pontifica –con irritante cinismo– que el Estado debe estar “presente”, aunque en sus más de ochenta años de vigencia –gravitando directa o indirectamente en la marcha política y económica del país– haya dejado como saldo lapidario una cultura de la corrupción, de la prebenda y del subsidio; una deseducación dramática, una agudización de la histórica grieta que sufre la Argentina, una marginalidad que bordea la desocialización, la falta de cloacas y de agua corriente para vastos sectores, basurales a cielo abierto por doquier y una inseguridad que castiga transversalmente a todos.
El contexto exige que las reformas primeramente gocen de una refinada, muy esmerada comunicación. Se ha dicho –quizá con exageración– que “gobernar es explicar”. Pues en el caso de las reformas estructurales, al cuestionar tantos falaces valores entendidos –malentendidos, claramente–, se requiere mucha comunicación que transmita tanto la empatía con el dolor que causa la cirugía mayor como un esbozo del horizonte al que se arribará después de la travesía.
Existen casos paradigmáticos como las pensiones a la invalidez, el INTA o la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Se sabe que en algunas latitudes se habían concedido proporcionalmente más pensiones por invalidez que las que se otorgaron en Europa –incluyendo a Rusia– luego de los estragos causados por la Segunda Guerra. Fue un miserable modo de burlarse de los inválidos y de la normativa. De hacer demagogia barata se diría. Aunque no es lógico hablar de baratura, pues a la postre sale muy caro, primero para los auténticos inválidos que perciben un mísero haber y segundo para miles de familias que quedan atrapadas en una mentira que las mantiene en el borde de la sociedad. El asunto debió abordarse con extrema pericia y con explicaciones diáfanas. Faltaron ambas. Las consecuencias fueron nefandas para la imagen de los gobernantes. Se les enrostra falta de sensibilidad, carencia de identificación con quienes sufren y una ristra de ingredientes que tributan al festín de los hambrientos de poder. En los casos del INTA y la CNEA, como en todo el frondoso entretejido –verdadero enjambre– estatal, anidaron y se multiplicaron los ñoquis. Los ñoquis son un flagrante atentado contra el tesoro de un pueblo: el trabajo. Trabajando salieron adelante naciones castigadas fuertemente. Se me ocurre señalar una que me parece modélica: Vietnam. Con ñoquis no se conoce ninguna que haya prosperado. Desgraciadamente en los dos organismos –que tanto bien les hicieron a la producción rural y a la ciencia y tecnología argentinas– habían penetrado esos ominosos gérmenes de alta toxicidad impostando un rostro inocente. Pues, se debió –aún se adeuda- explicar que ni por asomo se embestía a la tecnología agraria o atómica, sino que la batalla era contra los zánganos que la mala política introdujo en esos sitios.
Los morosos son otro capítulo de esta saga de déficit de empatía. Obviamente, nadie obligó a que se tomen créditos. Asimismo, en una economía que arrastra 80 años de inflación, el crédito se marchó con aviso. Sí, porque es sabido que inflación y crédito no pueden convivir. De paso digamos que sin crédito no hay economía que pueda desarrollarse, a pesar de todos los RIGI que establezcamos. Por ende, en porcentajes el índice de deudores es limitado. Empero, a quien no puede cancelar su cuota crediticia ¡no le hablen de estadísticas! No se trataba de salir en auxilio de los morosos. Simplemente, palabras y algunas decisiones comprensivas. Entre las posibles medidas, ¿por qué no haber conversado desde el comienzo con banqueros y financieras intentando persuadirlos para que reduzcan los intereses refinanciando sus créditos? ¿Acaso es populismo dialogar? El riesgo país no sube si el secretario de Finanzas platica con los banqueros. Ese riesgo aumenta –o si se quiere decirlo de otra manera, no desciende– porque no se recupera la confianza. Esta no depende solo de la continuidad de las reformas y las elecciones. Todos los días la confianza pasa revista, escruta un dato no menor: cuánta impunidad existe en la Argentina sobre todo para los delitos de “guante blanco” y cuál es el grado de inseguridad jurídica, máxime al oírse anticipos de expropiaciones y estatizaciones de boca de un gobernador de una provincia que combina los llanos con la cordillera. Con una vocería no desmentida ni acotada por ninguno de sus congéneres.
Hoy más que nunca es menester reforzar el camino de las reformas. Dar certidumbre de que, de uno u otro modo, no hay vuelta atrás. La empatía es un coadyuvante indispensable para reforzar las reformas. No es populista, es necesaria.
Exdiputado nacional; dirigente del partido UNIR; docente; especialista en Geopolítica y Estrategia
KioskNews shows a cleaned-up reading view extracted from the publisher’s page — the original always lives on their site, not ours.